Una crónica en tiempos de Coronavirus

"En el nombre del padre, del hijo, del Espíritu Santo. Amén", digo en voz baja, mientras termino de dibujar con mi mano derecha una cruz entre mi frente y mi pecho. Salgo del apartamento.

Es el décimo noveno día desde que, en Chile, anunciaron el primer caso de Coronavirus. Hoy ya suman 632 casos testeados positivos, según cifras oficiales anunciadas por Jaime Manalich, ministro de Salud en este país. La incertidumbre también crece. La orden de cuarentena del presidente Sebastián Piñera no llega.

Junto a mi esposo, camino por la vereda rumbo al paradero de la micro. No hay granos ni arroz en la alacena. Tampoco suficiente reserva de carnes en el congelador, ni verduras en la cesta. Es necesario -y casi elemental- salir a comprar algo más de provisiones para, al menos, 2 semanas más.

Nos aventuramos a ir a la calle. No contamos con tapabocas, pero sí con unos guantes desechables de látex para esquivar el virus de nuestras manos. El resto de nuestros cuerpos está posiblemente expuesto al virus -aún no confirman que pueda estar en el aire-. Además de eso, nuestra única protección: Haber salido de casa con la bendición de Dios.

Tomamos la 214 y proseguimos rumbo a un supermercado. No hay el tráfico acostumbrado en la calle. Rostros a medio cubrir comienzan a protagonizar nuestro recorrido. Llegamos a nuestro primer destino. No hay más de 10 personas dentro del local. Agradecemos que así sea.

Logramos conseguir aceite, y nos aproximamos a la caja. Delante de mí hay una anciana en la fila. Prefiero hacer algo más de distancia por temor a pensar en su vulnerabilidad. No creo que deba comprar ella sola, pero desconozco su realidad. Sus manos desnudas sacan unos billetes y unas monedas para pagar su compra. Se retira. Tres minutos después, hacemos lo mismo.

De nuevo en la calle, caminamos 500 metros más adelante para adentrarnos en otro supermercado express de la misma franquicia. La tienda está más surtida, pero ya los anaqueles apuntan a quedarse sin stock de ciertos productos básicos en un par de horas más: Hay racionamiento de harinas, azúcar, arroz, granos, aceites, cloro, alcohol en gel, y algunos otros. Máximo 5 unidades por persona.

Tomo dos latas de jurel, dos paquetes de arroz, uno de caraotas (porotos negros) y otro de lentejas. Pagamos y seguimos caminando, esta vez hacia La Vega, una feria popular de verduras en Santiago Centro, unas cinco cuadras más abajo.

A medida que caminamos, vemos más hombres y mujeres de alto riesgo ante el Coronavirus. Ancianos y embarazadas, unos más y otros menos protegidos con tapabocas y guantes, transitan como un día normal. Pienso con preocupación en ellos. Son los más vulnerables frente a la nueva cepa del coronavirus COVID-19.

Cuando vemos el volumen de personas que se dirigen al mercado, preferimos esquivarlos y solo entrar a otro mercado hermano más pequeño llamado Tirso de Molina. Nos sentimos cómodos por la cantidad de compradores que hay dentro. Aún así nos surtimos de algunas hortalizas, harina de maíz, quesos y fiambrería, en menos de 15 minutos.

A una calle de allí, compramos las carnes y el pollo en la carnicería de costumbre. Como siempre, nos atiende el señor Jaime, un abuelo al que le hemos tomado cariño. Le pregunto cómo está y le recomiendo cuidarse, tomar té, naranja y las vitaminas necesarias. La carnicería está llena de personas.

Nos vamos pensando en él, y en cómo el sistema social chileno no está hecho para la gente que llega a la tercera edad. Y es que, según una encuesta de la Universidad de Chile en 2019, entre 26 y 30% de los adultos mayores de este país están trabajando. Ellos deben seguir laborando para sobrevivir. Para una mayoría no hay opción al retiro: Cuando el sueldo mínimo es de $319.000 (alrededor de 450 dólares), las pensiones rondan entre $137.000 y $302.000 al mes, dependiendo del rango de edad. Así pues, entiendo que mi amigo carnicero no tiene más opción que seguir.

Casi con el corazón arrugado, pidiendo a la providencia que en unas semanas vuelva a ver y sonreír con don Jaime, subimos al bus, de regreso a casa.

Ya dentro, logramos sentarnos. Luego, veo frente a mí la versión femenina de Tarzán, personificada en una mujer de aproximadamente 65 o pocos años más de edad. La señora se tambalea al ritmo del movimiento del bus, tomando cada tubo pasamanos como las lianas de la selva, a medida que avanza por el pasillo: sin guantes, sin asco, sin previsión. Se estabiliza frente a la puerta de salida. Cuatro paradas después baja, justo frente a un colegio con una imagen de la Virgen. Se acerca; se persigna. Ella también iba con su protección divina.

El bus arranca, y nos preparamos para anticipar nuestra bajada en tres paradas más. Descendemos, caminamos media calle y entramos de nuevo al edificio. Con el codo marco el botón del ascensor, cuyas puertas abren inmediatamente. Repito el procedimiento tocando el botón con el número 10 dentro del cubículo. Dos minutos más tarde, estamos en casa. Retiramos los guantes, lavamos nuestras manos y nuestros rostros.

Persignándome de nuevo, doy gracias por estar en nuestro hogar. También ruego a Dios una cosa más: Que el coronavirus no se haya pegado como polizón en nuestra encomienda.




Fotografía: Leo2014
Por Marianny Caguao
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