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El centinela


Todo este prolegómeno a colación es por su llegada a la cita con Juanita, la esperada reunión con la muchacha que tanto nombraba. Lo acompañé no para hacer de lámpara, como dicen en el barrio, había suficiente sol para que ellos encontraran sus manos y bocas sin tantear en demasía, tampoco soy un mirón; el hecho es que Juanita era la novia de un malandro.

Por Francisco Camps Sinza


Foto de Jan Skorupski en Pexels

Había salido a trompicones de la casa, casi trotando, como lo hacen esos deportistas que están en un punto intermedio entre caminar y correr. Su camisa blanca estaba impecable. Su pantalón gris, de finas rayas marrones, no estaba del todo planchado; se corrugaba en la entrepierna, pero eso no se veía tan mal. El problema fueron sus zapatos. Estaban viejos, sin brillo, a pesar de las estrujadas con un paño y un poquito de cerveza. Eso dicen que ayuda. Era martes, 3:00 p.m., y su papá ya estaba vuelto na. En el refrigerador quedaban seis cervezas; él abrió una, se toma la mitad de un jalón y humedeció una media vieja y procedió a limpiar los zapatos. Pensó que si su papá se fijaba él iba a aceptar los carajazos. Después, todo pasa más rápido. Pero había que esperar. Yo, que le seguía, casi no pude agarrarle el paso. Esquivó con destreza unos charcos y algunos coprolitos fosilizándose desde hacía rato. Al llegar a las cercanías del hospital Madre Salvación, a unas quince cuadras de la casa, ya me sentía cansado. ¡Al fin pude alcanzarlo! De la nada, la suela del zapato izquierdo se abrió como una arepa. Ricardo trastabilló, pero se detuvo frente al bululú que aguardaba en el codo de Emergencias. Una chica indiscreta le pinchó el brazo a la mamá que hablaba por teléfono para que viera el espectáculo. Sí, Ricardo andaba renqueando por la acera, saltaba como un canguro cojo, viendo si había un banco desocupado. Nadie se levantó. Había dos hombres leyendo el periódico, conversando y balanceando una morisqueta en la cara, sacándole un chiste a una de las innumerables desgracias nacionales de turno, además de la niña flaquísima al lado de la mamá que no despegaba la cara del celular, y dos señoras y un señor que podían sumar toda la historia republicana entre los tres. A decir verdad, mis zapatos no estaban mejores: grises, chatos, con una estrella al costado que se caía, aunque las trenzas estaban limpias. Le dije para cambiarnos de calzado, pero no quiso. Compró un chicle en la bodega de Justo, lo mascó y se lo pegó a la suela. La niña flaquísima retorció su boca. “¡Qué asco!”, dijo sin dejar de ver. A Ricardo no le importaba la estética. Subió el zapato, le dio una mirada desde arriba, lo zapateó como si matara una cucaracha o bailara joropo, dio unos pasos y, como fue un éxito el experimento, siguió su caminata. Esta vez ralentizó el tempo. Tenía un tumba’o que no era el suyo. No sé si mejor o peor. “¡Qué cagada!”, soltó cuando estaba hombro a hombro con él, o más bien hombro con cara.

Todo este prolegómeno a colación es por su llegada a la cita con Juanita, la esperada reunión con la muchacha que tanto nombraba. Lo acompañé no para hacer de lámpara, como dicen en el barrio, había suficiente sol para que ellos encontraran sus manos y bocas sin tantear en demasía, tampoco soy un mirón; el hecho es que Juanita era la novia de un malandro. No lo conocemos, aunque seguro es de temer. Anda recluido en “El Infiernito” desde hace dos años. Cuando supe esto, le dije una y mil veces a Ricardo que no se enamorara de esa caraja. Que no era feo y que intentara con otra. No había que tentar la suerte. Mira que esos malandros tienen ojos que no son los suyos y oídos que no tienen cera. Por eso fui a acompañarlo, tras mi ruego y su sobrada confianza de que nada pasaría. Pues, esa vez le di la razón.

Se vieron en la última plaza del municipio, la del prócer sin nombre y sin rostro, nuestro barrio estaba al otro lado del cerro. Solo los zamuros nos veían desde bien arriba. La Juanita si estaba bien linda, pero por cuestiones de respeto, no podía verla mucho. Era blanquita, de cabello y ojos azabache; llevaba las uñas pintadas de rojo y su vestido era floreado y escotado. Me quedé cinco puestos atrás de ellos. No escuché palabra alguna de lo que dijeron, pero si las risotadas de la muchacha. El Ricardo tan serio que es y se convierte en don payaso cuando está con una fémina. Luego, ni rezongaba el viento. En estos casos, los silencios sirven para otras cosas. Salimos de ahí a las 5:45 p.m. Llegaba la puesta del sol con algunos señores que caminaban y paseaban a sus perros. Yo era un centinela. Después de seguirle el paso bien atrás, pensé de qué servía ser un vigilante, ser todo ojos, sin llevar un arma. Esto se lo dije cuando ya estábamos en el barrio. “No va a pasar nada”, dijo riendo y dándome dos palmadas. “Además, tú eres un cagado para sostener una pistola”, dijo. Yo tenía una corazonada, y hay que hacerle caso a esas puntadas que te dan en el cogote y que se nos van para el pecho.

Volvimos a salir al día siguiente, misma hora. El mismo par de zapatos y el mismo pantalón. Ahora la camisa era negra, tersa y con un dibujo de dragón en la espalda a lo Bruce Lee. Esta vez sonreía más de la cuenta, como cuando sabemos que nos espera una recompensa a lo largo del día. Al pasar por el puesto de Justo le pregunté si quería otro chicle. No respondió. Por si a las moscas, me detuve a comprar un par de mentas. Vimos a Juanita en la plaza, ahora con un vestido negro y un pañuelo rojo en su cabello. Estaba más linda que ayer y seguro mañana más que hoy. En ese momento le entendí el entusiasmo, pero en la vida hay que predecir donde se va a detener la ruleta. Transcurrió la tarde calurosa, como cualquier otra. Las risotadas, los chillidos, el silencio momentáneo, todo igual, un repetición hasta el cansancio.

Antes de que llegara el momento de irnos, faltaban de quince a veinte minutos, se plantaron dos chamos un par de puestos delante del mío, entre donde estaba mi amigo con su pareja y yo. Pensé en levantarme, pero no lo hice. Creía que eran ideas mías. A veces el nerviosismo nos hace ver cosas que no son; desfigurar situaciones de aparente normalidad. Se quedaron diez minutos hablando. Ambos llevaban gorras negras que combinaban con sus zapatillas. Se veían mucho más jóvenes que nosotros. No pasaban los quince años. De un momento a otro, se levantaron de sopetón, y lo único que alcancé a escuchar fueron dos pepazos. ¡Bam!, ¡Bam!

Cuando suceden estas cosas, uno cree que no lo está viviendo; el momento se hace brumoso, espeso, y el tiempo parece detenerse. Salieron corriendo y los chillidos de Juanita se escucharían hasta en el barrio y espantarían a los zamuros. Un señor alto, puro bigote, se detuvo asustado y llamó por teléfono. Al rato llegaron dos patrullas. Trasladaron a Ricardo al hospital. Un solo acompañante, pidió el oficial. Juanita subió al camión. Me miró extrañada, pero no dijo nada. Su cara estaba inundada de lágrimas, con una delgada línea negra por el rímel. Parecía haber sentido algo oculto y a la vez luminoso. Ricardo estaba pálido. Su pantalón ya era vinotinto, y su pierna izquierda estaba tumbada sin moverse. Antes de que se perdieran en la humareda de la vía, me percaté de que la suela colgaba. Sería el chiste fácil para sobrellevar tal tragedia.

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