La caída que nadie firmó
El poder no se mide por cómo cae una noticia,
sino por cómo se sostiene un sistema.
Todo lo demás es relato en disputa.
sino por cómo se sostiene un sistema.
Todo lo demás es relato en disputa.

Por Ricardo Enrique Ortiz
El teléfono sonó a las dos de la madrugada. No vibró, sonó. Mi papá no suele llamar a esa hora, así que atendí sin vacilar.
—Chamo, dicen que esto parece un bombardeo —dijo, sin saludo—. Que tumbaron a Maduro.
No pregunté quién lo dijo. A esa hora nadie dice nada: todo circula. Abrí el teléfono, todavía medio dormido, y empecé a ver lo mismo repetido en distintas pantallas: mensajes reenviados, capturas borrosas, un “confirman fuentes” sin fuente. El “cayó Maduro” era una sola frase, sin contexto ni explicación, como si todavía no supiera si iba a ser verdad.
La noticia no llegó como las noticias importantes. No hubo alerta oficial ni comunicado solemne que ordenara el caos. Llegó mal escrita, cruzada, fragmentada. Se instaló en la madrugada y empezó a crecer con el amanecer, como si necesitara luz para terminar de creerse.
A esa hora, fuera de Venezuela, nadie estaba preparado para procesarlo con cabeza fría. Sonaron teléfonos en apartamentos pequeños, en casas prestadas, en habitaciones que ya no tienen acento propio. Hubo gritos contenidos, risas nerviosas, gente que lloró sin saber exactamente por qué lloraba. No era celebración plena ni alivio definitivo: era el cuerpo reaccionando antes que la política, como si algo largamente esperado hubiera decidido, por fin, moverse.
En ciudades ajenas, la palabra “Venezuela” volvió a pronunciarse en voz alta, sin cuidado. No hubo banderas oficiales ni discursos preparados. La escena no tuvo épica ni protocolo. Fue íntima, desordenada, profundamente humana. Por un instante, el exilio bajó la guardia.
Dentro del país —y dentro del poder— la reacción fue otra.
Repudio inmediato, consignas conocidas, comunicados que denunciaron una agresión externa, una intervención ilegítima, una violación a la soberanía. No se defendió a un hombre, se defendió una narrativa. El libreto se activó con precisión mecánica. Todo estaba ensayado para este momento.
Entre la celebración desordenada de la diáspora y el repudio disciplinado del oficialismo empezó a instalarse una duda incómoda. No la pregunta evidente —quién ejecutó la captura, cómo se llevó a cabo— sino otra, más difícil de responder: ¿cómo cayó un poder que durante años se presentó como blindado, inexpugnable, sostenido por una arquitectura de lealtades que parecía inquebrantable?
Los poderes no se derrumban solo desde afuera. No caen de un día para otro sin avisar. Antes se agrietan. Antes se negocian. Antes alguien deja de sostenerlos cuando sostenerlos deja de ser rentable, conveniente o seguro. A veces no hay traición explícita, sino cansancio. No hay conspiración cinematográfica, sino silencios estratégicos.
Este episodio no se juega únicamente en el tablero de la geopolítica ni en la épica simplificada de vencedores y vencidos. Se juega en ese espacio opaco donde el poder se desgasta por acumulación, donde las lealtades se enfrían y las certezas se administran con cautela. Ahí donde nadie asume la autoría del abandono, pero todos reconocen el momento exacto en que ocurrió.
Venezuela vuelve a quedar atrapada, una vez más, en una disputa de narrativas. Afuera, la emoción sin protocolo. Adentro, la consigna sin fisuras. En el medio, una pregunta que incomoda a todos por igual: no quién ejecutó la caída, sino quién dejó de proteger cuando proteger ya no convenía.
Mientras tanto, fuera de Venezuela, Venezuela celebra.
Los otros repudian.
Y los de siempre —los que saben, los que estuvieron, los que vieron venir el desgaste— eligen el gesto más elocuente de todos: callar.
