Un sube y baja rosado en el medio de una frontera como objeto recordatorio de la división y estupidez. Un niño de un lado, con mirada firme y curiosa al otro extremo; barrotes, tubos y la niña al final del cuento, subiendo y bajando, despeinando su situación, sonriendo con la complicidad de su compañero, haciendo un reencuentro con su infancia, con la dicha gratuita que tiene el estar allí, en su sube y baja.

Un poco más arriba; hacia el norte, la juventud se envuelve en balas; proyectiles que provienen de la ira, venganza, cobardía, ignorancia; de aquel que siente que tiene el derecho para hacerlo, para terminar con toda la complejidad de otro individuo, con la fuerza del click de su dedo. Así, sin más, se adueña de su objetivo, le amenaza, le grita, le hace suyo, le apunta, le desvanece.

Respiras, tomas un momento para continuar consumiendo las batallas de otros mundos a través del cuadrado que te lo cuenta, la pantalla plana que dejó tu primo antes de explicarte una vez más sus motivos de partida. Le refutaste, discutieron, se fue sin tu consentimiento y, aun así, te dejó esa pantalla, como símbolo de último abrazo que estará al caer en cualquier momento.

Subes el volumen, esta te interesa. Ni el propio Elai hubiese creído que la traición es tan amarga. Todo camarada tiene precio, este no requirió mayor esfuerzo. Una llamada de su compatriota ordenándole montar el avión para asistir a la reunión; una venta, una extradición. Elai en camino. Sus afectos, sus sueños, sus deseos allí, entrelazados con el sonido de las turbinas que lo conducían a esas paredes frías que tendrá durante la eternidad.

Estabas sonriendo, la última primicia te generaba un gustito, aunque no igualaba para nada lo que has vivido, no podías negar que estabas contento. Cuando ya casi tu sonrisa estaba a punto de explotar, te quedas a oscuras. Lo primero que recuerdas son aquellos días en que todo fue negro, piensas cuánto durará esta vez. Te activas; desconectas electrodomésticos, recoges el agua, agrupas las velas, tienes la esperanza.

Te pones al frente de tu pantalla negra, recuerdas todas las historias que te transmitió, piensas en cómo podrán ver la tuya. Recuerdas a tu primo, entiendes sus motivos, tu mano presiona la pantalla como si fuera su brazo, la búsqueda de su amor en aquel plástico.

No te diste cuenta, pero las horas en la negra soledad te ganan la carrera. El tiempo pasó por alto mientras tú te quedaste estático en ese televisor, con tus pensamientos, analizando toda la situación. De ese sube y baja, el norte y sus balas, Elai no salía de tu mente, aunque no ibas a saber nada más de aquella historia por la desconexión obligada en la que te encontrabas, deseabas que esas paredes le recordaran a ti. Sin conocerle, sin si quiera nunca verle, tenías la seguridad de que ahora alguien contaría tu historia, a través de esas frías y aisladas paredes, estarás en su mente; el ejercicio de reconocer tus penumbras, será su tormento.

El bombillo de la cocina te informa que ya tienes luz, no estás consciente de la cantidad de horas que pasaron, ni el hambre ni el sueño te avisaron, pero la voz del noticiero te da la buena nueva. Elai, ya narra tu historia y lo derriban tantas veces como no te hubieras imaginado por ella. La venganza invisible ahora iluminada, la vives en carne y hueso.




Por Verónica Ponte Ayala
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