“Las armas que te da la literatura permiten conocer la historia de una manera distinta. No es mentir, es llegar a la verdad por otro camino”, Javier Moro.

Voy en el Metro, leyendo Una vida demasiado corta, de Ronald Reng. Trato de entender la tragedia de Robert Enke, el ex portero de Alemania que se suicidó. De repente, una morena con trencitas grita algo a favor de Chávez. Lo grita, sí. ¿Adivinen? Exacto: un hombre le responde con ímpetu, quejándose del chavismo. Uno, dos, tres: acción. Medio vagón empieza a discutir sobre política. O, mejor dicho, intercambia puntos de vista sobre la “situación país”, “viva Chávez”, “qué ladilla las colas”, “porque en la cuarta república”. Cierro mi libro. Observo. Más gritos, más emocionalidad desbocada, más alzo-la-voz-escúchame-a-mí. En medio de esa escena, que parece sacada de una película de comedia, pienso en lo mucho que me gustaría vivir en un sitio en el que pudiera concentrarme tranquilamente en comprender la depresión de Robert Enke, sin tener que preocuparme por idealismos e idiotismos políticos que siempre me han ladillado.


Alberto Barrera Tyszka escribió, junto con la periodista Cristina Marcano, la primera biografía documentada de Hugo Rafael Chávez Frías. Un tipo cuyo solo nombre dibujó el mapa de Venezuela en la mente de extranjeros que ignoraban que había vida en esa zona de Sudamérica.

Hugo Chávez también es el telón de fondo de Patria o muerte, la novela de Barrera Tyszka, ganadora del Premio Tusquets. Claro que desde una perspectiva cotidiana, en la relación de la imagen del ex presidente con los diferentes sectores de Venezuela. Patria o muerte es una historia que habla sola: el eje central es un mito sobre el que se cimientan las vidas de los personajes, tan comunes como tú y como yo.

El texto llega a mis manos para coronar una paradoja: mi aversión por la política sucumbe ante mi amor por los libros. Me doy permiso para leer sobre la “situación país”. La realidad que se experimenta en Venezuela se condensa en una obra de ficción que se mezcla con lo que voy viendo en el Metro, en las calles y en diversos locales, sitios todos en los que me siento a leer. A paladear una, o muchas, historias: no teorías, no discursos, no proselitismo político. Solo la realidad contada a través de la ficción.


Cuando estaba en quinto grado la libertad adquiría formas tentadoras en esos minutos de “clases” en que la profesora debía salir del salón. Si el asunto que tenía que atender se alargaba, nunca faltaba quien expresara su creatividad en manifestaciones colectivas: “¡Qué alce la mano el que le guste Dragon Ball!”, era un ejemplo. Inyectados de política, el entretenimiento era fingirse una especie de Asamblea Nacional cuyo realismo llegaba a tales extremos que (No se vayan a sorprender, por favor) más de una vez la sesión acabó en golpes. Eran tiempos premonitorios.

Nunca faltó el clásico: “¡Alce la mano el que apoye a Chávez!” ¿Cómo carajo la imagen de un presidente, en el sagrado universo de niños de diez años, adquiere una preponderancia equivalente a la de Dragon Ball?

En quinto año de bachillerato, crisis era una palabra que sonaba cada día con más ímpetu. La indiferencia ya no era una opción: a la fuerza todos nos veíamos involucrados en discusiones políticas ocasionales. Violencia, le dicen a la forma en la que algo, o alguien, te obliga a hacer cosas contra tu voluntad. Lo más complicado de todo era definir quién o qué era ese algo o ese alguien. La tragedia del boxeador es no ver los puños que lo golpean.

Lorena, digámosle así, era una de mis compañeras.

Estudiamos juntos desde noveno hasta graduarnos.

Discutimos por muchas cosas, pero nunca por política.

Siempre he tratado de ignorar las manos invisibles que lanzan golpes. Subir a un ring y a una pista de baile son dos actividades que se parecen en lo selectivo que conviene ser al escoger pareja. Lorena era chavista.

Con el tiempo las personas se fueron definiendo así, chavistas u opositores. O escuálidos, como se les empezó a decir. En quinto año de bachillerato, el apoyo de Lorena por el Gobierno era pronunciado aunque sin rayar en el proselitismo. Pero no hacía falta que lo gritara: era amiga nuestra y conocíamos sus gustos.

En esa frontera con la adultez, parecía que más de uno se negaba a soltar la infancia. “¡Quédense sentados los chavistas!, ¡el resto: levántese!” Claro: Lorena permaneció sobre su silla. “¡Lorena se quedó sentada porque es chavista!”, espetó el dedo burlón de un compañero. “¡Yo sí, ¿y qué?!”

¿En cuántos países del mundo las excusas para el bullying adolescente son las preferencias políticas?


En las páginas de Patria o muerte hay hambre. No me refiero a la que están pasando millones de venezolanos, sino a la que genera Barrera Tyszka mediante una lectura light, digerible, que pretende jalar al lector hasta la última página. Recuerda a un stand up comedy de Laureano Márquez, quien afirma –palabras más, palabras menos– que mientras en Suiza la gente se muere de vejez y aburrimiento, la motivación del venezolano para alargar sus años radica en que “nadie quiere perderse cómo termina esta vaina”. Algo parecido sucede con la novela de Tyszka. Lo irónico es que él mismo dice dentro de su texto que “la incertidumbre también es una forma de violencia”. Queda claro que esta, puesta sobre el papel, resulta poderosa. Eso, junto al profundo retrato del chavismo y de Chávez que construye, son los logros que encuentro más plausibles en el relato.


Desde hace años tengo la secreta fantasía de que, mientras sostengo un libro entre mis manos, una chica guapa se acerca a realizarme algún comentario ingenioso sobre mi lectura.

Para mi pesar, esto no ha sucedido. Ni ocurre durante los días en que el libro exhibido es Patria o muerte. Con ese título es difícil hacer reales mis ensueños: siendo tan político, de hacer un comentario ingenioso tendría que ser uno al estilo Mafalda.

A esta última, por cierto, pertenece parte de la responsabilidad de mis amplias exigencias en materia femenina. A algunos los condicionaron los afiches de modelos sugerentes. A mí me jodió una argentinita que veía el mundo con una inocencia y genialidad equiparables. Cual amantes destinados a una adultez compartida (A la que ella no llegó, pero yo sí), crecimos en veredas opuestas: Mafalda odiaba la sopa, yo me crié con ese plato como almuerzo predilecto de los domingos.

En La belleza propia: arte, adolescencia e identidad, varios psicólogos de la UCAB relatan sus experiencias en el Parque Social Padre Manuel Aguirre, al que acuden muchos jóvenes.
De forma conjunta, Xiomara Jiménez, Noradén Mora, Emiliana Oteyza y Manuel Llorens, condensan opiniones y resultados de estudios en 165 páginas: exploran el universo juvenil de muchachos de estratos sociales bajos.

En uno de los capítulos, Manuel Llorens habla de la canción Muerto en Choroní, de Circo Urbano, como una de las piezas más inteligentes para comprender a la juventud actual.

Me voy pa’la playa
no me importa nada,
yo vivo en la playa
mientras tú trabajas

Yo no soy neoliberal
tampoco soy comunista
solo soy un mamarracho
que se la tira de artista.

Sin dejar de usar palabras como quizá o puede ser, Llorens asoma que los versos anteriores, más que hablar de una juventud escapista, se podrían referir a una generación cansada del politiqueo, que quiere explorar sus posibilidades más allá del escueto chavistas vs. opositores.

Yo pertenezco a esa generación.


En las líneas de Patria o muerte, por algún momento, me siento en medio de una telenovela. ¿No será demasiado?, pienso. Luego, las escenas que me circundan me recuerdan que el guión de Venezuela siempre me deja la misma pregunta: ¿no será demasiado?

La novela me posiciona en un punto en el que ya me sé mover con comodidad: la incertidumbre. Todo puede pasar. La solución a los problemas nunca se muestra sencilla y, como si no pudiera hacer un retrato más profundo de la “situación país”, me deja en la boca el sabor de “¿cómo coño resuelven esta vaina?”

La última página la leo mientras me encuentro rumbo al trabajo. Justo entonces, escucho una de las frases más repetidas en los últimos 20 años: “Por eso es que este país está así”. Ya me imagino lo que sigue a continuación.

Valiéndome de una expresión popular, me digo a mi mismo que el tema de Patria o muerte lo vengo viendo hasta en la sopa desde hace demasiados años. Luego pienso en Mafalda y en por qué me cae tan bien.



Por @LizandroSamuel.
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