Y no pasa nada


Andy Delgado Blanco



(Recreación libre, muy libre del cuento Perdiendo velocidad de Samanta Schwenblin)

La veíamos rara. Ella insistía que no le pasaba nada, pero nosotros sabíamos que algo andaba mal. Los pastelitos no le quedan igual que antes. Primero fue su mamá las que los hacía, después fue ella la que siguió con el negocio. Se levantaba a las 4:30 de la madrugada. Amasaba y mientras la masa se reposaba, ponía a sancochar las papas, después las hacía puré y las mezclaba con el queso duro rallado.

Volvía con la masa, la extendía, la cortaba, colocaba el relleno adentro, cerraba los bordes, les daba forma de rectángulitos o círculos y los aplastaba con un tenedor. Después los freía en aceite bien caliente que chisporroteaba cuando caían. Le quedaban bonitos los pastelitos, eran los mejores, sabrosos. La masa se volvía como hilitos que se deshacían en la boca. Los pastelitos de Olga.

En la Escuela, a la hora del recreo, todos pedíamos lo mismo: dos pastelitos y un refresco. Así fue como mi mamá y Olga se hicieron amigas, por los pastelitos. Olga los hacía y mi mamá los entregaba, los llevaba en una cava grande de anime, en la camioneta con la que hacía el transporte escolar. Solo los hacía para la escuela, para la Andrés Bello. La generación de mi hermana mayor y, diez años después la mía; más tarde, la de mis hijos y mis nietos, todos hemos comido los pastelitos de Olga, en el recreo. Todos los que estudiamos allí, reconocíamos ese olor que lo inundaba todo, mientras corríamos por los pasillos para ser los primeros de la fila que hacíamos en la cantina. También se los encargábamos en las fiestas; pero Olga, no, que no, los pastelitos son para la Andrés Bello. Había que pelear para que aceptara un encargo.

Hace un mes que Olga se paró en la cocina de su casa y le dijo a la menor de sus hijas que no iba a seguir haciendo pastelitos. Miriam pensó que se había vuelto loca, si eso es lo único que le gusta hacer, con lo que levantó a toda esta familia. Al día siguiente, Olga volvió con la misma idea, dijo que los pastelitos ya no le quedaban igual, que si el relleno no se deshacía en la boca, que si la masa tampoco, que le quedaba queda dura y grasienta, que las papas no se cocinaban bien, que el relleno era más papa que queso. Dijo que esa era una señal, había perdido el toque, la magia. Mi mamá pasó a verla, Olga lloró mientras decía:

    -Siento que esto se acabó. Cuando uno deja de hacer bien lo que mejor sabe, se acabó.

No dio tiempo de avisar a la Escuela que el negocio de cuarenta años llegaba a su fin, allí mismo se murió, delante de todos, hablando en la cocina. Un infarto, dijo el médico, pero todos supimos que era la tristeza. La tristeza por no poder hacer lo que le gustaba.

Ayer mi mamá nos dijo que a lo mejor Olga lo había presentido. Que ella también estaba pensando si debía dejar el transporte escolar; que antes ni siquiera pensaba, sabía cuándo frenar, nada de dar volantazos, que sus reflejos eran muy buenos, pero que el  viernes casi atropelló a un muchachito que se atravesó, en la calle, que tuvo que pensar mucho antes de pisar el freno.

    -Es que uno se muere y no pasa nada.

[Texto generado en el “Club de escritura” de Círculo Amarillo, facilitado por Lizandro Samuel]

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