El silencio de los muros


A casi año y medio de encierro a raíz de la pandemia, de la enfermedad, me permito un espacio para pensar en el silencio que nos pertenece, en lo que no sucede y al mismo tiempo estalla entre las cuatro esquinas de la casa donde están siempre los mismos días. En esas horas que convierten el confinamiento en un cadáver exquisito

María Angelina Castillo


Ya es un lugar común decir que el tiempo en pandemia no transcurre. Que los días son siempre lo mismo o que parecen recordar a algo que fue. Que la vida se nos ha quedado un poco detenida.

También estas ideas ya dejaron de ser un lugar común para muchos. Su rutina volvió tras más de año y medio de encierro. La aprobación y distribución de las vacunas contra el Covid-19 en los distintos países abrió un nuevo espacio para el encuentro, el asfalto y su normalidad. Pero no aquí. No para mí. Mi encierro continúa en esta Venezuela que es puro caos y desobediencia; este supuesto país que es del que primero se lo consigue cada día y a cuya merced le toca caminar. Este encierro aún me signa mientras termino de atravesar la tormenta de una enfermedad con estadísticas mortales. Y de la que me he ido salvando a punta de creer.

En mis espacios muchas veces reina la soledad. Los silencios que se quedan atrapados en los muros sin grietas. La memoria que se va abriendo inexacta y falible como un sueño. Mi encierro que antes fue de otro. Mi estancia en ese lugar donde nada ocurre y en el que, al mismo tiempo, se gestan tantas maravillas.

Llevo casi año y medio a resguardo en las esquinas de la casa. Sobre rutinas que se elaboran y desbaratan más o menos con la misma velocidad. Marcando las horas en los colores del cielo que me indican que sí hay algo que pasa. Junto a los ruidos que llegan desde la calle. La brisa de un espacio que es muchos otros aunque no cambie. Afuera la vida sigue, es cierto. Desde adentro yo sano y espero.

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Esos adornos que se mecen con la brisa en las casas silenciosas. Se mecen y transforman la luz de la tarde, intermitentes como un pensamiento. Al fondo, el ladrido de algún perro, un automóvil que sube la cuesta y se pierde en la montaña, más allá del último edificio. Los pájaros que se alborotan. Y entonces yo pienso en la casa de mi abuela y en las matas de su balcón. En la vieja mesa de madera junto a la ventana que en Navidad se convertía en pesebre. En las antenas del televisor. Una casa en la que siempre era domingo y olía a guayaba. Una casa de muchos clósets y cajas viejas. Hábitat de grillos y telarañas. Pienso en mi abuela en la cocina y de repente ella es la luz que entra a las cinco de la tarde, en ese calor sin brisa que no agobia. Pienso en la angustiosa espera por el heladero ambulante al que me gusta comprarle la tinita de mantecado. Siempre pienso en mi abuela. La llevo en la memoria como escapulario.

Pero estoy en mi casa, entre mis propios ruidos. De nuevo, un perro. Un vecino que le grita a otro. Y todo ocurre lejos, más allá de la ventana. Por aquí solo pasa la brisa, se cuela una mosca. Son las cinco de la tarde, pero puede ser cualquier hora. Canta el gallo de enfrente. Las nubes han desaparecido bajo la brillantez de los últimos rayos de sol. Y no hay mucho más que hacer.

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A veces es posible escuchar el ruido que sale de las cosas en la noche. Cuando nadie las está mirando. Cruje la madera de una silla, como si enderezara sus huesos de astilla. Las baldosas como reacomodándose después de las últimas pisadas. Las ventanas aletean sin pudor para recibir al insecto que ha volado hasta ellas. Los zapatos y los libros que se estremecen en sus sueños, marcando un monótono ritmo de marcha. Los adornos adolescentes que aún cuelgan en las paredes y que me niego a quitar; son una forma de reencontrarme con la que era. Otra forma de volver. 

Y ese ruido sale de las cosas en la noche como si volvieran de una batalla cósmica. Quitándose lentamente el recuerdo de las manos que las tocaron. Ese ruido a veces imperceptible, delicado como una burbuja de jabón. Un sonido que solo capta el insomnio, los oídos solitarios sobre la almohada, tras el breve paseo en pijamas bordeando la oscuridad de la casa. Extrañando.

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Miro por la ventana de este piso 11 a los vecinos que viven enfrente. Se han reunido allá abajo por alguna ocasión especial. Yo solo puedo saborear el recuerdo de las casas de puertas abiertas. De luces encendidas. De niños que entran y salen corriendo. Casas que suenan a risas. Casas de amigos que llegan con alguna noticia en las manos. Casas de amores sudados en el filo del sofá. Y qué dulces son los recuerdos de las casas calientes, de esas que se llenan de gente en una fecha sin excusas. Donde abunda la palabra suelta y la cercanía no conoce contención. Allí donde en un tiempo no lejano nos sentamos a cantar en el jardín. Extraño esas casas, las casas de puertas abiertas sin miedo al virus, el visitante anónimo que llega silencioso y definitivo como una coartada. Extraño a los niños que entran y salen de las puertas abiertas con sus gritos al aire como papagayos. Extraño al amigo con sus manos extendidas. Extraño ese amor que se abisma sobre el sofá. El calor de la compañía y la música; las anécdotas que ya todo el mundo conoce. Extraño no temerles a las puertas abiertas, pisar la cerámica con suelas sin cloro. Extraño tocarte. Tocarme. Tocarnos. La boca, los ojos. Tu cuello, el mío.

Quiero volver a entrar en esas casas de puertas abiertas y encontrarnos, sin miedo, en una danza crepuscular.

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“Solo trajimos el tiempo de estar
vivos
entre el relámpago y el viento;
el tiempo en que tu cuerpo gira
con el mundo,
el hoy, el grito delante del milagro”
Eugenio Montejo


Lo único que tenemos en este mundo es tiempo. Lo único que es verdaderamente nuestro. Le pertenecemos y cierto tiempo nos pertenece. Ahí comienza y termina todo. Con él nos acostumbramos a todo lo demás. Un tiempo que cambia en el encierro y nos reconoce. Un lapso ingrávido en el que se parece siempre a muchas cosas. No existe nada antes ni después. Y nosotros solo podemos estar y vivirlo. El resto será memoria de alguien más. Por eso en el tiempo conquistamos los lugares, esos que habitan la enfermedad, la locura, el alma, la llovizna. Siempre es el tiempo de andar, aún entre temblores y más allá de las rupturas, junto a las mariposas. Porque todo tiempo que transcurre es un comienzo, aún en el encierro, en busca del asombro.



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