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	<title>Sello Cultural</title>
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	<description>Sello Cultural</description>
	<pubDate>Mon, 05 Oct 2026 12:42:08 +0000</pubDate>
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		<title>Feroces gana medalla de oro en los International Latino Book Awards </title>
				
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		<pubDate>Mon, 05 Oct 2026 12:42:08 +0000</pubDate>

		<dc:creator>Sello Cultural</dc:creator>

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		<description>Feroces gana medalla de oro en los International Latino Book Awards&#38;nbsp;

“Wonderful collection&#38;nbsp;
you will read in one take”, ILBA 2026
Feroces, Compilación de autoras jóvenes venezolanas ganó la medalla de oro en la categoría Best Collection of Short Stories – Spanish de los International Latino Book Awards 2026 (ILBA)&#38;nbsp;




El galardón se anunció el pasado 3 de octubre, en una ceremonia realizada en la universidad California State San Marcos de San Diego, Estados Unidos.

La antología publicada por Sello Cultural y Autores Venezolanos, nace al constatar que existen jóvenes narradoras venezolanas que escriben con gran calidad, pero carecen de espacios para publicar y acercar sus historias a los lectores.&#38;nbsp;

El libro reúne cuentos de Andrea Leal, Verónica Florez, Sofía Pereda, Gabriela Vignati, Verónica Albornoz, Clara De Lima, Yoselin Goncalves, Natasha Rangel y Ana Cristina Frías.&#38;nbsp;

“Las historias compiladas en Feroces abordan temas tan cercanos como el desamor, la pasión, el deseo, la identidad personal, la experiencia corporal… pero están atravesados por una visceralidad refrescante en el panorama contemporáneo de la narrativa venezolana, se sustentan en una manera rebelde y original de pensar las historias y los temas sobre los que se extiende la literatura”, afirma el editor Jacobo Villalobos.

El proyecto es una iniciativa de Jacobo Villalobos, la periodista Luza Medina, las promotoras culturales Tibisay Guerra y María Esther Almao y el diseñador Juan Mercerón.&#38;nbsp;

Los International Latino Book Awards, organizados por Empowering Latino Futures desde 1998, distinguen libros escritos por y sobre latinos. Su vigésima octava edición contó con 292 jueces y reunió en la ceremonia a autores y editores provenientes de al menos 14 países.

Feroces, Compilación de autoras jóvenes venezolanas está disponible en Amazon y en las librerías El Buscón de Caracas y U-Tópicas en ciudad de México.&#38;nbsp;&#60;img width="1616" height="938" width_o="1616" height_o="938" data-src="https://freight.cargo.site/t/original/i/2f4445611609cec2c08b7bc252fadce9d976e2b96dc67675df081f203d4fcfc5/Screenshot-2026-10-05-at-22.00.29.png" data-mid="252895748" border="0"  src="https://freight.cargo.site/w/1000/i/2f4445611609cec2c08b7bc252fadce9d976e2b96dc67675df081f203d4fcfc5/Screenshot-2026-10-05-at-22.00.29.png" /&#62;
Sinopsis: Acercamientos furtivos con criaturas mitológicas, gemelos que violentamente intentan volver a ser uno, un hogar que acaba con el alma de sus inquilinas, las cuales quedan atrapadas allí para siempre; encuentros con la sangre, la sangre erotizada, supersticiosa, enloquecida y vengativa. Los relatos contenidos en FEROCES son tanto animales salvajes y crueles, como la expresión de escritoras que arremeten sus historias despiadadamente. Aquí se recopila la voz de nueve autoras jóvenes venezolanas, unidas por el tratamiento visceral de la feminidad, o, mejor dicho: se unen en la destrucción de las formas de la feminidad. Y esa es una destrucción voraz. Se presenta el registro de un quehacer literario, de una expresión que es a la vez brutal como preciosa, de las reflexiones maduras de la actual generación de narradoras venezolanas.
&#60;img width="938" height="1500" width_o="938" height_o="1500" data-src="https://freight.cargo.site/t/original/i/281cd182f324c177ef43896f1dd4b05b4b1484a90a03b22c30c04501dac97600/portada-del-libro-feroces.jpg" data-mid="252895722" border="0" data-scale="27" src="https://freight.cargo.site/w/938/i/281cd182f324c177ef43896f1dd4b05b4b1484a90a03b22c30c04501dac97600/portada-del-libro-feroces.jpg" /&#62;
&#38;nbsp;</description>
		
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		<title>Poesía Cabreada: cuando la rabia se convierte en palabra</title>
				
		<link>https://sellocultural.com/Poesia-Cabreada-cuando-la-rabia-se-convierte-en-palabra</link>

		<pubDate>Mon, 05 Oct 2026 02:58:01 +0000</pubDate>

		<dc:creator>Sello Cultural</dc:creator>

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		<description>
Poesía Cabreada: cuando la rabia se convierte en palabra


Por Ricardo Enrique Ortiz


“Solo queda homenajearlos, personajes grandes de la historia chica, recordarlos para siempre. No vayamos a olvidar sus nombres, sus caras (…) ”. 

Camilo Larrea Oña.

&#60;img width="1536" height="1024" width_o="1536" height_o="1024" data-src="https://freight.cargo.site/t/original/i/393e6fc55156040e5553ebcad797da977a6799667605b9e20363c01bb94b8897/post-PC.png" data-mid="252881047" border="0"  src="https://freight.cargo.site/w/1000/i/393e6fc55156040e5553ebcad797da977a6799667605b9e20363c01bb94b8897/post-PC.png" /&#62;
Hay libros que nacen de una idea. Otros nacen de una herida.


Poesía Cabreada nació cuando el país todavía intentaba comprender una tragedia que dejó más preguntas que respuestas. Frente a la desaparición y muerte de los cuatro niños de Las Malvinas, la poesía encontró una razón para abandonar sus espacios habituales y convertirse en denuncia, memoria y homenaje.


No se trató de escribir sobre la coyuntura.


Se trató de resistirse al olvido.


Porque hay acontecimientos que no pueden archivarse con la velocidad de un titular ni desaparecer bajo el ruido de la siguiente noticia. Reunir a 90 autores de trece países y territorios en una misma antología fue un acto deliberado de memoria; una forma de recordar que algunos nombres, algunos rostros y algunas historias merecen permanecer mucho después de que las cámaras se hayan apagado.


De esa necesidad nació un libro que entiende la poesía como una forma de permanencia. Cada texto dialoga con la indignación, la ausencia, la dignidad y la esperanza, construyendo un coro de voces que se niega a aceptar el silencio como respuesta.


La obra fue concebida como un espacio donde distintas sensibilidades pudieran encontrarse alrededor de una misma preocupación ética: la necesidad de recordar. No para fijar una única lectura de los hechos, sino para impedir que el paso del tiempo diluya aquello que merece permanecer en la memoria colectiva.


Lo que comenzó como una reacción frente a un hecho que marcó al país terminó convirtiéndose en una obra de alcance internacional. Poesía Cabreada obtuvo la Medalla de Plata en los International Latino Book Awards, en la categoría Best Poetry Book – Multi Author, un reconocimiento que demuestra que las preguntas que dieron origen al libro también encontraron eco más allá de sus fronteras.


Sin embargo, la historia del libro no puede resumirse en una medalla.


Detrás de sus páginas existe un proceso editorial que apostó por la diversidad de voces sin sacrificar la coherencia de la obra. La selección de poemas, la edición literaria, el diseño editorial, la diagramación y la construcción de una identidad visual propia respondieron a una misma intención: convertir la indignación en una conversación colectiva.


La cubierta del libro resume, quizá mejor que cualquier explicación, el espíritu de la obra. La imagen proviene de una fotografía tomada durante las jornadas de protesta de octubre de 2019 en Ecuador. No fue elegida como un recurso estético ni como un gesto nostálgico. Fue incorporada porque dialoga con la misma pregunta que atraviesa los poemas: ¿qué ocurre cuando una sociedad decide no permanecer indiferente?


La respuesta no aparece en una sola página ni en un único autor. Está dispersa en los versos, en las voces y en las distintas formas de nombrar una misma inquietud. Allí donde algunos ven únicamente poesía, otros encontrarán memoria; donde algunos encontrarán denuncia, otros descubrirán esperanza.


En tiempos en que la velocidad suele imponerse a la reflexión, Poesía Cabreada insiste en algo que parece cada vez más difícil: detenerse, recordar y mirar de frente.


Porque algunas heridas siguen abiertas.


Y porque algunas historias merecen ser contadas hasta que nadie vuelva a olvidar sus nombres ni sus rostros.</description>
		
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		<title>¿Dónde es el after?</title>
				
		<link>https://sellocultural.com/Donde-es-el-after</link>

		<pubDate>Tue, 22 Sep 2026 08:35:25 +0000</pubDate>

		<dc:creator>Sello Cultural</dc:creator>

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		<description>¿Dónde es el after?
Por Ricardo Enrique Ortiz

&#60;img width="1536" height="1024" width_o="1536" height_o="1024" data-src="https://freight.cargo.site/t/original/i/bda3832b12ce23ffbfe05ae72ea469dfa8d81bff3d4cf8c5cd739ad012fe98e2/Rawayana.png" data-mid="252490602" border="0"  src="https://freight.cargo.site/w/1000/i/bda3832b12ce23ffbfe05ae72ea469dfa8d81bff3d4cf8c5cd739ad012fe98e2/Rawayana.png" /&#62;
Después de una larga espera, pude ir al concierto de Rawayana. Y digo "espera" porque migrar convierte cualquier plan sencillo en una prueba de resistencia emocional. Entre horarios, presupuestos y la incertidumbre de vivir con un pie en cada lado, hasta algo tan simple como ir a un concierto termina siendo una pequeña victoria.

Desde la entrada ya se sentía que aquello no iba a ser un concierto cualquiera. Bastaba escuchar las conversaciones alrededor para entenderlo. Los venecos —término usado de forma despectiva para referirse a los venezolanos migrantes, pero que la banda ayudó a resignificar como parte de nuestra propia idiosincrasia— estaban por todas partes, identificándose unos a otros mediante ese radar migrante que funciona mejor que cualquier aplicación de geolocalización. Vi a alguien agitar, con total orgullo, una bandera improvisada: una camiseta amarrada a un palo de selfie. Podría haber sido un gesto ridículo. Nadie se rio. Todos entendimos por qué lo hacía.

Y sin embargo, hay conciertos a los que uno va por el espectáculo. Lo que no sabía era que había comprado una entrada para descubrir cómo suena un país cuando ya no cabe dentro de sus fronteras.

A esa certeza llegué cargando ese equipaje invisible que no pasa por aduanas. Esa condición extraña de los migrantes: construir rutina en una ciudad nueva sin dejar de habitar, de alguna forma, la que dejamos atrás. Y ahí estaba yo, adulto funcional en teoría, a punto de llorar por cuatro güevones haciendo buena música.

Las reacciones alrededor no podían ser más distintas. Había quien bailaba sin parar, como si cada canción fuera la última oportunidad de moverse en libertad. Había quien grababa el show entero con el celular en alto, más pendiente de la pantalla que del escenario, quizás para mandárselo a alguien que se quedó. Y había quien simplemente lloraba, sin coreografía ni vergüenza, como si la canción hubiera abierto una puerta que llevaba meses cerrada.

A mi alrededor había gente que había llegado desde distintas ciudades, con historias propias y acentos que empezaban a mezclarse con otros. Había quien llevaba diez años fuera y hablaba del país como quien describe una casa de la infancia; había quien llevaba diez meses y todavía decía "allá" con la voz quebrada. Personas que probablemente no tenían mucho en común, salvo una experiencia compartida: la de haberse ido.
Y entonces entendí que Rawayana apenas era la excusa. Lo que realmente habíamos ido a buscar era esa sensación cada vez más escasa de pertenecer a algún lugar. No necesariamente a un territorio, ni siquiera a una bandera, sino a una memoria compartida capaz de sobrevivir a la distancia.

Quizás por eso, entre canciones, cerveza y nostalgia, el concierto terminó pareciéndose a una conversación colectiva sobre lo que significa estar lejos sin desaparecer. Durante unas horas, miles de personas dejaron de ser individuos dispersos por la migración para convertirse en una comunidad improvisada alrededor de un puñado de canciones.
Cuando terminó, la multitud se dispersó despacio, como si nadie quisiera ser el primero en volver a su rutina de ciudad nueva. Cada quien regresó a su casa prestada, a su cuarto rentado, a su vida en pausa perpetua. Pero por un rato, todos habíamos sido de un mismo lugar.

Esa noche nadie resolvió el problema de la identidad. Tampoco era necesario. La música no arregla países, no elimina fronteras y definitivamente no paga facturas. Pero puede hacer algo igual de importante: recordarnos que pertenecer no siempre significa quedarse.
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		<title>Crónicas para entender cómo se volteó la realidad venezolana</title>
				
		<link>https://sellocultural.com/Cronicas-para-entender-como-se-volteo-la-realidad-venezolana</link>

		<pubDate>Mon, 21 Sep 2026 08:56:52 +0000</pubDate>

		<dc:creator>Sello Cultural</dc:creator>

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Crónicas para entender cómo se volteó la realidad venezolana


En No me verán arrodillado, editado por Editorial Dahbar, Lizandro Samuel congrega varias historias insólitas sobre la nueva normalidad que se instauró desde 2014 


Fue una cadena de acontecimientos, y de reacciones a esos acontecimientos, lo que produjo algunos de los rasgos más notables de la Venezuela de hoy. El que un cuarto de la población se haya marchado. El que no quede ya nada de la muy perfectible democracia que aceptó que el chavismo compitiera contra ella en los 90. El que los venezolanos vivan con dos monedas, media familia afuera y un solo gran miedo en el cuerpo, todos los días, al Estado.


Esa Venezuela adquirió su forma actual, montándose sobre innumerables precedentes, entre 2014 y 2020. Entre el derrumbe del petroestado y la consolidación autoritaria, junto con la dolarización, que acompañaron a la pandemia y a los apagones. En esos años se produjeron la mayoría de las violaciones a derechos humanos que hoy se investigan y que han producido sanciones internacionales. En esos años conocimos la hiperinflación, la escasez, la migración masiva y la emergencia humanitaria compleja.


Son esos los años que refleja, desde cerca, Lizandro Samuel en el conjunto de crónicas reunidas en el libro No me verás arrodillado, publicado por Editorial Dahbar. Ahí están las protestas de 2014 y 2017, pero también los eventos en la frontera en 2019, el apagón nacional, el regreso de los retornados en la pandemia: la nueva normalidad, que no deja de cambiar, de ser extraña.


Justamente por lo extraña que es, Lizandro Samuel usa la crónica para juntar el rigor del periodismo verdadero y la flexibilidad formal de la narrativa. Este joven autor caraqueño observa las luchas cotidianas, las nuevas formas de violencia y hasta los tropiezos de la Vinotinto para hacernos ver los muchos modos en que cambiaron nuestras vidas. 


Lizandro Samuel es escritor, editor, profesor de narrativa, productor creativo, entrenador y analista de fútbol. Sus crónicas han sido publicadas en numerosas revistas en Venezuela y el exterior y varios libros colectivos. Es autor del volumen de perfiles El triunfo de los coyotes. Trabaja como codirector de Círculo Amarillo Producciones. Fue editor en jefe de Foro Vinotinto y de Revista OJO. 
&#38;nbsp;&#60;img width="1440" height="1440" width_o="1440" height_o="1440" data-src="https://freight.cargo.site/t/original/i/035699524f1f74fc0c941b0a65e5b85032e97225b394d398af4e7d48d805b6bb/SnapInsta.to_707339975_18372962800205907_1795407674657594392_n.png" data-mid="252383958" border="0"  src="https://freight.cargo.site/w/1000/i/035699524f1f74fc0c941b0a65e5b85032e97225b394d398af4e7d48d805b6bb/SnapInsta.to_707339975_18372962800205907_1795407674657594392_n.png" /&#62;
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	<item>
		<title>Carta a mi inquietud silenciosa</title>
				
		<link>https://sellocultural.com/Carta-a-mi-inquietud-silenciosa</link>

		<pubDate>Mon, 27 Jul 2026 20:58:17 +0000</pubDate>

		<dc:creator>Sello Cultural</dc:creator>

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		<description>Carta a mi inquietud silenciosa
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Imagen cortesía

Por Ricardo Enrique Ortíz


Han
pasado varios días desde la última vez que me recordaste que sigues aquí.
Aunque, para ser honestos, nunca te has ido. Solo aprendiste a hacer menos
ruido hasta que la vida encuentra una excusa para despertarte. Desde entonces
cambias de rostro con facilidad: a veces eres una llamada a deshoras; otras, un
silencio que dura más de la cuenta. Pero siempre eres tú.



No
siempre estuviste conmigo. O, al menos, no con esta intensidad. Antes aparecías
de vez en cuando, como hacen todas las preocupaciones. Pero un día decidiste
instalarte. Llegaste con una maleta que nunca vi y encontraste un lugar cómodo
entre las llamadas de mi vieja, los mensajes de mi papá y los kilómetros que
empecé a acumular lejos de ellos. Como si hubieras estado esperando justo ese
momento para no irte nunca más.



Con
el tiempo aprendí a reconocer tus horarios. Te escondías durante los días
tranquilos, cuando las videollamadas terminaban con una sonrisa y el “cuídense”
parecía suficiente. Pero bastaba que el teléfono sonara a una hora inusual, que
un mensaje tardara más de lo acostumbrado o que las noticias mencionaran el
nombre de mi país para que volvieras a ocupar todo el espacio.



Nunca
hacías escándalo. Te bastaba con susurrar una sola pregunta: ¿Y si esta vez
es diferente?



Hasta
que un día ese pedazo de tierra que todavía habita dentro de mí tembló. Y tú ya
estabas sentado a mi lado. No necesitaste decir una palabra. Solo te bastó con
mirar la pantalla del teléfono y esperar. Me hiciste descubrir que un minuto
puede durar una eternidad y que la distancia puede ser más pesada que cualquier
escombro.



En
ese momento descubrí que el verdadero conflicto nunca fue contigo, sino con lo
que eres capaz de hacer conmigo. Durante la pandemia te vi disfrazarte de
incertidumbre. Fuiste ruidoso, evidente, casi predecible. Creía que podía
mantenerte a raya con precauciones, llamadas constantes y la esperanza de que
todo pasara.



Pero
esta vez fue distinto.



Elegiste
el rostro de un terremoto y comprendí que, en realidad, nunca habías querido
parecerte a un desastre. Tu verdadero disfraz siempre ha sido la distancia, esa
forma silenciosa de llegar antes que yo y de hacerme imaginar un abrazo al que
no alcanzaré, de una despedida que ocurrirá sin mi presencia o de una última
conversación sin saber que era la última.



Aunque
no todo es malo en ti. También me enseñaste que vivir lejos es aprender una
rutina que nadie te explica: Revisar el teléfono apenas despierto. Respirar con
alivio cuando aparece un “buenos días”. Celebrar conversaciones que parecen
comunes, como si fueran un privilegio. Me hiciste descubrir que la tranquilidad
ya no depende del silencio, sino de escuchar sus voces al otro lado de la
llamada.



También
me enseñaste que el amor aprende nuevas formas de existir. Que a veces cabe en
una videollamada, en una fotografía enviada sin motivo o en una conversación de
pocos minutos que alcanza para sostener un día entero. Nunca imaginé que
extrañar pudiera convertirse también en una manera de agradecer.



Con
todo esto quiero decirte que no te odio ni mucho menos intento echarte de mi
vida. Sería inútil. Comprendí que naciste el mismo día en que descubrí cuánto
podían llegar a importar mi gente a kilómetros de distancia.



Así
que puedes quedarte. Mientras sigas aquí, significará que ellos siguen siendo
mi lugar en el mundo. Y si algún día decides marcharte, sospecho que no será
porque te vencí, sino porque ya no habrá distancia capaz de separarnos.


</description>
		
	</item>
		
		
	<item>
		<title>Neymar: El último rey (posible) del Jogo Bonito</title>
				
		<link>https://sellocultural.com/Neymar-El-ultimo-rey-posible-del-Jogo-Bonito</link>

		<pubDate>Thu, 18 Jun 2026 23:50:12 +0000</pubDate>

		<dc:creator>Sello Cultural</dc:creator>

		<guid isPermaLink="true">https://sellocultural.com/Neymar-El-ultimo-rey-posible-del-Jogo-Bonito</guid>

		<description>Neymar: El último rey (posible) del Jogo Bonito
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Imagen cortesía

Por Ricardo Enrique Ortíz


Desde que tengo uso de razón futbolística, Brasil
siempre me pareció una fábrica de reyes. Y no hablo solamente de títulos o
estadísticas, sino de figuras capaces de transformar el fútbol en espectáculo y
expresión cultural. Sin necesidad de remontarme a Pelé y esa generación que
nunca vi jugar, nombres como Romário, Bebeto, Rivaldo, Ronaldo, Kaká o
Ronaldinho fueron construyendo esa idea romántica del “Jogo Bonito” que terminó
enamorando al mundo.



Brasil no solo ganaba; seducía. Había algo casi
insolente en su manera de jugar, como si el fútbol fuera menos una competencia
y más una demostración artística frente al resto del mundo. Ya desde el túnel
te iban ganando 3-0. Bastaba ver esa camiseta verdeamarela para entender
que no estaban allí únicamente para competir. El rival sentía admiración y
temor al mismo tiempo.



Durante décadas, Brasil convirtió el fútbol en una
cuestión de identidad nacional. No se trataba únicamente de ganar campeonatos,
sino de sostener una forma de entender el juego y, en cierto modo, de
entenderse a sí mismos. Sin embargo, mientras el país seguía produciendo
talentos extraordinarios, también comenzó a volverse cada vez más impaciente
con ellos. La admiración se transformó en exigencia. La idolatría terminó
convirtiéndose en una condena.



Y quizá ningún futbolista represente mejor esa
contradicción que Neymar.



Querido por unos, cuestionado por otros, su última
convocatoria volvió a convertir al fútbol brasileño en una especie de
plebiscito emocional. Bastó que apareciera nuevamente en la lista para que
Brasil regresara a una discusión que lleva más de una década persiguiéndolo:
¿es el último gran héroe nacional o el símbolo perfecto de la decadencia del
fútbol brasileño?



La respuesta incómoda es que probablemente sea
ambas cosas.



Esta convocatoria no revive solamente a un jugador;
reactiva una nostalgia que nunca terminó de irse. Porque Brasil nunca tuvo una
relación normal con sus futbolistas. Necesita ídolos gigantescos, figuras
capaces de representar mucho más que un deporte. Pelé era un proyecto de país.
Romário representaba la irreverencia de la favela convertida en confianza
absoluta. Ronaldo simbolizaba la redención popular después de cada caída.
Ronaldinho transformó la alegría callejera en arte. Adriano, “El Emperador”,
encarnó la tragedia del talento devorado por sus propios fantasmas.



Por eso Neymar nunca cargó únicamente con la
presión de ganar partidos; lo obligaron a sostener una herencia emocional
imposible: ser espectáculo, liderazgo, identidad cultural y esperanza colectiva
al mismo tiempo. Fracasar era casi inevitable.



Lo curioso es que Neymar tampoco estaba destinado a
caminar solo. En aquella generación aparecieron nombres que parecían llamados a
compartir el protagonismo. Ganso era visto como el heredero del enganche
brasileño clásico. Oscar parecía el mediapunta moderno capaz de dominar Europa
y Coutinho fue señalado durante años como el siguiente gran conductor creativo
de la selección. Pero mientras unos desaparecieron entre lesiones, decisiones
equivocadas y expectativas imposibles, Neymar permaneció en el centro de la
conversación. Fue el único superviviente de una generación que prometía cambiar
la historia. Y esa soledad terminó convirtiéndolo en símbolo.



Basta con recordar el 7-1 contra Alemania en casa,
ante su gente. Aquella noche no solamente destruyó a una selección; demolió una
parte del imaginario brasileño. Fue la prueba brutal de que el fútbol moderno
había dejado atrás al viejo Brasil que imponía miedo antes de tocar la pelota.
Y desde entonces quedó suspendida una pregunta que todavía persigue al país:
¿habría sido distinta aquella humillación si Neymar hubiese estado en el campo?
Quizá nunca haya una respuesta definitiva. Pero el simple hecho de que Brasil
siga formulándose esa pregunta demuestra el peso simbólico que terminó cargando
sobre los hombros.



Después de aquella derrota, Brasil empezó a
parecerse cada vez más a aquello que durante décadas había combatido. La
obsesión dejó de ser jugar bonito y pasó a ser competir mejor. El romanticismo
fue reemplazado por la eficiencia.



El problema es que el fútbol también cambió.
Durante décadas, Brasil exportó artistas. Hoy el mercado exige futbolistas
capaces de presionar, ocupar espacios y ejecutar sistemas tácticos cada vez más
complejos. El talento sigue siendo importante, pero ya no ocupa el centro de la
escena. Neymar fue educado para un fútbol que todavía celebraba el
desequilibrio individual mientras Vinícius Júnior, Rodrygo o Endrick crecieron
en uno donde la creatividad debe convivir con una estructura colectiva.



No es casualidad que la medalla de oro olímpica de
Río 2016 haya tenido un peso emocional desproporcionado. No era un Mundial,
pero se sintió como una pequeña reparación nacional. Y resultaba simbólico que
fuera Neymar quien terminara cobrando el penal definitivo. Como si Brasil
necesitara convertirlo, aunque fuera por una noche, en el rey que llevaba años
intentando fabricar.



Lo más fascinante de esta convocatoria es que
incluso sus detractores participaron del fenómeno. Todos hablaron de Neymar.
Todos reaccionaron. Todos opinaron.Eso demuestra algo brutal: Brasil todavía no
encuentra un reemplazo cultural para él.



Quizá la discusión no debería centrarse en si
merece o no una convocatoria. Tal vez la pregunta más incómoda sea otra: ¿por
qué un país con la historia futbolística de Brasil sigue dependiendo
emocionalmente de un solo nombre? Eso habla menos de Neymar y más de la
incapacidad del fútbol brasileño para construir un nuevo relato colectivo.
Brasil sigue buscando un heredero mientras el último rey posible se niega a
desaparecer.



Quizá Neymar nunca fue el rey que Brasil soñó. Pero
también es posible que Brasil lleve años buscando una corona para un reino que
ya no existe.



Porque el fútbol tolera príncipes, pero la historia
solamente recuerda a los reyes.


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	</item>
		
		
	<item>
		<title>Carta a mi vieja con olor a chancla</title>
				
		<link>https://sellocultural.com/Carta-a-mi-vieja-con-olor-a-chancla</link>

		<pubDate>Mon, 18 May 2026 05:29:24 +0000</pubDate>

		<dc:creator>Sello Cultural</dc:creator>

		<guid isPermaLink="true">https://sellocultural.com/Carta-a-mi-vieja-con-olor-a-chancla</guid>

		<description>Carta a mi vieja con olor a chancla&#38;nbsp;


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Imagen cortesía

Por Ricardo Enrique Ortíz


Vieja…

Quise
escribirte a mano. Como antes.

Probablemente
esta carta llegó tarde, como llegan casi todas las cosas importantes en la
vida. Quise sentarme con calma, tomar una hoja, guardarla dentro de un sobre y dejar
que la tinta hiciera lo suyo: pequeñas manchas, pausas torpes y palabras
nacidas despacio, de esas que obligan a detenerse cuando la emoción pesa más
que la costumbre.

Con
sinceridad, quise escribirte algo bonito, de esos textos que terminan impresos
en una taza o acompañando un ramo de flores con olor a obligación de temporada.
Pero no me salió. Porque mientras más pensaba en ti, más me daba cuenta de que
reducir la maternidad a frases cursis es casi una falta de respeto. Sobre todo
viniendo de alguien a quien criaste con irreverencia, enseñándole a desconfiar
de lo demasiado perfecto y de toda emoción que parezca escrita para cumplir, en
lugar de sentirse de verdad.

Sé que el
viejo va a ponerse celoso cuando lea esto, pero debo admitir algo: te pienso y
te recuerdo más a ti que a él. Y no porque lo quiera menos, sino porque hay
algo en ti que terminó quedándose pegado en mi memoria. Me hace pensar en
Guille, el hermanito de Mafalda, peleando con el papá por esa necesidad absurda
y casi territorial del amor maternal.

Y sí,
crecí, me hice adulto y aprendí a disimular emociones, como hace casi todo el
mundo cuando la vida empieza a golpear distinto. Pero en el fondo todavía
existe esa parte infantil en mí que insiste en creer que deberías estar ahí
para siempre… incluso cuando algún día ya no estés.

A veces
me pregunto cómo hiciste para sobrevivir sin hacer escándalo. Cómo lograste
disfrazar el miedo de tranquilidad para que nosotros pudiéramos dormir en paz.
Ahora entiendo que no podías con todo, pero aun así seguiste. Y qué injusto fue
convertir eso en virtud.

Porque
esa mentira elegante de que una buena madre debe sacrificarse en silencio tal
vez ha sido la forma más cruel de vender la maternidad.

Qué
oficio tan brutal ese de sostener vidas mientras la propia queda en pausa…

Ahora
entiendo que muchas veces ese humor ácido, esos regaños exagerados y esa forma
tan extraña de amar eran también tu manera de sobrevivir al cansancio sin dejar
que la vida te volviera completamente seria.

Tal vez
por eso esta carta no busca convertirte en heroína ni en mártir. Ya bastante
hizo el mundo romantizando madres agotadas como si sacrificarse hasta
desaparecer fuera una prueba de amor. Prefiero recordarte humana: cansada a
veces, intensa casi siempre, contradictoria, jodidamente fuerte y aun así capaz
de seguir queriendo incluso cuando la vida no te daba motivos sencillos para
hacerlo.

Y si
algún día esta carta vuelve a aparecer entre papeles viejos, o termina olvidada
dentro de un cajón como esas cosas importantes que uno nunca sabe dónde
guardar, ojalá te deje claro algo simple: graduarnos el mismo día —tú como
madre y yo como tu hijo— ha sido una de las experiencias más honestas y humanas
que me ha tocado vivir.


P.D.: Por
cierto, vieja… después de tantos años ¿cómo hacías para lanzar la chancla con
semejante precisión?


</description>
		
	</item>
		
		
	<item>
		<title>¿Y si la vaca nunca tuvo la culpa? Un apunte incómodo sobre la autocrítica</title>
				
		<link>https://sellocultural.com/Y-si-la-vaca-nunca-tuvo-la-culpa-Un-apunte-incomodo-sobre-la</link>

		<pubDate>Mon, 18 May 2026 05:05:18 +0000</pubDate>

		<dc:creator>Sello Cultural</dc:creator>

		<guid isPermaLink="true">https://sellocultural.com/Y-si-la-vaca-nunca-tuvo-la-culpa-Un-apunte-incomodo-sobre-la</guid>

		<description>¿Y si la vaca nunca tuvo la culpa? Un apuntes incómodo sobre la autocrítica&#38;nbsp;


“No hay una autocrítica que empiece por decir‘yo también formo parte de las equivocaciones’ (…)”.
Julio Cortázar
&#60;img width="1600" height="900" width_o="1600" height_o="900" data-src="https://freight.cargo.site/t/original/i/2761ee29d5ac41ecb56d8e5cde7476599fff445def484733d20e00f580227e47/Mu.jpeg" data-mid="248421897" border="0"  src="https://freight.cargo.site/w/1000/i/2761ee29d5ac41ecb56d8e5cde7476599fff445def484733d20e00f580227e47/Mu.jpeg" /&#62;
Imagen cortesía

Por Ricardo Enrique Ortíz


No hace mucho me enviaron un video de Instagram: un grupo
de universitarios haciendo lo que mejor saben hacer los universitarios —humor
medio torpe, medio brillante— sobre una escuela en particular. Nada
especialmente sofisticado, nada particularmente cruel. Un chiste más en el
océano de contenido que, fácilmente, se puede olvidar en 24 horas.



Pero —más bien ¡peeero!—
este no se olvidó. 



No porque fuera brillante, sino porque expuso algo. Un
nervio. Una inseguridad. Una fragilidad mal disimulada y algunas personas
decidieron tomárselo en serio… 



Demasiado en serio… 



Casi personal. 



Y como en toda “crisis” aparecieron los de siempre: los que
no desaprovechan una polémica para subirse a un pedestal imaginario. Los que
convierten cualquier debate en una audición para ver quién parece más lúcido
sin decir nada incómodo. Los que hablan de respeto mientras evitan, con
precisión quirúrgica, cualquier mención a sus propias fallas. 



Los que defienden su ego con buena —y a veces muy mala—
ortografía, construyendo discursos largos, indignados y completamente vacíos de
autocrítica.



Este escenario me recordó una conversación con un compañero
de trabajo. Me dijo algo tan simple que, por lo mismo, resulta incómodo: en
Latinoamérica tenemos una costumbre casi sagrada, un deporte nacional (más bien
regional) no declarado: la culpa siempre
es del otro. Y así, con una disciplina admirable, logramos eludir cualquier
mínima sospecha de responsabilidad propia. No es torpeza, es sistema.



Entender eso incomoda, pero es necesario: la falta de
autocrítica no es un descuido, es una infraestructura cultural. Y como toda
infraestructura, no está ahí por accidente; sostiene algo más grande: una
arquitectura de poder construida sobre egos inflados y responsabilidades
convenientemente diluidas. 



Egos que no son solo un rasgo personal, sino una estrategia
de supervivencia. 



Porque en
entornos donde el error se castiga con exclusión o burla, admitir fallas no es
un acto de honestidad, es casi un suicidio reputacional. El problema no es esa
dificultad —es real—, sino lo que hacemos con ella: convertirla en identidad,
en bandera, en excusa permanente.



Y así
terminamos atrapados en una lógica absurda pero funcional: si no soy impecable, al menos soy menos incompetente que el otro. No mejora nada,
pero sí protege el ego.



Y, al
parecer, eso alcanza.



Desde un
punto de vista sociológico —pero sin el tono de conferencia que nadie pidió—
esto no es un defecto individual, es una práctica colectiva bien entrenada.
Venimos de estructuras donde la autoridad no se discute, se obedece; donde la
jerarquía pesa más que la evidencia y donde cuestionarse no te hace más lúcido,
te hace más incómodo.



Y ahí
está el truco: incomodar tiene costo, inflar el ego no.



Pero el
problema no termina ahí. También está en la comodidad de señalar. Esa obsesión
por apuntar a algo —o, mejor aun, a alguien— es parte del mismo engranaje. En
lo cotidiano, la falta de autocrítica no aparece en grandes discursos, sino en
gestos mínimos: el “roba, pero hace”, el “todos lo hacen”, el “así toca”. Ese
orgullo extraño de sobrevivir sistemas que, si somos honestos, también ayudamos
a sostener. Nos indigna la corrupción estructural, pero negociamos sin pudor
con la microcorrupción diaria. Criticamos el abuso de poder… hasta que nos toca
un poco de ella. Y entonces terminamos haciendo lo mismo en el trabajo, en la
casa, en la calle, incluso en la academia.



No es
contradicción. Es coherencia mal asumida.



¿Y ahora qué? Porque indignarse bonito no arregla nada. Tal
vez toca empezar por lo menos popular: bajarnos del pedestal y aceptar que
reconocer errores no nos hace débiles —nos hace menos ridículos que sostener
ficciones hasta que se caen solas. Dejar de romantizar al líder infalible, ese
personaje conveniente que nos ahorra la responsabilidad de pensar y nos permite
aplaudir o culpar sin matices. Practicar la autocrítica donde realmente duele
—en lo cotidiano—, no en discursos elegantes sino en cómo usamos ese pequeño
poder que tenemos y que solemos ejercer igual de mal que el que criticamos. Y,
sobre todo, soltar esa adicción casi infantil al enemigo permanente: esa
necesidad de que siempre haya “otro” al que culpar para no desmontar nuestras
propias certezas. Porque mientras la crítica siga siendo solo hacia afuera, no es
crítica: es propaganda con mejor redacción.



Al final, el problema no es el video, ni el chiste, ni
siquiera la indignación. El problema es lo que hacemos después: nada. Repetimos
el ciclo, cambiamos de tema, encontramos un nuevo culpable y seguimos intactos,
impecables en nuestro propio relato. Y mientras tanto, todo sigue igual. Porque
sin autocrítica no hay cambio, solo hay versiones cada vez más sofisticadas del
mismo fracaso. Tal vez por eso incomoda tanto: no porque nos ataque, sino
porque nos deja sin excusas. Y en una cultura donde siempre hay un “otro”
disponible para culpar, quedarse sin excusas es casi un acto revolucionario.


</description>
		
	</item>
		
		
	<item>
		<title>Aún es de noche (y sabemos cuándo empezó) en Caracas</title>
				
		<link>https://sellocultural.com/Aun-es-de-noche-y-sabemos-cuando-empezo-en-Caracas</link>

		<pubDate>Thu, 19 Mar 2026 16:38:33 +0000</pubDate>

		<dc:creator>Sello Cultural</dc:creator>

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		<description>Aún es de noche (y sabemos cuándo empezó) en Caracas


Esto no es una reseña. Es memoria. 
Lo que el cine hoy dramatiza, para algunos fue aprendizaje forzado: 
vivir sin guion, sin banda sonora y sin garantías de amanecer.
&#60;img width="2560" height="1708" width_o="2560" height_o="1708" data-src="https://freight.cargo.site/t/original/i/6236c483a3ec88fe8bc7054c382b2f77cb0ef22d548b2ae9dc12cdedec0d687a/2.png" data-mid="247168817" border="0"  src="https://freight.cargo.site/w/1000/i/6236c483a3ec88fe8bc7054c382b2f77cb0ef22d548b2ae9dc12cdedec0d687a/2.png" /&#62;
Imagen cortesía

Por Ricardo Enrique Ortíz


12 de febrero de 2014. Caracas no estaba para posar; bastante tenía con sobrevivirse. Ese día, una cámara no era una herramienta: era casi una provocación, un recordatorio incómodo para quienes defendían una ideología que parecía salida de una versión tropical y mal editada del realismo mágico. 


Salí con el equipo colgado al cuello y esa ingenuidad profesional que te hace creer que documentar es una especie de chaleco antibalas moral. Pensaba —qué ternura— que el lente podía ordenar el caos; que, si lograba encuadrar la rabia, esta se comportaría. Caracas hervía, y yo jugando a buscar foco mientras la ciudad hacía exactamente lo contrario. 


No había técnica que valiera. No se trata de ISO ni de diafragma cuando estás respirando gas y escuchando detonaciones. La cámara no ordena el caos. Solo lo registra. Y ese día lo que se rompía no era el encuadre: era la versión oficial de la realidad.


Ese día los disparos no tenían el mismo sonido, pero sí el mismo efecto: interrumpían. Yo disparaba ráfagas de obturador intentando congelar lo que se deshacía frente a mí; otros disparaban para callarlo. La calle era una estampida desordenada: gente que huía sin saber exactamente de qué, corrían porque quedarse quietos no era opción.
 

Entre el humo y los gritos, entendí que mi cámara hacía clic para recordar, mientras las armas hacían eco para borrar. Y en medio de esa coreografía vespertina, absurda de gas y concreto, a Bassil da Costa Caracas se le hizo de noche literalmente de un disparo.

Y cuando la última luz de ese día se apagó con el disparo que le arrebató la vida a Bassil, entendí de golpe lo que después confirmé al conocer el título de la película Aún es de noche en Caracas: no se refiere solo a la oscuridad literal, sino a una ciudad que aprendió a vivir en penumbras, a navegar por calles donde la violencia, la descomposición social y la incertidumbre se volvieron parte del paisaje cotidiano.

Doce años después, ver Aún es de noche en Caracas en una pantalla no fue ver cine: fue ver un espejo con presupuesto. Lo que otros llaman ficción o drama es, en realidad, el mismo gris opresivo que conocí en las calles: miedo, desarraigo, violencia cotidiana y supervivencia como modo de estar vivo. La película —adaptación de la novela La hija de la española que decide narrar el colapso social venezolano como una experiencia visceral de encierro, duelo y supervivencia en medio de un país que se desmorona— no imagina una Caracas caótica, la describe con una brutalidad familiar, haciendo que el espectador sufra el derrumbe social como se sufrió en algún momento.

Reconocer la ciudad fue sencillo; lo incómodo fue reconocerme. Sentado en la butaca, con aire acondicionado y sonido envolvente, mi cuerpo reaccionó antes que mi cabeza: la respiración más corta en las escenas de tensión, los hombros rígidos cuando la pantalla se llenaba de humo, esa alerta vieja que uno aprende a domesticar, pero nunca desaparece del todo. No era nostalgia; era memoria corporal. La película no me contó lo que pasó. Me recordó cómo se sentía estar ahí: la vigilancia constante, el cálculo automático de salidas, el cansancio de vivir midiendo riesgos. Uno puede cambiar de país, de rutina, de discurso… pero el cuerpo guarda su propia hemeroteca.

Más perturbador que el recuerdo mismo es admitir lo rápido que aprendimos a convivir con la violencia. Al principio cada disparo paralizaba; después solo nos hacía agacharnos. El gas lacrimógeno dejó de ser noticia para convertirse en referencia geográfica: “no pases por ahí que están reprimiendo”. Empezamos a medir los días no por el clima, sino por la intensidad de las detonaciones. La violencia dejó de ser excepción y se volvió logística. Y eso —más que el humo o los gritos— es lo que todavía incomoda al verla en pantalla: aceptar que respirar gas se volvió parte del paisaje y que seguir caminando después de un disparo dejó de parecernos imposible.

Peor que preguntarse cómo llegamos hasta allí es tener que explicarlo. Intentar resumir —años después, en otra ciudad, en otra mesa— por qué la violencia dejó de sorprendernos. Cómo se explica que aprendimos a distinguir el sonido de una lacrimógena del de un disparo real. Cómo se condensa en una frase el momento en que la excepción se volvió rutina. No es una línea cronológica clara ni un titular contundente; es una acumulación de concesiones, silencios y miedo administrado en pequeñas dosis. Llegamos allí poco a poco, como se llega a la noche sin notar exactamente en qué minuto dejó de ser tarde.

No sé exactamente cuándo empezó la noche. Solo sé que hubo un momento en que dejamos de preguntarlo. La película no termina cuando se encienden las luces porque lo que muestra no necesita final: sigue ocurriendo en la memoria de quienes estuvimos ahí. No es metáfora ni exageración estética; es un recordatorio incómodo de lo fácil que se rompe la normalidad y de lo rápido que aprendimos a vivir entre escombros sin llamarlos ruinas. Y, mientras algunos discuten si fue ficción exagerada o retrato fiel, otros seguimos intentando encontrar una forma decente de explicar qué se rompió aquel día sin que parezca que estamos narrando una historia ajena. No es pasado. Es una noche que aprendió a quedarse. Solo sé que todavía hay cosas que, cuando las veo en pantalla, me dicen que aún sigue siendo de noche en Caracas. 





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	</item>
		
		
	<item>
		<title>El poder de los libros: ¿Qué papel tienen en los vínculos comunitarios y familiares? </title>
				
		<link>https://sellocultural.com/El-poder-de-los-libros-Que-papel-tienen-en-los-vinculos-comunitarios-1</link>

		<pubDate>Tue, 14 Apr 2026 07:27:43 +0000</pubDate>

		<dc:creator>Sello Cultural</dc:creator>

		<guid isPermaLink="true">https://sellocultural.com/El-poder-de-los-libros-Que-papel-tienen-en-los-vinculos-comunitarios-1</guid>

		<description>El poder de los libros: ¿qué papel tienen en los vínculos comunitarios y familiares?


 Hay quienes no pueden imaginar un mundo sin pájaros; 

hay quienes no pueden imaginar un mundo sin agua; 

 en lo que a mí se refiere, soy incapaz de imaginar un mundo sin libros.


Jorge Luis Borges

Por Andrea Leal


Una travesía transoceánica

Era una tarde como cualquier otra para Mariela Mendoza. En las historias de Instagram de su proyecto Buscadores de libros publicaba la portada de algunos de los libros que tenía disponible para intercambio o adquisición. Su organización, que lleva 15 años dedicada a la promoción de la lectura, el arte y la educación en la sociedad venezolana, tiene sede en Puerto Ordaz. Había de todo: literatura venezolana clásica, últimas ediciones de Harry Potter, textos de auto-ayuda, ejemplares tapa-dura de El Quijote de la Mancha, comics de todos los gustos y géneros; y una peculiar biografía del cantante Michael Jackson. Fue este último libro el que captó la atención de Rekha, apasionada fan del rey del pop que, para aquel entonces, vivía en Pokhara, una ciudad fluvial ubicada en el centro de Nepal. 

 
&#60;img width="884" height="590" width_o="884" height_o="590" data-src="https://freight.cargo.site/t/original/i/1c1e26baaff299130dbd7cbf1e8b1ba7afc7bd615c596cb06c026e67e1e316b7/Imagen-1.jpg" data-mid="247168420" border="0"  src="https://freight.cargo.site/w/884/i/1c1e26baaff299130dbd7cbf1e8b1ba7afc7bd615c596cb06c026e67e1e316b7/Imagen-1.jpg" /&#62;
Pokhara es la segunda ciudad más grande de Nepal, después de Kathmandu. Foto: Utsab Raj Giri.



Sí. Nepal. A 15 021 km de Venezuela. Lo que se traduce para un viajero en 28 horas de travesía en avión. Es decir, literalmente, al otro lado del mundo. Pero gracias a la magia de Instagram y a una más poderosa, el amor por los libros y su capacidad de generar conexiones humanas, Mariela en Puerto Ordaz y Rekha en Pokhara conectaron, se siguieron en sus respectivas cuentas sociales y decidieron hacer realidad un sueño. ¿De qué se trataba? Pues, de hacer volar esa curiosa biografía de Michael Jackson desde Venezuela a Nepal.

Bueno, en un principio Mariela no sabía que Rekha vivía en otro continente. Cuando recibió el mensaje en Instagram pidiendo apartar la biografía Michael Jackson: La magia y la locura, la historia completa, pensó que sería un envío rutinario por Venezuela. Pronto se dio cuenta de su error, Rekha quería el libro para su club de fans del cantante, una plataforma que usaba para educar y ayudar a los niños menos favorecidos de Nepal. Mariela Mendoza resonó con esa historia, ya que ella también hacía una labor similar en el estado Bolívar: conectar a personas de todas partes del país, condiciones sociales o intereses, con libros que esperaban ser leídos. Ese compromiso que le había permitido experimentar el gozo de transformar la vida de cientos de niños cuyo contexto económico auguraba un futuro complicado y precario. Entonces, Mariela decidió hacer posible lo imposible. No sabía cómo o cuándo, pero ella haría llegar ese libro hasta Pokhara. Así inició una historia digna de la Odisea.
 

Primero, Mariela consultó con las empresas de envío que aún funcionaban en el país para tener distintos presupuestos. Allí se encontró con las primeras dificultades: las únicas dos que tenían oficinas en Puerto Ordaz trabajaban únicamente con envíos dentro de Venezuela y hacia Colombia, por lo que resultaba ilógico siquiera pensar que pudiese llegar tan lejos como al continente asiático. Pero Mariela es una persona que no se da por vencida tan fácil, así que lo segundo que se planteó fue recurrir a un método más antiguo pero común entre los venezolanos. Estamos hablando de la famosa ayuda de un amigo. De esa manera, consultó con todos sus conocidos para saber si, por casualidad, alguien viajaría próximamente a Estados Unidos. Desde el norte, sería mucho más fácil llevar a cabo el envío.
 

Después de tocar muchas puertas, Mariela lo consiguió. Su hermana estaba dispuesta a transportar el libro en su equipaje y, de esa manera, estaban un paso más cerca de cumplir el deseo de Rekha. La historia pudo haber terminado aquí con un final feliz, pero una buena épica no se resuelve en dos actos. Cuando la biografía de Michael Jackson ya estaba en territorio estadounidense, se presentó otro inconveniente. La tarifa de envío era altísima y, aunque Mariela estaba dispuesta a cubrirla, la travesía del libro se fue postergando hasta que, finalmente, quedó abandonado en la casa del amigo de un amigo y se dio por perdido. Como tantos otros deseos que se abrazan y se pierden, Mariela aceptó que, tal vez, su idea había sido demasiado ambiciosa y que no siempre los libros llegan a las manos de sus lectores.
 

Meses después, cuando la amarga experiencia ya se había rezumado, Mariela recibió un nuevo mensaje en la cuenta de Instagram de Buscadores de libros. Era una foto de Rekha, posando con la biografía de Michael Jackson, desde nada más y nada menos que su casa en Pokhara. Al principio no entendió la imagen, parecía sacada de un sueño. Luego, se sintió incluso más confundida, Mariela se cuestionaba: ¿Cómo había llegado ese libro a las manos de Rekha si se había extraviado en los Estados Unidos? Y aunque pudo haber sido una coincidencia extraña, el paquete firmado bajo el nombre de Mariela Mendoza, rectificaba que al final aquel libro si había podido finalizar su travesía desde Venezuela hasta Nepal. 

 
&#60;img width="496" height="510" width_o="496" height_o="510" data-src="https://freight.cargo.site/t/original/i/95b60c59b7836976a647f5baf7f2fa87d149fcda5e9caddec455d97d00346582/Imagen-2.png" data-mid="247168421" border="0"  src="https://freight.cargo.site/w/496/i/95b60c59b7836976a647f5baf7f2fa87d149fcda5e9caddec455d97d00346582/Imagen-2.png" /&#62;
Ese libro, enviado al otro lado del mundo, forjó una sólida amistad entre Mariela y Rekha. Foto: Buscadores de libros.



Intrigada por el azar que había hecho posible el milagro, Mariela se puso en los zapatos de un investigador y trazó cada uno de los pasos que recorrió el libro para poder llegar a Rekha. Contactó con su hermana y, de esa manera, descubrió que el libro abandonado se había convertido en una pieza de conexión entre extraños. Verán: olvidado en una habitación que había sido ocupada temporalmente, el anfitrión de la casa se consiguió con la peculiar biografía y, picado por la curiosidad, decidió echarle un vistazo. Mariela acostumbra dejar notas dentro de los libros dedicadas al lector futuro que lo tendrá en sus manos. Cuando el anfitrión leyó estas líneas se sintió conmovido y, sin consultarle a nadie y de su propio bolsillo, decidió pagar el envío del libro hasta el continente asiático. Y así, gracias a esta cadena de favores, Mariela y Rekha lograron cumplir este sueño hace cinco años y en la actualidad siguen en contacto. 

Cuando Mariela me contó esta historia un jueves lluvioso, pensé en la capacidad que tienen los humanos de conectar con otros, ayudarse entre sí y nutrir las pasiones que mueven sus vidas. Mientras conversábamos, Mariela lo resumió en una preciosa frase: “Es el poder de los libros”. Y sí, pareciera que esos objetos de papel, cartón y palabras tienen la capacidad de enamorar a sus lectores hasta tal nivel que, sin importar las condiciones y las limitantes, algunas personas están dispuestas a dedicar su vida a promocionar, compartir y crear espacios en donde el libro sea un vínculo de identidad y comunidad. Mariela Mendoza y Buscadores de libros, se han convertido en un testimonio de que el libro es una pieza fundamental para la construcción de la sociedad y, particularmente, de la vida afectiva de cada ser humano.

 
&#60;img width="336" height="422" width_o="336" height_o="422" data-src="https://freight.cargo.site/t/original/i/69ed20c950d6de3ef0f41a545c4ea2c65b3658e2e8c7f2c36ca2d11271f423f1/Imagen-3.png" data-mid="247168422" border="0"  src="https://freight.cargo.site/w/336/i/69ed20c950d6de3ef0f41a545c4ea2c65b3658e2e8c7f2c36ca2d11271f423f1/Imagen-3.png" /&#62;
Mariela Mendoza se ha convertido en una importante promotora de la lectura y la adopción de libros en Puerto Ordaz, estado Bolívar. Fuente: Buscadores de libros.


¿Qué papel pueden tener los libros en los vínculos familiares y comunitarios?

Ella misma es un ejemplo de lo que pueden hacer los libros en el corazón de una familia. Entre las memorias de infancia que recuerda con especial cariño, Mariela relata que su hogar siempre orbitó alrededor de los libros. Con una madre que era una voraz lectora, las tardes se compartían alrededor de las bibliotecas, las librerías y los kioscos que traían las últimas novedades de literatura. De esa manera, creció entre Panchito Mandefuá de Pocaterra y Mujercitas de Louisa May Alcott, libros que terminaron siendo claves en su etapa formativa y le permitieron crear un espacio de coincidencias con sus padres. Esta crianza, años después, la replicaría con su propia hija cuando estaba en la etapa escolar y empezaba a mostrar interés por sagas como Harry Potter. Y es que, mientras más conversábamos, Mariela Mendoza me convencía de una regla entre lectores: las personas que crecen rodeadas de libros, viendo a adultos que cuentan historias y aprenden de ellas, terminan naturalmente enamorándose de la lectura y convirtiéndola en parte de su día a día.
  

Esta inclinación natural por contar historias y crear comunidades alrededor de los libros llevó a Mariela a involucrarse cada vez más en la vida educativa de su hija. En el colegio, organizaba actividades de cuenta-cuentos, bazares de venta de libros y actividades cuyo centro fuese la lectura y el aprendizaje. De esta manera, empezó a tejerse Buscadores de libros, como una razón más para poder compartir y estar presente en la vida académica de su hija que, poco a poco, se fue transformando en un regalo para los niños de otras familias que también empezaron a experimentar el poder de los libros. Y aunque pudo quedarse simplemente en la anécdota de una madre que transformó el colegio con lecturas y libros, Mariela tiene una inclinación natural para unir a las personas con las historias que los esperan. Sashenka Garcia, asesora educativa y editorial que ha colaboradora con el proyecto de Buscadores de libros, lo resumió en una entrevista para Alfabeto del Mundo con Ricardo Ramírez como un “apostolado”.
 

La palabra podría sonar graciosa y hasta irónica, pero, desde aquellas tardes con su hija hasta la actualidad, Mariela Mendoza ha dedicado su vida a los libros y a la conformación de comunidades lectoras en Puerto Ordaz y en toda Venezuela. Pronto, su pasión traspasó las paredes del colegio y con un par de amigas se fue a recorrer las calles. Empezó a ser conocida como “la señora de los libros”, un título que le permitió convertirse en centro de donativos textos de todo tipo y una invitada concurrente en instituciones educativas. Con el paso del tiempo, las charlas se transformaron en ferias y comunidades, donde cada miembro aportaba desde sus intereses, conocimientos y capacidades. La clave del éxito se hizo cada vez más evidente: la ayuda del otro hace posible la conformación del bien comunitario, como aquel que envía un libro a Nepal para cumplir un sueño ajeno.
 

De uno en uno, y en el transcurso de 15 años, no han sido pocos los ciudadanos que se han acercado a Mariela para dar su voto de confianza en el proyecto. Entonces, Buscadores de libros no solo ha adoptado libros huérfanos en bibliotecas de familias migrantes, sino también pedacitos del esfuerzo y el alma de cada quién. Algunos han dado su tiempo para dar clases de emprendimiento o apoyo psicológico a chicos del programa social, otros han costeado el uniforme de niños en comunidades poco favorecidas y hasta el mobiliario de las bibliotecas han sido donaciones de la red de amigos que ha ido nutriendo Mariela con el paso de los años. 

 
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Buscadores de libros no solo promueve la adquisición de libros, sino toda actividad que permita expandir la creatividad, el conocimiento y la conformación de comunidad. Fuente: Buscadores de libros.



Estos actos marcan la diferencia, sobre todo en un país donde el foco de los padres y las madres está en llevar la comida a la mesa y poco más, porque las dificultades económicas impiden el acceso a otros servicios igualmente necesarios y fundamentales para el desarrollo humano. En una Venezuela —para el año 2025— 3 millones de niños y jóvenes no se encuentran inscritos en el sistema educativo y, por ende, no gozan de los derechos constitucionales que les pertenecen por nacimiento. Una nación que ha visto aumentar la cifra de analfabetismo en todo su territorio, registrando que casi el 3% de su población menor de edad no sabe escribir o leer. En este panorama, donde los libros y la educación quedan relegados a un segundo plano, los ciudadanos han entendido que la diferencia solo se puede hacer si viene de nosotros mismos y que, aunque existan dificultades en el camino, la perseverancia de la comunidad puede hacer una diferencia ante un sistema educativo cada vez más precarizado.

Mariela Mendoza personifica esta creencia y la peregrina. En los primeros años del proyecto, cuando aún no tenían una sede física, se iba a las paradas de autobús en Puerto Ordaz y entregaba libros a los pasajeros. “Algunos no aceptaban los libros, otros los dejaban en la unidad o los botaban, pero yo siempre he apostado por aquellos que los aceptan y los incorporan a su vida”, cuenta al respecto. También aclara que se trata de una actividad que se moviliza con base en la resistencia y sin prejuicios: “Estoy segura de que muchos pensaban que estaba loca”, señala cuando recuerda aquella vez en la que se llevó una tela tipo lienzo, la colgó en una de las paradas más concurridas de bus e invitó a algunos artistas locales, para animar a los transeúntes a pintar. El resultado, tal vez, no fue una hermosa pieza, asegura, pero es un día en la vida que puede cambiar la de otro ser humano y ese pensamiento la deja satisfecha.
 

Y es que, en busca de conectar con las personas, Mariela no tiene miedo de salir de la zona de confort, probar diversas temáticas y buscar la utilidad del libro más allá del entretenimiento o la belleza artística. Buscadores de libros también llevó a las paradas de los autobuses protectores solares y educación sobre el cuidado de la piel, un conocimiento extremadamente útil en una ciudad donde las temperaturas pueden rebasar los 30 grados centígrados. De la misma manera, no ha tenido miedo a experimentar con talleres de Origami, cuenta-cuentos, de gastronomía o hasta manualidades, la idea siempre ha sido permitir crear un espacio en donde las personas puedan expresarse, formar redes de apoyo y explorar sus intereses desde distintas aristas.
 

Lo que empezó como un grupo de padres amantes de la lectura, evolucionó a una organización para la promoción y distribución de libros en toda Venezuela, que en la actualidad se ha convertido en una obra social que está cambiando a las comunidades del estado Bolívar desde sus cimientos. Dentro de la misma iniciativa de Buscadores de libros, son abanderados de un frente llamado Juntos hacemos la diferencia, un proyecto incluso más ambicioso que trata de llevar bibliotecas y sala de estudio a los barrios.

Iniciaron con los niños del Mercado Municipal de Puerto Ordaz, bajo la tutela de su maestra de la escuela. “Muchos de esos niños trabajan en el mercado” y, algunos de ellos, incluso no formaban parte del sistema educativo, pero eran habituales del lugar y decidieron unirlos al programa. La idea era que los donadores de Buscadores de libros pudiesen apadrinar a un niño en su carrera educativa, proveyéndoles de uniforme, útiles y los libros necesarios para poder ir a clase sin problemas. La iniciativa funcionó por un tiempo, pero con el paso de los años se fue disipando por la falta de un lugar en donde pudiesen coordinarse, mantener el contacto y, sobre todo, comprometerse. Pero, a pesar del aparente fracaso, Mariela no se dio por vencida. Sabía que en esta tarea venas adentro, en lo más profundo de nuestra sociedad, era donde realmente los libros iban a conseguir llevar a cabo su proceso transformador. Entonces, lo volvieron a intentar, pero ahora en el barrio Cambalache.

  
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Espacios para aprender ajedrez, leer libros de su interés y explorar distintas profesiones es lo que genera Buscadores de libros para los chicos del estado Bolívar. Fuente: Buscadores de libros.



Lo que inició como un padrinazgo, rápidamente, trepó a la constitución de una biblioteca para la comunidad. Una madre se acercó a Mariela para plantearle el caso que tenían entre manos: la biblioteca de la escuela cerraba en las tardes y los fines de semana, cuando los niños tenían que hacer las tareas. Por si fuera poco, para el año 2017, no existía conexión a Internet en el barrio y la señal telefónica era muy inestable. Entonces, a los niños se les dificultaba enormemente poder hacer las tareas en sus casas y repasar las clases que habían visto en la escuela. En este contexto, se le había ocurrido una idea, prestar su sala para que los niños de la comunidad pudiesen ir a estudiar, pero necesitaba la ayuda para poder dotarla de los implementos necesarios para que fuese verdaderamente útil. Mariela vio en esta idea lo que no se pudo lograr en el mercado y, poco a poco, fueron equipando la sala con el mobiliario, los libros y las mesas necesarias para que todo aquel que quisiera pudiese utilizarlo como sala de estudio.
 

En la actualidad, más de una veintena de niños disfruta de esta biblioteca y de las actividades que se llevan a cabo en ellas. Los niños tienen sus propios uniformes, donados por personas en el extranjero que apoyan la iniciativa, e incluso se está llevando a cabo la construcción de unos baños en buenas condiciones para ellos. Lo que inició en el Mercado, se cristalizó en Cambalache y ahora Mariela también está ayudando a una comunidad de El Pao, la zona minera, donde los habitantes destinaron una vivienda para la biblioteca comunitaria y se encargan de mantener el lugar limpio, a los niños con sus uniformes y en cumplir con la organización de los eventos.  

Se trata de un trabajo de hormiga que ha logrado cambios de por vida. Por ejemplo, hay jóvenes beneficiados por estas iniciativas que hoy en día cursan sus primeros años universitarios o ya se encuentran trabajando un oficio que les apasiona. “Hay un chico que está estudiando ingeniería en una universidad privada con el esfuerzo de sus padres”, comentó Mariela con una sonrisa de orgullo. Y es que cuando uno escucha a hablar a Mariela de estos niños, se siente la trémula voz de la satisfacción de una madre que los está viendo crecer y convertirse en los ciudadanos del mañana. Es la calidez el otro elemento constitutivo que ha cohesionado a estas comunidades alrededor del libro, porque Mariela con su temperamento fuerte, su energía inagotable y su pasión por compartir, ha ido edificando espacios en donde cada colaborador y participante puede desarrollarse en el absoluto respeto y con compromiso.
 

“Yo a los niños les digo que no les voy a dar estrenos, que si esperan regalos míos de navidad serán libros, cuadernos y lápices”, dice Mariela mientras se ríe. Me confiesa que es “una persona seca”, pero me cuesta creerlo luego de hablar cuatro horas con ella y escuchar cada una de las historias que ha conformado su vida entregada a los libros. También por las veces que ha montado una docena de niños en su camioneta y se los ha llevado a comer perros-calientes en su casa, o las otras tantas veces que ha llegado a las bibliotecas comunitarias y se ha encontrado con una verbena para que todos compartan. Me cuesta creerlo porque conozco de primera mano, luego de haber sido jurado de uno de los concursos de poesía que patrocina el proyecto —Buscando poetas—, como trenza el puente con las nuevas voces de escritores, se toma el tiempo de escucharlos, entenderlos y apapacharlos de libros con dedicatorias. Entonces, un muchacho que escribe siente que sí tiene un lugar en el mundo literario y que vale la pena seguir poniendo letra con letra, imagen contra imagen, hasta que alguien más lo lea y se transforme.

 
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Adrián Reyes fue el ganador del octavo premio Descubriendo poetas, siendo luego premiado por otro de nuestros concursos estrella de poesía, el Rafael Cadenas. Fuente: Descubriendo poetas. 



“Uno tiene que devolverle la dignidad a las personas”, fue una de las últimas frases que me dijo Mariela esa tarde que hablamos. Luego de haber recorrido una vida dedicada al servicio del otro y a la construcción de una sociedad alrededor de los libros, ella se queda con ese aprendizaje. Lo importante no ha sido que los niños lean un libro más o un libro menos, que un padre haya aprendido a doblar perfectamente el papel de un Origami o que la abuela sepa colorear mándalas, sino cómo se han sentido luego de haber hecho cada una de esas actividades y compartido con otras personas con intereses similares. El sentirse digno, capaz, esperanzado por el futuro; esos son algunos de los poderes ocultos que nos otorgan los libros y la gente que se dedica a ellos.



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