Carles Puyol y el mito del compromiso


Lizandro Samuel



Mi papá era el Cometa Halley. Vivió en mi casa hasta que tuve ocho años. Era casi imposible verlo menos de lo que veía hasta entonces. Casi. Pertenezco a la gruesa estadística latinoamericana de personas que han sufrido un abandono –total o parcial, físico o emocional– de sus padres.

El 15 de mayo de 2014, Carles Puyol dio su última conferencia como futbolista profesional. Tenía el cuerpo hecho polvo y acababa de ser padre. Los nervios que no sintió dentro de la cancha ahora aparecían si le tocaba bajar una escalera. ¿Volver a levantar una Champions? Su mayor preocupación era correr al lado de su hija.

Me toca escribir sobre quien acabara su carrera con el cuerpo herido, tiempo después de que no fuera mi cuerpo si no mi mente la que en un momento dado se rompiera. La que tantas cosas positivas me había granjeado comenzó primero a sentirse cansada y, luego, a llevarme por caminos sinuosos que me hicieron preguntarme si alguna vez volvería a sentir satisfacción.

Hay una foto viral en la que se ve al defensor central sentado en el banco de suplentes junto a seis compañeros. Es evidente que hacía frío, porque abundan los guantes y gorros en la imagen. Todos comparten una larga cobija. Todos menos Puyol, que permanece descubierto, como si fuera inmune a los peligros de la intemperie. El día de su última rueda de prensa, la voz se le quebró, los ojos se le humedecieron, tomó agua cuando parecía apunto de deshacerse, pero no lloró. Aunque me caen bien los hombres capaces de llorar en público, conviene recordar que si Puyol alguna vez sintió miedo dentro del campo, lo demostró sacando balones bajo la línea de meta con la cara y el pecho.



A los cuatro años, le comenté a mi mamá que las niñas eran mejor ponderadas. De los varones siempre se esperaba que fuéramos tremendos, desordenados, desastrosos. Si algo se perdía en el preescolar, la culpa tenía que ser de un niño. Si alguien destacaba académicamente, seguro que debía de ser una niña. Me di cuenta de eso de lo que tanto ha hablado Chimamanda Adichi, los varones tenemos el listón más bajo que las hembras. La mayoría de los hombres adultos que veía eran borrachos, groseros, mujeriegos o irresponsables. No sabían sobar una rodilla rota y preferían salir a beber en vez de leerles cuentos a sus hijos.

Mientras hablaba frente al micrófono, la cámara enfocó a sus compañeros. La cara de Messi, esa sonrisa de medio lado, fue tan elocuente como sus gambetas. Pero nada superó los ojitos de amor de Gerard Piqué, que luego lo definiría, en una carta, como su “ángel de la guarda”. Xavi Hernández ofreció un discurso: “Eres, de lejos, el jugador más profesional con el que he compartido”. Carles Puyol Saforcada no tenía las habilidades naturales de Messi, Piqué o Xavi, pero ese día entró al Olimpo. Tipos como Ronaldinho o Deco, muy superiores en cuanto a talento, construyeron una carrera que hoy día luce chiquita al lado de su leyenda. ¿Cómo lo consiguió? En una entrevista, le preguntaron por sus valores. “El trabajo, la constancia y nunca bajar los brazos”, respondió.

El trabajo
Es cierto que Carles Puyol no poseía el virtuosismo con la pelota de varios de los compañeros con los que logró el campeonato del mundo. No obstante, ningún futbolista logra ser tan dominante en la élite sin ser beneficiado por la genética. Carles tenía un potencial físico-cognitivo para desplegar conceptos técnico-tácticos defensivos solo digno de los predestinados a la gloria.

Dicho esto, sí, sus virtudes más elevadas no eran las que cabían en sus piernas, sino en su corazón.

Creció en un pueblo en el que se veía con ilusión a la gran ciudad: Barcelona. Sin equipos juveniles en La Pobla de Segur, la calle forjó su carácter. Su primera posición fue la de portero. En las partidas heterogéneas que se improvisaban, los grandes obligaban a los más chicos a jugar bajo los tres palos. Puyol demostró algo que se haría recurrente en su carrera: habilidad para saltar e ir al piso. Antes de poder hacer operaciones matemáticas complejas ya se había lastimado la columna. Era como un gato sin miedo a la caída. Su mamá le prohibió seguir jugando allí. Se hizo jugador de campo y fue evidente que le sobraba algo que al resto les faltaba en mayor o menor medida: talento.

Mientras Gerard Piqué a los siete años ya era entrenado por los profesionales más capaces en la mejor cantera del mundo, Puyi no jugó un torneo oficial hasta los 13 años. El torneo en cuestión, por cierto, era de fútbol sala. Un año después, por primera vez, se puso tacos. Lo convocaron para jugar en la selección sub-14 de Pallars Jussa. Le fue tan bien que pronto acabó jugando en la selección de la provincia. Neymar, por poner un ejemplo, ya tenía asegurado un futuro millonario a la edad en que Carles recién aprendía a correr en un campo de 120 por 90 metros.

El club de su pueblo, CF La Pobla, no tenía categorías menores. El DT puso a Puyol y a otros tantos jóvenes a entrenar con los adultos. Así hasta que se creó una categoría juvenil. Por ese tiempo, el incipiente guerrero se rompió la mano y su entrenador, Bep Ortega, le hacía masajes. Carles apretaba los dientes en silencio: temía que, si mostraba dolor, lo dejasen fuera de los partidos. Las radiografías mostraron dos huesos fracturados: lo enyesaron. El problema era que en tres semanas se jugaba el torneo de verano. Carles se quitó el yeso y, quizá para desafiar sus límites, compitió como portero.

Una vez, la Penya Blaugrana de La Pobla de Segur asistió a un popular programa de televisión abierta. Viajaron, desde el pueblo hasta Barcelona, principalmente jóvenes. En algún punto de la transmisión, le dieron la palabra al presidente de la Penya quien comentó que entre los chavales había uno muy bueno: “A ver si alguien del Barca se fija en este chico, que es nuestro Romario”, dijo e hizo que un Carles Puyol de 15 años, incómodo, se pusiera de pie.

Le consiguieron una prueba en el Zaragoza. Faltando poco para el día esperado, una serie de eventos hicieron que terminara en el Barcelona siendo evaluado por el staff de juveniles. Puyol se presentó como mediocampista. Los entrenadores culés se dieron cuenta de que de Romario no tenía nada.

Dice la leyenda que la prueba de Carles Puyol fue la más larga de la historia de La Masía. El chico era bueno, aunque con una técnica inferior al estándar del club. No obstante, pocos habían visto a alguien con más ganas de ser futbolista. “Cuando mis compañeros comenzaron a cambiar las canchas por las discotecas, supe que había llegado mi momento”, fue una frase suya que se hizo famosa varios años después. Con 17 años, tras un mes de prueba, pasó a formar parte de la estructura formativa del FC Barcelona. Era 1995: firmó su contrato el mismo día que un tal Luis Figo era anunciado en la plantilla profesional.

Destacaba su capacidad de prestar apoyo. Estamos hablando de un joven que, tiempo atrás, se había dejado raspar en el colegio solo para seguir compartiendo curso con su mejor amigo, quien, desde mucho antes, ya había reprobado el año. No es de extrañar que, estando en La Masía, una vez lo votaron como el mejor compañero.

El diccionario relaciona la palabra compromiso con obligación, y define a la segunda –entre otras cosas– como: “Imposición o exigencia moral que debe regir la voluntad libre”. También destaca: “Vínculo que sujeta a hacer o abstenerse de hacer algo, establecido por precepto de ley, por voluntario otorgamiento o por derivación recta de ciertos actos”. Cuando Carles salió de su pueblo a probar suerte en Barcelona, su papá le dijo que no se preocupara si las cosas no le salían bien o si lo rechazaban por no considerarlo apto o porque había otros mejores; en cambio, si fracasaba por falta de actitud, de “sacrificio”, de disciplina o porque salía a rumbear, era mejor que no regresara a casa.

En 1998, iba a disputar con el Barca B los play-off de ascenso a Segunda A. Tenía una lesión en la mano que en el 95 por ciento de los casos necesita intervención quirúrgica. Puyol se negó, no quería perderse los partidos. Con el avance del torneo –en el que marcó uno de los goles más espectaculares, tras rematar de cabeza un centro de Xavi–, aparecieron lesiones en sus piernas. En un encuentro, no aguantó los dolores y tuvo que ser sustituido. Luego, el DT fue a buscarlo a la enfermería y notó que la puerta estaba destrozada. Puyol la había roto de una patada, mezcla de la frustración por haber salido de cambio y de alegría por la victoria.

En un momento decisivo, Louis Van Gaal, entrenador del primer equipo, encargó una evaluación de los futbolistas del filial. La tarea recayó sobre Josep María Gonzalvo y Ronald Koeman, quienes solían coincidir en sus apreciaciones. La variación entre la ponderación de uno y otro sobre un jugador rara vez variaba más de siete puntos. Ambos determinaron que Xavi Hernández era el juvenil más apto de la cantera. En cambio, discreparon respecto a Puyol: la diferencia fue de 108 puntos. Gonzalvo a favor de él, Koeman en contra.

A sus 22 años, el club estuvo a punto de venderlo al Málaga. De nuevo, hubo opiniones divididas. Carles no quería irse. Van Gaal habló con él: le dijo que si se quedaba, jugaría, sin importar qué pensaran los directivos. Puyi se quedó y entendió que su éxito dependería de obedecer a su nuevo entrenador: para Van Gaal, era defensor. Específicamente, lateral.

Su mito nació oficialmente el 20 de octubre del año 2000. El verano anterior, el jugador al que en su etapa de juveniles vio entrenar con emoción desde su ventana en La Masía había fichado por el Real Madrid. Puyol, siendo adolescente, había admirado a Figo al punto de recortar sus fotos de los periódicos. Ahora, en el retorno del portugués el Camp Nou, Carles jugaría de titular con una única misión: hacerle la vida imposible.

Con un marcaje personal más propio de mediados del siglo XIX, mediante el cual persiguió a su rival por toda la cancha, Puyol se mostró a los ojos de los aficionados como un chaval comprometido y con habilidades defensivas. Es verdad que casi no intervino con el balón controlado, pero es que Figo tampoco. La nueva estrella del Real Madrid parecía toparse con Carles hasta cuando iba a orinar. Sin jugar sucio, sin patadas malintencionadas, hizo que los pitidos que sonaban cada vez que la pelota iba hacia Figo se transformaran en aplausos para él. Demostró que había atendido el llamado divino: iniciaría, entonces, su propio camino del héroe.

La constancia
Ronaldinho bromeaba con Puyi: le decía que más que llevar el brazalete, él trabajaba de capitán. Dinho acaso podía cumplir con los entrenamientos, ¿cómo era que Carles aparte de eso gestionaba lo que ocurría fuera y dentro del campo en relación con sus compañeros y el club? De niño, la primera vocación de Carles Puyol había sido ser policía.

Ronaldinho representaba la fiesta, la búsqueda incansable de placer y de la alegría: la eterna adolescencia. Puyol quería algo más: felicidad. Ambos amaban jugar, pero Carles, además, amaba su profesión y, por ende, su vida. Para quien tiene un propósito definido, el único sacrificio verdadero es no dedicarse a lo que ama.

En 2004, ya jugaba con regularidad de central y era un titular indiscutible. Existió, ante la marcha de Luis Enrique, una votación para escoger al nuevo capitán: el brazalete al fin se ajustó a su brazo. Entonces, con Ronaldinho en la plantilla y Frank Rijkaard como DT, ganó su primer título como profesional en el FC Barcelona. Tenía 26 años.

“Me he quitado una espina que me estaba haciendo mucho daño, pero seguro que cuando pierda el primer partido volverá la rabia que me generan las derrotas. Me pone malo perder hasta los partidillos de los entrenamientos, así que... Lo que espero es no acumular tanta como la que he tenido que llevar dentro durante los últimos cinco años. El barcelonismo necesitaba este título, pero yo, personalmente, también. Me dolía saber que jugando en el Barça, no había ganado nada. De verdad que me resultaba insoportable la sensación que me generaba acumular una derrota tras otra”, declaró a El País.

Al final, Puyol acabaría superando la cifra de veinte medallas de oro en su carrera: la alcabala promedio de quienes aspiran a meterse en la lista de los mejores de la historia. Lo llamativo es que empezara tan “tarde”. A esa edad, su referente Paolo Maldini ya había levantado 16 copas.

Cualquier otro se hubiese marchado, hubiese apostado por otros caminos o hubiese dejado de prepararse con tanta insistencia. Puyol –aparte de los valores de La Masía y de admirar la cultura de esfuerzo del Milan y de Paolo Maldini– tenía en su disco duro la advertencia de su padre.

Entre 2004 y 2006, el Barcelona volvió a acordarse de que era un equipo grande. Dos títulos de Liga y la anhelada UEFA Champions League. El día de la final europea, el papá de Carles asistió al estadio. Fue la primera vez que lo vio jugar. Acaso por eso, como pocas veces en su carrera, el central desentonó un poquito. No importó. Su equipo alzó el trofeo. Carles miró a papá y mamá en la tribuna, aunque no tuvo mucho tiempo de compartir con él: el viejo decidió que no podía ausentarse por mucho tiempo del trabajo.

Si todos en aquel equipo hubiesen tenido el compromiso de Carles, el destino hubiese sido diferente. Las borracheras de Dinho, el divismo de Eto’o, las actitudes refractarias de Deco. La caída. Iniciando la temporada siguiente, perdieron la Supercopa de Europa frente al Sevilla. Puyol declaró: “Cuando todo el mundo te dice que eres muy bueno, quizá te lo crees. El Sevilla ha sido mejor que nosotros y esta derrota tal vez nos ayude a tocar con los pies en el suelo. Se había hablado de que podíamos ganar muchas copas, pero las copas hay que ganarlas en el campo”.

Unos meses después, su papá falleció cuando le cayó encima una retroexcavadora en un procedimiento que había realizado cientos de veces. Murió trabajando, sea lo que sea que eso signifique.

Entre decepciones deportivas, el duelo y las lesiones, el ánimo de Puyol estaba tan maltrecho como su cuerpo. Dicen los cronistas españoles que nunca se le había visto tan desmotivado. Ni siquiera en la lesión larga que tuvo en 2001, cuando sentía que perdía oportunidades en la selección española. Ni siquiera entre las diez lesiones que experimentó entre septiembre de 2002 y junio 2004, varias de esas en la cara. Estamos hablando de un futbolista capaz de tener una contusión craneal, con pérdida momentánea de memoria, y volver a cabecear el balón como si sus huesos fueran de adamantium.

Una rotura en la rodilla y tener que pasar por el quirófano empeoró todo. Hasta que Raúl Martínez, el fisioterapeuta de la selección, le dio un regaño que pocos se atreverían. A partir de ahí, y con apoyo de Juanju Brau –fisio del club–, Carles reaprendió a caminar y pronto volvió a correr. ¿Estaba listo para lo que vendría?

Joseph Guardiola asumió la dirección técnica y despachó a Ronaldinho y Deco. Desde el día uno, dejó clara su idea. Carles Puyol fue uno de los citados a su despacho. Le puso un video que mostraba a diferentes defensores iniciando las jugadas desde atrás. “Si no haces eso, no jugarás”, le advirtió. ¿Alguien podía dudar de Carles a esas alturas? Para Guardiola, la dupla central ideal era, a priori, el recién llegado Gerard Piqué y Rafael Márquez: ambos mejores con la pelota que el capitán.

Puyi tuvo que conformarse con ser un comodín que jugaba de lateral derecho o izquierdo o bien de central en función del hueco que hubiese: ya no parecía un titular indiscutible. Entonces, Rafa Márquez se lesionó. Piqué y Puyol llevaron la buena química que estaban cocinando fuera del campo adentro y el equipo entró en racha ganadora.

Coraje es la capacidad de mirar a los ojos a los problemas. Puyol sabía que era el hijo de La Masía menos ducho con la pelota, pero también conocía sus virtudes. Su talento defensivo ya era de lo más asombroso de la historia: anticipaba, interceptaba, tacleaba, era contundente sin ser violento y –sobre todo– corregía los fallos de los demás. ¿Con eso bastaba? Siguió entrenando su técnica como había hecho siempre y, además, contrató un equipo de entrenadores para hacer repasos tácticos por su cuenta: estaba estudiando fútbol.

El Barcelona de Guardiola fue una máquina capaz de dominar a cualquiera. Alzaron dos Champions y ganaron tres Ligas, entre otras cosas. El cuerpo técnico dejó de dudar de Puyol y, en algún momento, fue él quien se replanteó cosas: ¿era mejor irse al Milan, por ejemplo, donde nadie nunca cuestionaría su titularidad? Decidió quedarse y siguió siendo figura. En paralelo, Piqué se distrajo, Rafa Márquez fue superado por la alta vara de exigencia, Gabriel Milito no se recuperó de las lesiones y del extraño fichaje de Chyhrynskiy mejor ni hablar. La primera década del siglo XXI concluyó con Carles Puyol siendo el central más exitoso del planeta.

Tras ganar la Eurocopa de 2008, alzó la Copa del Mundo. En Sudáfrica 2010, la Roja llegó con la plantilla más talentosa. Piqué y Puyol fueron la dupla de centrales. Pocas veces un equipo se había visto tan solvente en cada registro del juego. En semifinales, Xavi –como tantas veces había ocurrido en juveniles– elevó un balón que Puyol remató de cabeza y eliminó a Alemania. En la final, pasara lo que pasara, Carles tenía ganas de retirarse de la Roja. Alzaron el título y Vicente del Bosque junto con Fernando Hierro –el director deportivo– lo convencieron de seguir. No podía, insistieron, decir adiós antes de sus 100 partidos con la selección absoluta.

Puyol, que estaba entrando en la etapa final de su carrera, sonreía como pocas veces. “Entendí que estábamos en esto para divertirnos, dentro de un orden y una profesionalidad, pero hay que disfrutar. Antes no es que fuera un sufrimiento, pero sí estaba pendiente de demasiadas cosas, muchas veces irrelevantes, o por lo menos que no eran tan importantes como yo creía. Me refiero al juego, pero también al vestuario. Ahora lo paso mejor, lo disfruto más porque he aprendido a vivir el fútbol sin tanta angustia”, declaró, y agregó, sobre su compañero en la zaga: “Su manera de entender la vida me ha ayudado... no sé, con Piqué tengo la sonrisa en la cara todo el día, es todo optimismo y contagia vitalidad. Y futbolísticamente un superdotado”.

Cuando Gerard Piqué llegó al vestuario en 2009, traía consigo el humor negro que adquirió en Manchester junto con las ganas de divertirse que siempre lo han acompañado. Xavi y Puyol tuvieron que conversar con él: al Bercelona se iba a pasarla bien, sí; pero, sobre todo, a ganar. O se comprometía o mejor le pedía a su agente que le buscase otro club. Piqué entró en el redil y Puyol se sorprendió de que alguien pudiese destacar sin estresarse más de la cuenta. Eran como el ying y el yang. Carles se dio permiso de alargar las sobremesas de sus cenas una hora más, en vez de salir corriendo a dormir. Aprendió que si iba ganando podía echar un chistecito. Y que para liderar no hacía falta ser un policía.

La dupla Piqué-Puyol nos mostró que la responsabilidad se puede llevar con buen humor y que es diferente la tensión competitiva a darse mala vida. Puyol, veterano, lo entendió más rápido. Piqué tuvo que atravesar un bajón para recordar que la alegría sin compromiso deviene irresponsabilidad. Años después, contó que tuvo choques con Guardiola, pues el entrenador le exigía más concentración al tiempo que lo notaba distraído con las bondades que había fuera de la cancha para un futbolista profesional campeón del mundo y novio de Shakira. Puyol fue tajante: “Quiero mucho a Gerard, pero la labor de un entrenador es exigir al máximo a sus futbolistas. Solo así es posible aspirar a ganar”.

El héroe había incorporado la alegría y se había relajado sin pervertir sus valores. Le había demostrado al mundo el significado de plenitud: cómo mantener la excelencia desde el goce.

Nunca bajar los brazos
Cuando fueron compañeros en Barcelona, entre el 2006 y 2008, Liliam Thuram –seis años mayor– aconsejaba a Puyol de cara a que pudiera cumplir su sueño de jugar hasta los 40 años. El decálogo incluía entrenarse bien, alimentarse de modo adecuado, dormir las horas necesarias, no beber ni fumar, descansar y dosificar esfuerzos. “Solo si eres inteligente, jugarás hasta los 40 años”, repetía Thuram. Carles ponía en práctica todo con excesiva disciplina, quizá teniendo en cuenta las palabras y valores de su padre. Quizá obviando que los árboles también se marchitan si se los ahoga de cuidados.

La vida pronto le ofreció momentos para relativizar la importancia de todo. Su compañero Eric Abidal y el segundo entrenador Tito Vilanova padecieron y superaron cáncer (Tito fallecería en 2014). Puyol cedió su privilegio de capitán al primero para que alzara el trofeo de la Champions de 2011 e hizo que ambos levantaran la copa de Liga de esa temporada. Mientras tanto, su cuerpo resentía cada vez más los esfuerzos de los años anteriores. Puyol siempre dejó boquiabiertos a los médicos: solía recuperarse más rápido de lo previsto. Ahora, parecía costarle encadenar tres partidos seguidos. No obstante, su influencia seguía siendo la misma; en esa campaña, la mejor de la era Guardiola, nunca perdieron mientras él estuvo en cancha.

El cinco de marzo de 2011, su amigo Miki Roqué, futbolista del Betis, anunciaba su retirada momentánea del fútbol para tratarse un cáncer de la pelvis. Carles corrió con todos los gastos. En 2012, Miki falleció. Si darse cuenta de que la alegría y el buen humor podían ser compatibles con su disciplina no habían suavizado la imagen que proyectaba, ver a tres seres queridos luchar por el cáncer, luego de la muerte de su padre, sí debió mostrarle otras caras de la vida. En 2013, los nuevos zapatos que estrenó de Nike decían MR26.

Su partido número 100 con España se retrasó. Tanto que no pudo disputar la Eurocopa de 2012, que también ganó la Roja. Cada vez fueron más los partidos que se perdía. En algún momento le comentaron que si bajaba de peso podría mejorar los procesos de recuperación. En pocos meses, se le vio más magro que nunca. ¿Cómo alcanzar un cuerpo tan estilizado en una edad en la que se comienzan a perder capacidades físicas? Puyol rompía las expectativas, como siempre. Solo había unas que le costaba cumplir: las suyas.

Franco Baresi dijo una vez que Puyol ponía la cara donde a otros le daba miedo meter el pie. Ojalá hubiese sido una exageración: varias veces el defensor español tuvo que usar mascarillas protectoras tras romperse los pómulos. Los entrenadores del Barcelona le mencionaban con frecuencia que no siempre era necesario que se jugara el todo por el todo en cada pelota. Carles, como figura pública, parecía haber tomado lo mejor de la sentencia de su padre y haberlo convertido en una obsesión. Casi omitiendo que, quizá, este había sido superado por sus obligaciones.

Cada atleta debe enfrentarse tarde o temprano a su humanidad. Ver de frente a sus limitaciones. Carles parecía haberlo hecho desde el día uno y por eso había llegado adonde había llegado. Pero esto solo era una parte del relato. Aunque no se sentía un superdotado con el balón, sí actuaba como si no fuese humano. Entendió, cuando ya era tarde, que nadie puede rendir al 100% el 100% de las veces. No, al menos, sin recortar años de vida útil.

En 2013, tras ser operado, declaró: “La idea es llegar a la próxima pretemporada al 100% y cumplir mi contrato. Si veo que no estoy bien, seré el primero en coger y marcharme (…). Quiero jugar hasta los 40 años y retirarme aquí”.

Poco menos de un año después, en marzo de 2014, anunció su retiro. Tenía 36 años.

Epílogo: el hombre que lo dio todo
Jugó su partido 100 con España, en 2013. Vicente del Bosque siempre le insistió con que debía llegar a esa cifra. La vida puede ser una ironía cruel: nunca jugó el partido 101.

Pero hubo otras cosas que sí pudo hacer.

En 2008, justo cuando estaba por empezar la etapa más exitosa de su carrera, terminó una relación de diez años con su novia. Desde entonces, fue un soltero perseguido por la prensa rosa. Hasta el 2013, cuando se estableció con la modelo Vanessa Lorenzo. Cuando anunciaron que tendrían a su primera hija, todo apuntaba a que la habían concebido durante uno de los periodos de recuperación del central.

A diferencia de otros, Carles, luego de un tiempo de adaptación lógico, empezó a lucir sonriente ya convertido en ex jugador. Si le preguntan por su vida antes y después del retiro, afirma que ninguna es mejor ni peor: son distintas. Lejos de la arrogancia del derrotado que solo sabe narrar sus victorias pasadas, o del ansioso que busca titulares de prensa, Carles habla con la calma de quien bajó a sus infiernos y se trajo el profundo poder que solo adquieren los que tienen el coraje de beber el agua custodiada por los demonios: la sabiduría.

Acostumbrado a jugar la mayoría de los minutos, en su última temporada solo pudo disputar un cuarto del tiempo de competición. ¿Qué se iba a imaginar él que justamente esa determinación de darlo todo, esa ceguera que es el paso de la excelencia al perfeccionismo, lo acabaría perjudicando?

La frontera entre la pasión y la obsesión es una soga que puede ahorcarte si te descuidas.

Tras su retirada, diferentes miembros del staff blaugrana recordaron lo inquieto que era para aprender, para conocer los por qué. Entre bromas, Xavi decía que podía llegar a ser un poco fastidioso: se tomaba los ejercicios recreativos con la pasión del que juega una final. El día que vi el homenaje que le hicieron se me erizó la piel. Ojalá algún día, pensé, pueda ser digno de palabras similares. Varios años después, además de lo anterior, aspiró a la paz de quien no necesita romperse para cumplir con sus propias expectativas.

Carles Puyol no solo fue de los mejores capitanes de la historia, sino que dejó una muestra de respeto por su oficio que lo impulsó a regañar a compañeros cuando trataban de hacer una mínima burla al rival. Un capitán que era desde su imagen pública todo lo que yo no encontraba en los hombres adultos a mi alrededor cuando era un niño. El arquetipo, elaborado desde el marketing, de un padre bajo el cual cobijarme. La figura que me mostró desde su rol público que, al menos a lo lejos y simbólicamente, quizá sí había hombres a los que admirar.

Fotografía: Simon Hoffman/Getty Images
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