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	<title>Sello Cultural</title>
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	<pubDate>Mon, 27 Jul 2026 20:58:17 +0000</pubDate>
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		<title>Carta a mi inquietud silenciosa</title>
				
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		<pubDate>Mon, 27 Jul 2026 20:58:17 +0000</pubDate>

		<dc:creator>Sello Cultural</dc:creator>

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		<description>Carta a mi inquietud silenciosa
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Imagen cortesía

Por Ricardo Enrique Ortíz


Han
pasado varios días desde la última vez que me recordaste que sigues aquí.
Aunque, para ser honestos, nunca te has ido. Solo aprendiste a hacer menos
ruido hasta que la vida encuentra una excusa para despertarte. Desde entonces
cambias de rostro con facilidad: a veces eres una llamada a deshoras; otras, un
silencio que dura más de la cuenta. Pero siempre eres tú.



No
siempre estuviste conmigo. O, al menos, no con esta intensidad. Antes aparecías
de vez en cuando, como hacen todas las preocupaciones. Pero un día decidiste
instalarte. Llegaste con una maleta que nunca vi y encontraste un lugar cómodo
entre las llamadas de mi vieja, los mensajes de mi papá y los kilómetros que
empecé a acumular lejos de ellos. Como si hubieras estado esperando justo ese
momento para no irte nunca más.



Con
el tiempo aprendí a reconocer tus horarios. Te escondías durante los días
tranquilos, cuando las videollamadas terminaban con una sonrisa y el “cuídense”
parecía suficiente. Pero bastaba que el teléfono sonara a una hora inusual, que
un mensaje tardara más de lo acostumbrado o que las noticias mencionaran el
nombre de mi país para que volvieras a ocupar todo el espacio.



Nunca
hacías escándalo. Te bastaba con susurrar una sola pregunta: ¿Y si esta vez
es diferente?



Hasta
que un día ese pedazo de tierra que todavía habita dentro de mí tembló. Y tú ya
estabas sentado a mi lado. No necesitaste decir una palabra. Solo te bastó con
mirar la pantalla del teléfono y esperar. Me hiciste descubrir que un minuto
puede durar una eternidad y que la distancia puede ser más pesada que cualquier
escombro.



En
ese momento descubrí que el verdadero conflicto nunca fue contigo, sino con lo
que eres capaz de hacer conmigo. Durante la pandemia te vi disfrazarte de
incertidumbre. Fuiste ruidoso, evidente, casi predecible. Creía que podía
mantenerte a raya con precauciones, llamadas constantes y la esperanza de que
todo pasara.



Pero
esta vez fue distinto.



Elegiste
el rostro de un terremoto y comprendí que, en realidad, nunca habías querido
parecerte a un desastre. Tu verdadero disfraz siempre ha sido la distancia, esa
forma silenciosa de llegar antes que yo y de hacerme imaginar un abrazo al que
no alcanzaré, de una despedida que ocurrirá sin mi presencia o de una última
conversación sin saber que era la última.



Aunque
no todo es malo en ti. También me enseñaste que vivir lejos es aprender una
rutina que nadie te explica: Revisar el teléfono apenas despierto. Respirar con
alivio cuando aparece un “buenos días”. Celebrar conversaciones que parecen
comunes, como si fueran un privilegio. Me hiciste descubrir que la tranquilidad
ya no depende del silencio, sino de escuchar sus voces al otro lado de la
llamada.



También
me enseñaste que el amor aprende nuevas formas de existir. Que a veces cabe en
una videollamada, en una fotografía enviada sin motivo o en una conversación de
pocos minutos que alcanza para sostener un día entero. Nunca imaginé que
extrañar pudiera convertirse también en una manera de agradecer.



Con
todo esto quiero decirte que no te odio ni mucho menos intento echarte de mi
vida. Sería inútil. Comprendí que naciste el mismo día en que descubrí cuánto
podían llegar a importar mi gente a kilómetros de distancia.



Así
que puedes quedarte. Mientras sigas aquí, significará que ellos siguen siendo
mi lugar en el mundo. Y si algún día decides marcharte, sospecho que no será
porque te vencí, sino porque ya no habrá distancia capaz de separarnos.


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	<item>
		<title>Neymar: El último rey (posible) del Jogo Bonito</title>
				
		<link>https://sellocultural.com/Neymar-El-ultimo-rey-posible-del-Jogo-Bonito</link>

		<pubDate>Thu, 18 Jun 2026 23:50:12 +0000</pubDate>

		<dc:creator>Sello Cultural</dc:creator>

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		<description>Neymar: El último rey (posible) del Jogo Bonito
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Imagen cortesía

Por Ricardo Enrique Ortíz


Desde que tengo uso de razón futbolística, Brasil
siempre me pareció una fábrica de reyes. Y no hablo solamente de títulos o
estadísticas, sino de figuras capaces de transformar el fútbol en espectáculo y
expresión cultural. Sin necesidad de remontarme a Pelé y esa generación que
nunca vi jugar, nombres como Romário, Bebeto, Rivaldo, Ronaldo, Kaká o
Ronaldinho fueron construyendo esa idea romántica del “Jogo Bonito” que terminó
enamorando al mundo.



Brasil no solo ganaba; seducía. Había algo casi
insolente en su manera de jugar, como si el fútbol fuera menos una competencia
y más una demostración artística frente al resto del mundo. Ya desde el túnel
te iban ganando 3-0. Bastaba ver esa camiseta verdeamarela para entender
que no estaban allí únicamente para competir. El rival sentía admiración y
temor al mismo tiempo.



Durante décadas, Brasil convirtió el fútbol en una
cuestión de identidad nacional. No se trataba únicamente de ganar campeonatos,
sino de sostener una forma de entender el juego y, en cierto modo, de
entenderse a sí mismos. Sin embargo, mientras el país seguía produciendo
talentos extraordinarios, también comenzó a volverse cada vez más impaciente
con ellos. La admiración se transformó en exigencia. La idolatría terminó
convirtiéndose en una condena.



Y quizá ningún futbolista represente mejor esa
contradicción que Neymar.



Querido por unos, cuestionado por otros, su última
convocatoria volvió a convertir al fútbol brasileño en una especie de
plebiscito emocional. Bastó que apareciera nuevamente en la lista para que
Brasil regresara a una discusión que lleva más de una década persiguiéndolo:
¿es el último gran héroe nacional o el símbolo perfecto de la decadencia del
fútbol brasileño?



La respuesta incómoda es que probablemente sea
ambas cosas.



Esta convocatoria no revive solamente a un jugador;
reactiva una nostalgia que nunca terminó de irse. Porque Brasil nunca tuvo una
relación normal con sus futbolistas. Necesita ídolos gigantescos, figuras
capaces de representar mucho más que un deporte. Pelé era un proyecto de país.
Romário representaba la irreverencia de la favela convertida en confianza
absoluta. Ronaldo simbolizaba la redención popular después de cada caída.
Ronaldinho transformó la alegría callejera en arte. Adriano, “El Emperador”,
encarnó la tragedia del talento devorado por sus propios fantasmas.



Por eso Neymar nunca cargó únicamente con la
presión de ganar partidos; lo obligaron a sostener una herencia emocional
imposible: ser espectáculo, liderazgo, identidad cultural y esperanza colectiva
al mismo tiempo. Fracasar era casi inevitable.



Lo curioso es que Neymar tampoco estaba destinado a
caminar solo. En aquella generación aparecieron nombres que parecían llamados a
compartir el protagonismo. Ganso era visto como el heredero del enganche
brasileño clásico. Oscar parecía el mediapunta moderno capaz de dominar Europa
y Coutinho fue señalado durante años como el siguiente gran conductor creativo
de la selección. Pero mientras unos desaparecieron entre lesiones, decisiones
equivocadas y expectativas imposibles, Neymar permaneció en el centro de la
conversación. Fue el único superviviente de una generación que prometía cambiar
la historia. Y esa soledad terminó convirtiéndolo en símbolo.



Basta con recordar el 7-1 contra Alemania en casa,
ante su gente. Aquella noche no solamente destruyó a una selección; demolió una
parte del imaginario brasileño. Fue la prueba brutal de que el fútbol moderno
había dejado atrás al viejo Brasil que imponía miedo antes de tocar la pelota.
Y desde entonces quedó suspendida una pregunta que todavía persigue al país:
¿habría sido distinta aquella humillación si Neymar hubiese estado en el campo?
Quizá nunca haya una respuesta definitiva. Pero el simple hecho de que Brasil
siga formulándose esa pregunta demuestra el peso simbólico que terminó cargando
sobre los hombros.



Después de aquella derrota, Brasil empezó a
parecerse cada vez más a aquello que durante décadas había combatido. La
obsesión dejó de ser jugar bonito y pasó a ser competir mejor. El romanticismo
fue reemplazado por la eficiencia.



El problema es que el fútbol también cambió.
Durante décadas, Brasil exportó artistas. Hoy el mercado exige futbolistas
capaces de presionar, ocupar espacios y ejecutar sistemas tácticos cada vez más
complejos. El talento sigue siendo importante, pero ya no ocupa el centro de la
escena. Neymar fue educado para un fútbol que todavía celebraba el
desequilibrio individual mientras Vinícius Júnior, Rodrygo o Endrick crecieron
en uno donde la creatividad debe convivir con una estructura colectiva.



No es casualidad que la medalla de oro olímpica de
Río 2016 haya tenido un peso emocional desproporcionado. No era un Mundial,
pero se sintió como una pequeña reparación nacional. Y resultaba simbólico que
fuera Neymar quien terminara cobrando el penal definitivo. Como si Brasil
necesitara convertirlo, aunque fuera por una noche, en el rey que llevaba años
intentando fabricar.



Lo más fascinante de esta convocatoria es que
incluso sus detractores participaron del fenómeno. Todos hablaron de Neymar.
Todos reaccionaron. Todos opinaron.Eso demuestra algo brutal: Brasil todavía no
encuentra un reemplazo cultural para él.



Quizá la discusión no debería centrarse en si
merece o no una convocatoria. Tal vez la pregunta más incómoda sea otra: ¿por
qué un país con la historia futbolística de Brasil sigue dependiendo
emocionalmente de un solo nombre? Eso habla menos de Neymar y más de la
incapacidad del fútbol brasileño para construir un nuevo relato colectivo.
Brasil sigue buscando un heredero mientras el último rey posible se niega a
desaparecer.



Quizá Neymar nunca fue el rey que Brasil soñó. Pero
también es posible que Brasil lleve años buscando una corona para un reino que
ya no existe.



Porque el fútbol tolera príncipes, pero la historia
solamente recuerda a los reyes.


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	</item>
		
		
	<item>
		<title>Carta a mi vieja con olor a chancla</title>
				
		<link>https://sellocultural.com/Carta-a-mi-vieja-con-olor-a-chancla</link>

		<pubDate>Mon, 18 May 2026 05:29:24 +0000</pubDate>

		<dc:creator>Sello Cultural</dc:creator>

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		<description>Carta a mi vieja con olor a chancla&#38;nbsp;


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Imagen cortesía

Por Ricardo Enrique Ortíz


Vieja…

Quise
escribirte a mano. Como antes.

Probablemente
esta carta llegó tarde, como llegan casi todas las cosas importantes en la
vida. Quise sentarme con calma, tomar una hoja, guardarla dentro de un sobre y dejar
que la tinta hiciera lo suyo: pequeñas manchas, pausas torpes y palabras
nacidas despacio, de esas que obligan a detenerse cuando la emoción pesa más
que la costumbre.

Con
sinceridad, quise escribirte algo bonito, de esos textos que terminan impresos
en una taza o acompañando un ramo de flores con olor a obligación de temporada.
Pero no me salió. Porque mientras más pensaba en ti, más me daba cuenta de que
reducir la maternidad a frases cursis es casi una falta de respeto. Sobre todo
viniendo de alguien a quien criaste con irreverencia, enseñándole a desconfiar
de lo demasiado perfecto y de toda emoción que parezca escrita para cumplir, en
lugar de sentirse de verdad.

Sé que el
viejo va a ponerse celoso cuando lea esto, pero debo admitir algo: te pienso y
te recuerdo más a ti que a él. Y no porque lo quiera menos, sino porque hay
algo en ti que terminó quedándose pegado en mi memoria. Me hace pensar en
Guille, el hermanito de Mafalda, peleando con el papá por esa necesidad absurda
y casi territorial del amor maternal.

Y sí,
crecí, me hice adulto y aprendí a disimular emociones, como hace casi todo el
mundo cuando la vida empieza a golpear distinto. Pero en el fondo todavía
existe esa parte infantil en mí que insiste en creer que deberías estar ahí
para siempre… incluso cuando algún día ya no estés.

A veces
me pregunto cómo hiciste para sobrevivir sin hacer escándalo. Cómo lograste
disfrazar el miedo de tranquilidad para que nosotros pudiéramos dormir en paz.
Ahora entiendo que no podías con todo, pero aun así seguiste. Y qué injusto fue
convertir eso en virtud.

Porque
esa mentira elegante de que una buena madre debe sacrificarse en silencio tal
vez ha sido la forma más cruel de vender la maternidad.

Qué
oficio tan brutal ese de sostener vidas mientras la propia queda en pausa…

Ahora
entiendo que muchas veces ese humor ácido, esos regaños exagerados y esa forma
tan extraña de amar eran también tu manera de sobrevivir al cansancio sin dejar
que la vida te volviera completamente seria.

Tal vez
por eso esta carta no busca convertirte en heroína ni en mártir. Ya bastante
hizo el mundo romantizando madres agotadas como si sacrificarse hasta
desaparecer fuera una prueba de amor. Prefiero recordarte humana: cansada a
veces, intensa casi siempre, contradictoria, jodidamente fuerte y aun así capaz
de seguir queriendo incluso cuando la vida no te daba motivos sencillos para
hacerlo.

Y si
algún día esta carta vuelve a aparecer entre papeles viejos, o termina olvidada
dentro de un cajón como esas cosas importantes que uno nunca sabe dónde
guardar, ojalá te deje claro algo simple: graduarnos el mismo día —tú como
madre y yo como tu hijo— ha sido una de las experiencias más honestas y humanas
que me ha tocado vivir.


P.D.: Por
cierto, vieja… después de tantos años ¿cómo hacías para lanzar la chancla con
semejante precisión?


</description>
		
	</item>
		
		
	<item>
		<title>¿Y si la vaca nunca tuvo la culpa? Un apunte incómodo sobre la autocrítica</title>
				
		<link>https://sellocultural.com/Y-si-la-vaca-nunca-tuvo-la-culpa-Un-apunte-incomodo-sobre-la</link>

		<pubDate>Mon, 18 May 2026 05:05:18 +0000</pubDate>

		<dc:creator>Sello Cultural</dc:creator>

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		<description>¿Y si la vaca nunca tuvo la culpa? Un apuntes incómodo sobre la autocrítica&#38;nbsp;


“No hay una autocrítica que empiece por decir‘yo también formo parte de las equivocaciones’ (…)”.
Julio Cortázar
&#60;img width="1600" height="900" width_o="1600" height_o="900" data-src="https://freight.cargo.site/t/original/i/2761ee29d5ac41ecb56d8e5cde7476599fff445def484733d20e00f580227e47/Mu.jpeg" data-mid="248421897" border="0"  src="https://freight.cargo.site/w/1000/i/2761ee29d5ac41ecb56d8e5cde7476599fff445def484733d20e00f580227e47/Mu.jpeg" /&#62;
Imagen cortesía

Por Ricardo Enrique Ortíz


No hace mucho me enviaron un video de Instagram: un grupo
de universitarios haciendo lo que mejor saben hacer los universitarios —humor
medio torpe, medio brillante— sobre una escuela en particular. Nada
especialmente sofisticado, nada particularmente cruel. Un chiste más en el
océano de contenido que, fácilmente, se puede olvidar en 24 horas.



Pero —más bien ¡peeero!—
este no se olvidó. 



No porque fuera brillante, sino porque expuso algo. Un
nervio. Una inseguridad. Una fragilidad mal disimulada y algunas personas
decidieron tomárselo en serio… 



Demasiado en serio… 



Casi personal. 



Y como en toda “crisis” aparecieron los de siempre: los que
no desaprovechan una polémica para subirse a un pedestal imaginario. Los que
convierten cualquier debate en una audición para ver quién parece más lúcido
sin decir nada incómodo. Los que hablan de respeto mientras evitan, con
precisión quirúrgica, cualquier mención a sus propias fallas. 



Los que defienden su ego con buena —y a veces muy mala—
ortografía, construyendo discursos largos, indignados y completamente vacíos de
autocrítica.



Este escenario me recordó una conversación con un compañero
de trabajo. Me dijo algo tan simple que, por lo mismo, resulta incómodo: en
Latinoamérica tenemos una costumbre casi sagrada, un deporte nacional (más bien
regional) no declarado: la culpa siempre
es del otro. Y así, con una disciplina admirable, logramos eludir cualquier
mínima sospecha de responsabilidad propia. No es torpeza, es sistema.



Entender eso incomoda, pero es necesario: la falta de
autocrítica no es un descuido, es una infraestructura cultural. Y como toda
infraestructura, no está ahí por accidente; sostiene algo más grande: una
arquitectura de poder construida sobre egos inflados y responsabilidades
convenientemente diluidas. 



Egos que no son solo un rasgo personal, sino una estrategia
de supervivencia. 



Porque en
entornos donde el error se castiga con exclusión o burla, admitir fallas no es
un acto de honestidad, es casi un suicidio reputacional. El problema no es esa
dificultad —es real—, sino lo que hacemos con ella: convertirla en identidad,
en bandera, en excusa permanente.



Y así
terminamos atrapados en una lógica absurda pero funcional: si no soy impecable, al menos soy menos incompetente que el otro. No mejora nada,
pero sí protege el ego.



Y, al
parecer, eso alcanza.



Desde un
punto de vista sociológico —pero sin el tono de conferencia que nadie pidió—
esto no es un defecto individual, es una práctica colectiva bien entrenada.
Venimos de estructuras donde la autoridad no se discute, se obedece; donde la
jerarquía pesa más que la evidencia y donde cuestionarse no te hace más lúcido,
te hace más incómodo.



Y ahí
está el truco: incomodar tiene costo, inflar el ego no.



Pero el
problema no termina ahí. También está en la comodidad de señalar. Esa obsesión
por apuntar a algo —o, mejor aun, a alguien— es parte del mismo engranaje. En
lo cotidiano, la falta de autocrítica no aparece en grandes discursos, sino en
gestos mínimos: el “roba, pero hace”, el “todos lo hacen”, el “así toca”. Ese
orgullo extraño de sobrevivir sistemas que, si somos honestos, también ayudamos
a sostener. Nos indigna la corrupción estructural, pero negociamos sin pudor
con la microcorrupción diaria. Criticamos el abuso de poder… hasta que nos toca
un poco de ella. Y entonces terminamos haciendo lo mismo en el trabajo, en la
casa, en la calle, incluso en la academia.



No es
contradicción. Es coherencia mal asumida.



¿Y ahora qué? Porque indignarse bonito no arregla nada. Tal
vez toca empezar por lo menos popular: bajarnos del pedestal y aceptar que
reconocer errores no nos hace débiles —nos hace menos ridículos que sostener
ficciones hasta que se caen solas. Dejar de romantizar al líder infalible, ese
personaje conveniente que nos ahorra la responsabilidad de pensar y nos permite
aplaudir o culpar sin matices. Practicar la autocrítica donde realmente duele
—en lo cotidiano—, no en discursos elegantes sino en cómo usamos ese pequeño
poder que tenemos y que solemos ejercer igual de mal que el que criticamos. Y,
sobre todo, soltar esa adicción casi infantil al enemigo permanente: esa
necesidad de que siempre haya “otro” al que culpar para no desmontar nuestras
propias certezas. Porque mientras la crítica siga siendo solo hacia afuera, no es
crítica: es propaganda con mejor redacción.



Al final, el problema no es el video, ni el chiste, ni
siquiera la indignación. El problema es lo que hacemos después: nada. Repetimos
el ciclo, cambiamos de tema, encontramos un nuevo culpable y seguimos intactos,
impecables en nuestro propio relato. Y mientras tanto, todo sigue igual. Porque
sin autocrítica no hay cambio, solo hay versiones cada vez más sofisticadas del
mismo fracaso. Tal vez por eso incomoda tanto: no porque nos ataque, sino
porque nos deja sin excusas. Y en una cultura donde siempre hay un “otro”
disponible para culpar, quedarse sin excusas es casi un acto revolucionario.


</description>
		
	</item>
		
		
	<item>
		<title>Aún es de noche (y sabemos cuándo empezó) en Caracas</title>
				
		<link>https://sellocultural.com/Aun-es-de-noche-y-sabemos-cuando-empezo-en-Caracas</link>

		<pubDate>Thu, 19 Mar 2026 16:38:33 +0000</pubDate>

		<dc:creator>Sello Cultural</dc:creator>

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		<description>Aún es de noche (y sabemos cuándo empezó) en Caracas


Esto no es una reseña. Es memoria. 
Lo que el cine hoy dramatiza, para algunos fue aprendizaje forzado: 
vivir sin guion, sin banda sonora y sin garantías de amanecer.
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Imagen cortesía

Por Ricardo Enrique Ortíz


12 de febrero de 2014. Caracas no estaba para posar; bastante tenía con sobrevivirse. Ese día, una cámara no era una herramienta: era casi una provocación, un recordatorio incómodo para quienes defendían una ideología que parecía salida de una versión tropical y mal editada del realismo mágico. 


Salí con el equipo colgado al cuello y esa ingenuidad profesional que te hace creer que documentar es una especie de chaleco antibalas moral. Pensaba —qué ternura— que el lente podía ordenar el caos; que, si lograba encuadrar la rabia, esta se comportaría. Caracas hervía, y yo jugando a buscar foco mientras la ciudad hacía exactamente lo contrario. 


No había técnica que valiera. No se trata de ISO ni de diafragma cuando estás respirando gas y escuchando detonaciones. La cámara no ordena el caos. Solo lo registra. Y ese día lo que se rompía no era el encuadre: era la versión oficial de la realidad.


Ese día los disparos no tenían el mismo sonido, pero sí el mismo efecto: interrumpían. Yo disparaba ráfagas de obturador intentando congelar lo que se deshacía frente a mí; otros disparaban para callarlo. La calle era una estampida desordenada: gente que huía sin saber exactamente de qué, corrían porque quedarse quietos no era opción.
 

Entre el humo y los gritos, entendí que mi cámara hacía clic para recordar, mientras las armas hacían eco para borrar. Y en medio de esa coreografía vespertina, absurda de gas y concreto, a Bassil da Costa Caracas se le hizo de noche literalmente de un disparo.

Y cuando la última luz de ese día se apagó con el disparo que le arrebató la vida a Bassil, entendí de golpe lo que después confirmé al conocer el título de la película Aún es de noche en Caracas: no se refiere solo a la oscuridad literal, sino a una ciudad que aprendió a vivir en penumbras, a navegar por calles donde la violencia, la descomposición social y la incertidumbre se volvieron parte del paisaje cotidiano.

Doce años después, ver Aún es de noche en Caracas en una pantalla no fue ver cine: fue ver un espejo con presupuesto. Lo que otros llaman ficción o drama es, en realidad, el mismo gris opresivo que conocí en las calles: miedo, desarraigo, violencia cotidiana y supervivencia como modo de estar vivo. La película —adaptación de la novela La hija de la española que decide narrar el colapso social venezolano como una experiencia visceral de encierro, duelo y supervivencia en medio de un país que se desmorona— no imagina una Caracas caótica, la describe con una brutalidad familiar, haciendo que el espectador sufra el derrumbe social como se sufrió en algún momento.

Reconocer la ciudad fue sencillo; lo incómodo fue reconocerme. Sentado en la butaca, con aire acondicionado y sonido envolvente, mi cuerpo reaccionó antes que mi cabeza: la respiración más corta en las escenas de tensión, los hombros rígidos cuando la pantalla se llenaba de humo, esa alerta vieja que uno aprende a domesticar, pero nunca desaparece del todo. No era nostalgia; era memoria corporal. La película no me contó lo que pasó. Me recordó cómo se sentía estar ahí: la vigilancia constante, el cálculo automático de salidas, el cansancio de vivir midiendo riesgos. Uno puede cambiar de país, de rutina, de discurso… pero el cuerpo guarda su propia hemeroteca.

Más perturbador que el recuerdo mismo es admitir lo rápido que aprendimos a convivir con la violencia. Al principio cada disparo paralizaba; después solo nos hacía agacharnos. El gas lacrimógeno dejó de ser noticia para convertirse en referencia geográfica: “no pases por ahí que están reprimiendo”. Empezamos a medir los días no por el clima, sino por la intensidad de las detonaciones. La violencia dejó de ser excepción y se volvió logística. Y eso —más que el humo o los gritos— es lo que todavía incomoda al verla en pantalla: aceptar que respirar gas se volvió parte del paisaje y que seguir caminando después de un disparo dejó de parecernos imposible.

Peor que preguntarse cómo llegamos hasta allí es tener que explicarlo. Intentar resumir —años después, en otra ciudad, en otra mesa— por qué la violencia dejó de sorprendernos. Cómo se explica que aprendimos a distinguir el sonido de una lacrimógena del de un disparo real. Cómo se condensa en una frase el momento en que la excepción se volvió rutina. No es una línea cronológica clara ni un titular contundente; es una acumulación de concesiones, silencios y miedo administrado en pequeñas dosis. Llegamos allí poco a poco, como se llega a la noche sin notar exactamente en qué minuto dejó de ser tarde.

No sé exactamente cuándo empezó la noche. Solo sé que hubo un momento en que dejamos de preguntarlo. La película no termina cuando se encienden las luces porque lo que muestra no necesita final: sigue ocurriendo en la memoria de quienes estuvimos ahí. No es metáfora ni exageración estética; es un recordatorio incómodo de lo fácil que se rompe la normalidad y de lo rápido que aprendimos a vivir entre escombros sin llamarlos ruinas. Y, mientras algunos discuten si fue ficción exagerada o retrato fiel, otros seguimos intentando encontrar una forma decente de explicar qué se rompió aquel día sin que parezca que estamos narrando una historia ajena. No es pasado. Es una noche que aprendió a quedarse. Solo sé que todavía hay cosas que, cuando las veo en pantalla, me dicen que aún sigue siendo de noche en Caracas. 





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	</item>
		
		
	<item>
		<title>El poder de los libros: ¿Qué papel tienen en los vínculos comunitarios y familiares? </title>
				
		<link>https://sellocultural.com/El-poder-de-los-libros-Que-papel-tienen-en-los-vinculos-comunitarios-1</link>

		<pubDate>Tue, 14 Apr 2026 07:27:43 +0000</pubDate>

		<dc:creator>Sello Cultural</dc:creator>

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		<description>El poder de los libros: ¿qué papel tienen en los vínculos comunitarios y familiares?


 Hay quienes no pueden imaginar un mundo sin pájaros; 

hay quienes no pueden imaginar un mundo sin agua; 

 en lo que a mí se refiere, soy incapaz de imaginar un mundo sin libros.


Jorge Luis Borges

Por Andrea Leal


Una travesía transoceánica

Era una tarde como cualquier otra para Mariela Mendoza. En las historias de Instagram de su proyecto Buscadores de libros publicaba la portada de algunos de los libros que tenía disponible para intercambio o adquisición. Su organización, que lleva 15 años dedicada a la promoción de la lectura, el arte y la educación en la sociedad venezolana, tiene sede en Puerto Ordaz. Había de todo: literatura venezolana clásica, últimas ediciones de Harry Potter, textos de auto-ayuda, ejemplares tapa-dura de El Quijote de la Mancha, comics de todos los gustos y géneros; y una peculiar biografía del cantante Michael Jackson. Fue este último libro el que captó la atención de Rekha, apasionada fan del rey del pop que, para aquel entonces, vivía en Pokhara, una ciudad fluvial ubicada en el centro de Nepal. 

 
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Pokhara es la segunda ciudad más grande de Nepal, después de Kathmandu. Foto: Utsab Raj Giri.



Sí. Nepal. A 15 021 km de Venezuela. Lo que se traduce para un viajero en 28 horas de travesía en avión. Es decir, literalmente, al otro lado del mundo. Pero gracias a la magia de Instagram y a una más poderosa, el amor por los libros y su capacidad de generar conexiones humanas, Mariela en Puerto Ordaz y Rekha en Pokhara conectaron, se siguieron en sus respectivas cuentas sociales y decidieron hacer realidad un sueño. ¿De qué se trataba? Pues, de hacer volar esa curiosa biografía de Michael Jackson desde Venezuela a Nepal.

Bueno, en un principio Mariela no sabía que Rekha vivía en otro continente. Cuando recibió el mensaje en Instagram pidiendo apartar la biografía Michael Jackson: La magia y la locura, la historia completa, pensó que sería un envío rutinario por Venezuela. Pronto se dio cuenta de su error, Rekha quería el libro para su club de fans del cantante, una plataforma que usaba para educar y ayudar a los niños menos favorecidos de Nepal. Mariela Mendoza resonó con esa historia, ya que ella también hacía una labor similar en el estado Bolívar: conectar a personas de todas partes del país, condiciones sociales o intereses, con libros que esperaban ser leídos. Ese compromiso que le había permitido experimentar el gozo de transformar la vida de cientos de niños cuyo contexto económico auguraba un futuro complicado y precario. Entonces, Mariela decidió hacer posible lo imposible. No sabía cómo o cuándo, pero ella haría llegar ese libro hasta Pokhara. Así inició una historia digna de la Odisea.
 

Primero, Mariela consultó con las empresas de envío que aún funcionaban en el país para tener distintos presupuestos. Allí se encontró con las primeras dificultades: las únicas dos que tenían oficinas en Puerto Ordaz trabajaban únicamente con envíos dentro de Venezuela y hacia Colombia, por lo que resultaba ilógico siquiera pensar que pudiese llegar tan lejos como al continente asiático. Pero Mariela es una persona que no se da por vencida tan fácil, así que lo segundo que se planteó fue recurrir a un método más antiguo pero común entre los venezolanos. Estamos hablando de la famosa ayuda de un amigo. De esa manera, consultó con todos sus conocidos para saber si, por casualidad, alguien viajaría próximamente a Estados Unidos. Desde el norte, sería mucho más fácil llevar a cabo el envío.
 

Después de tocar muchas puertas, Mariela lo consiguió. Su hermana estaba dispuesta a transportar el libro en su equipaje y, de esa manera, estaban un paso más cerca de cumplir el deseo de Rekha. La historia pudo haber terminado aquí con un final feliz, pero una buena épica no se resuelve en dos actos. Cuando la biografía de Michael Jackson ya estaba en territorio estadounidense, se presentó otro inconveniente. La tarifa de envío era altísima y, aunque Mariela estaba dispuesta a cubrirla, la travesía del libro se fue postergando hasta que, finalmente, quedó abandonado en la casa del amigo de un amigo y se dio por perdido. Como tantos otros deseos que se abrazan y se pierden, Mariela aceptó que, tal vez, su idea había sido demasiado ambiciosa y que no siempre los libros llegan a las manos de sus lectores.
 

Meses después, cuando la amarga experiencia ya se había rezumado, Mariela recibió un nuevo mensaje en la cuenta de Instagram de Buscadores de libros. Era una foto de Rekha, posando con la biografía de Michael Jackson, desde nada más y nada menos que su casa en Pokhara. Al principio no entendió la imagen, parecía sacada de un sueño. Luego, se sintió incluso más confundida, Mariela se cuestionaba: ¿Cómo había llegado ese libro a las manos de Rekha si se había extraviado en los Estados Unidos? Y aunque pudo haber sido una coincidencia extraña, el paquete firmado bajo el nombre de Mariela Mendoza, rectificaba que al final aquel libro si había podido finalizar su travesía desde Venezuela hasta Nepal. 

 
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Ese libro, enviado al otro lado del mundo, forjó una sólida amistad entre Mariela y Rekha. Foto: Buscadores de libros.



Intrigada por el azar que había hecho posible el milagro, Mariela se puso en los zapatos de un investigador y trazó cada uno de los pasos que recorrió el libro para poder llegar a Rekha. Contactó con su hermana y, de esa manera, descubrió que el libro abandonado se había convertido en una pieza de conexión entre extraños. Verán: olvidado en una habitación que había sido ocupada temporalmente, el anfitrión de la casa se consiguió con la peculiar biografía y, picado por la curiosidad, decidió echarle un vistazo. Mariela acostumbra dejar notas dentro de los libros dedicadas al lector futuro que lo tendrá en sus manos. Cuando el anfitrión leyó estas líneas se sintió conmovido y, sin consultarle a nadie y de su propio bolsillo, decidió pagar el envío del libro hasta el continente asiático. Y así, gracias a esta cadena de favores, Mariela y Rekha lograron cumplir este sueño hace cinco años y en la actualidad siguen en contacto. 

Cuando Mariela me contó esta historia un jueves lluvioso, pensé en la capacidad que tienen los humanos de conectar con otros, ayudarse entre sí y nutrir las pasiones que mueven sus vidas. Mientras conversábamos, Mariela lo resumió en una preciosa frase: “Es el poder de los libros”. Y sí, pareciera que esos objetos de papel, cartón y palabras tienen la capacidad de enamorar a sus lectores hasta tal nivel que, sin importar las condiciones y las limitantes, algunas personas están dispuestas a dedicar su vida a promocionar, compartir y crear espacios en donde el libro sea un vínculo de identidad y comunidad. Mariela Mendoza y Buscadores de libros, se han convertido en un testimonio de que el libro es una pieza fundamental para la construcción de la sociedad y, particularmente, de la vida afectiva de cada ser humano.

 
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Mariela Mendoza se ha convertido en una importante promotora de la lectura y la adopción de libros en Puerto Ordaz, estado Bolívar. Fuente: Buscadores de libros.


¿Qué papel pueden tener los libros en los vínculos familiares y comunitarios?

Ella misma es un ejemplo de lo que pueden hacer los libros en el corazón de una familia. Entre las memorias de infancia que recuerda con especial cariño, Mariela relata que su hogar siempre orbitó alrededor de los libros. Con una madre que era una voraz lectora, las tardes se compartían alrededor de las bibliotecas, las librerías y los kioscos que traían las últimas novedades de literatura. De esa manera, creció entre Panchito Mandefuá de Pocaterra y Mujercitas de Louisa May Alcott, libros que terminaron siendo claves en su etapa formativa y le permitieron crear un espacio de coincidencias con sus padres. Esta crianza, años después, la replicaría con su propia hija cuando estaba en la etapa escolar y empezaba a mostrar interés por sagas como Harry Potter. Y es que, mientras más conversábamos, Mariela Mendoza me convencía de una regla entre lectores: las personas que crecen rodeadas de libros, viendo a adultos que cuentan historias y aprenden de ellas, terminan naturalmente enamorándose de la lectura y convirtiéndola en parte de su día a día.
  

Esta inclinación natural por contar historias y crear comunidades alrededor de los libros llevó a Mariela a involucrarse cada vez más en la vida educativa de su hija. En el colegio, organizaba actividades de cuenta-cuentos, bazares de venta de libros y actividades cuyo centro fuese la lectura y el aprendizaje. De esta manera, empezó a tejerse Buscadores de libros, como una razón más para poder compartir y estar presente en la vida académica de su hija que, poco a poco, se fue transformando en un regalo para los niños de otras familias que también empezaron a experimentar el poder de los libros. Y aunque pudo quedarse simplemente en la anécdota de una madre que transformó el colegio con lecturas y libros, Mariela tiene una inclinación natural para unir a las personas con las historias que los esperan. Sashenka Garcia, asesora educativa y editorial que ha colaboradora con el proyecto de Buscadores de libros, lo resumió en una entrevista para Alfabeto del Mundo con Ricardo Ramírez como un “apostolado”.
 

La palabra podría sonar graciosa y hasta irónica, pero, desde aquellas tardes con su hija hasta la actualidad, Mariela Mendoza ha dedicado su vida a los libros y a la conformación de comunidades lectoras en Puerto Ordaz y en toda Venezuela. Pronto, su pasión traspasó las paredes del colegio y con un par de amigas se fue a recorrer las calles. Empezó a ser conocida como “la señora de los libros”, un título que le permitió convertirse en centro de donativos textos de todo tipo y una invitada concurrente en instituciones educativas. Con el paso del tiempo, las charlas se transformaron en ferias y comunidades, donde cada miembro aportaba desde sus intereses, conocimientos y capacidades. La clave del éxito se hizo cada vez más evidente: la ayuda del otro hace posible la conformación del bien comunitario, como aquel que envía un libro a Nepal para cumplir un sueño ajeno.
 

De uno en uno, y en el transcurso de 15 años, no han sido pocos los ciudadanos que se han acercado a Mariela para dar su voto de confianza en el proyecto. Entonces, Buscadores de libros no solo ha adoptado libros huérfanos en bibliotecas de familias migrantes, sino también pedacitos del esfuerzo y el alma de cada quién. Algunos han dado su tiempo para dar clases de emprendimiento o apoyo psicológico a chicos del programa social, otros han costeado el uniforme de niños en comunidades poco favorecidas y hasta el mobiliario de las bibliotecas han sido donaciones de la red de amigos que ha ido nutriendo Mariela con el paso de los años. 

 
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Buscadores de libros no solo promueve la adquisición de libros, sino toda actividad que permita expandir la creatividad, el conocimiento y la conformación de comunidad. Fuente: Buscadores de libros.



Estos actos marcan la diferencia, sobre todo en un país donde el foco de los padres y las madres está en llevar la comida a la mesa y poco más, porque las dificultades económicas impiden el acceso a otros servicios igualmente necesarios y fundamentales para el desarrollo humano. En una Venezuela —para el año 2025— 3 millones de niños y jóvenes no se encuentran inscritos en el sistema educativo y, por ende, no gozan de los derechos constitucionales que les pertenecen por nacimiento. Una nación que ha visto aumentar la cifra de analfabetismo en todo su territorio, registrando que casi el 3% de su población menor de edad no sabe escribir o leer. En este panorama, donde los libros y la educación quedan relegados a un segundo plano, los ciudadanos han entendido que la diferencia solo se puede hacer si viene de nosotros mismos y que, aunque existan dificultades en el camino, la perseverancia de la comunidad puede hacer una diferencia ante un sistema educativo cada vez más precarizado.

Mariela Mendoza personifica esta creencia y la peregrina. En los primeros años del proyecto, cuando aún no tenían una sede física, se iba a las paradas de autobús en Puerto Ordaz y entregaba libros a los pasajeros. “Algunos no aceptaban los libros, otros los dejaban en la unidad o los botaban, pero yo siempre he apostado por aquellos que los aceptan y los incorporan a su vida”, cuenta al respecto. También aclara que se trata de una actividad que se moviliza con base en la resistencia y sin prejuicios: “Estoy segura de que muchos pensaban que estaba loca”, señala cuando recuerda aquella vez en la que se llevó una tela tipo lienzo, la colgó en una de las paradas más concurridas de bus e invitó a algunos artistas locales, para animar a los transeúntes a pintar. El resultado, tal vez, no fue una hermosa pieza, asegura, pero es un día en la vida que puede cambiar la de otro ser humano y ese pensamiento la deja satisfecha.
 

Y es que, en busca de conectar con las personas, Mariela no tiene miedo de salir de la zona de confort, probar diversas temáticas y buscar la utilidad del libro más allá del entretenimiento o la belleza artística. Buscadores de libros también llevó a las paradas de los autobuses protectores solares y educación sobre el cuidado de la piel, un conocimiento extremadamente útil en una ciudad donde las temperaturas pueden rebasar los 30 grados centígrados. De la misma manera, no ha tenido miedo a experimentar con talleres de Origami, cuenta-cuentos, de gastronomía o hasta manualidades, la idea siempre ha sido permitir crear un espacio en donde las personas puedan expresarse, formar redes de apoyo y explorar sus intereses desde distintas aristas.
 

Lo que empezó como un grupo de padres amantes de la lectura, evolucionó a una organización para la promoción y distribución de libros en toda Venezuela, que en la actualidad se ha convertido en una obra social que está cambiando a las comunidades del estado Bolívar desde sus cimientos. Dentro de la misma iniciativa de Buscadores de libros, son abanderados de un frente llamado Juntos hacemos la diferencia, un proyecto incluso más ambicioso que trata de llevar bibliotecas y sala de estudio a los barrios.

Iniciaron con los niños del Mercado Municipal de Puerto Ordaz, bajo la tutela de su maestra de la escuela. “Muchos de esos niños trabajan en el mercado” y, algunos de ellos, incluso no formaban parte del sistema educativo, pero eran habituales del lugar y decidieron unirlos al programa. La idea era que los donadores de Buscadores de libros pudiesen apadrinar a un niño en su carrera educativa, proveyéndoles de uniforme, útiles y los libros necesarios para poder ir a clase sin problemas. La iniciativa funcionó por un tiempo, pero con el paso de los años se fue disipando por la falta de un lugar en donde pudiesen coordinarse, mantener el contacto y, sobre todo, comprometerse. Pero, a pesar del aparente fracaso, Mariela no se dio por vencida. Sabía que en esta tarea venas adentro, en lo más profundo de nuestra sociedad, era donde realmente los libros iban a conseguir llevar a cabo su proceso transformador. Entonces, lo volvieron a intentar, pero ahora en el barrio Cambalache.

  
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Espacios para aprender ajedrez, leer libros de su interés y explorar distintas profesiones es lo que genera Buscadores de libros para los chicos del estado Bolívar. Fuente: Buscadores de libros.



Lo que inició como un padrinazgo, rápidamente, trepó a la constitución de una biblioteca para la comunidad. Una madre se acercó a Mariela para plantearle el caso que tenían entre manos: la biblioteca de la escuela cerraba en las tardes y los fines de semana, cuando los niños tenían que hacer las tareas. Por si fuera poco, para el año 2017, no existía conexión a Internet en el barrio y la señal telefónica era muy inestable. Entonces, a los niños se les dificultaba enormemente poder hacer las tareas en sus casas y repasar las clases que habían visto en la escuela. En este contexto, se le había ocurrido una idea, prestar su sala para que los niños de la comunidad pudiesen ir a estudiar, pero necesitaba la ayuda para poder dotarla de los implementos necesarios para que fuese verdaderamente útil. Mariela vio en esta idea lo que no se pudo lograr en el mercado y, poco a poco, fueron equipando la sala con el mobiliario, los libros y las mesas necesarias para que todo aquel que quisiera pudiese utilizarlo como sala de estudio.
 

En la actualidad, más de una veintena de niños disfruta de esta biblioteca y de las actividades que se llevan a cabo en ellas. Los niños tienen sus propios uniformes, donados por personas en el extranjero que apoyan la iniciativa, e incluso se está llevando a cabo la construcción de unos baños en buenas condiciones para ellos. Lo que inició en el Mercado, se cristalizó en Cambalache y ahora Mariela también está ayudando a una comunidad de El Pao, la zona minera, donde los habitantes destinaron una vivienda para la biblioteca comunitaria y se encargan de mantener el lugar limpio, a los niños con sus uniformes y en cumplir con la organización de los eventos.  

Se trata de un trabajo de hormiga que ha logrado cambios de por vida. Por ejemplo, hay jóvenes beneficiados por estas iniciativas que hoy en día cursan sus primeros años universitarios o ya se encuentran trabajando un oficio que les apasiona. “Hay un chico que está estudiando ingeniería en una universidad privada con el esfuerzo de sus padres”, comentó Mariela con una sonrisa de orgullo. Y es que cuando uno escucha a hablar a Mariela de estos niños, se siente la trémula voz de la satisfacción de una madre que los está viendo crecer y convertirse en los ciudadanos del mañana. Es la calidez el otro elemento constitutivo que ha cohesionado a estas comunidades alrededor del libro, porque Mariela con su temperamento fuerte, su energía inagotable y su pasión por compartir, ha ido edificando espacios en donde cada colaborador y participante puede desarrollarse en el absoluto respeto y con compromiso.
 

“Yo a los niños les digo que no les voy a dar estrenos, que si esperan regalos míos de navidad serán libros, cuadernos y lápices”, dice Mariela mientras se ríe. Me confiesa que es “una persona seca”, pero me cuesta creerlo luego de hablar cuatro horas con ella y escuchar cada una de las historias que ha conformado su vida entregada a los libros. También por las veces que ha montado una docena de niños en su camioneta y se los ha llevado a comer perros-calientes en su casa, o las otras tantas veces que ha llegado a las bibliotecas comunitarias y se ha encontrado con una verbena para que todos compartan. Me cuesta creerlo porque conozco de primera mano, luego de haber sido jurado de uno de los concursos de poesía que patrocina el proyecto —Buscando poetas—, como trenza el puente con las nuevas voces de escritores, se toma el tiempo de escucharlos, entenderlos y apapacharlos de libros con dedicatorias. Entonces, un muchacho que escribe siente que sí tiene un lugar en el mundo literario y que vale la pena seguir poniendo letra con letra, imagen contra imagen, hasta que alguien más lo lea y se transforme.

 
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Adrián Reyes fue el ganador del octavo premio Descubriendo poetas, siendo luego premiado por otro de nuestros concursos estrella de poesía, el Rafael Cadenas. Fuente: Descubriendo poetas. 



“Uno tiene que devolverle la dignidad a las personas”, fue una de las últimas frases que me dijo Mariela esa tarde que hablamos. Luego de haber recorrido una vida dedicada al servicio del otro y a la construcción de una sociedad alrededor de los libros, ella se queda con ese aprendizaje. Lo importante no ha sido que los niños lean un libro más o un libro menos, que un padre haya aprendido a doblar perfectamente el papel de un Origami o que la abuela sepa colorear mándalas, sino cómo se han sentido luego de haber hecho cada una de esas actividades y compartido con otras personas con intereses similares. El sentirse digno, capaz, esperanzado por el futuro; esos son algunos de los poderes ocultos que nos otorgan los libros y la gente que se dedica a ellos.



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		<title>La ficción antes que la inteligencia artificial. Por qué la ficción sostiene la humanidad</title>
				
		<link>https://sellocultural.com/La-ficcion-antes-que-la-inteligencia-artificial-Por-que-la-ficcion</link>

		<pubDate>Thu, 26 Mar 2026 20:22:15 +0000</pubDate>

		<dc:creator>Sello Cultural</dc:creator>

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		<description>La ficción antes que la inteligencia artificial.&#38;nbsp;Por qué la ficción sostiene a la humanidad
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Por Reynaldo Hernández&#38;nbsp;
Hace unos días me regalaron Sapiens. A Brief History of Humankind, el libro de Yuval Noah Harari. Hasta ahora me conflictúa un poco sentir que es pesimista respecto a los avances tecnológicos y sus efectos en nuestra historia (me hizo pensar en las palabras del filósofo Paul Virilio —que escuché en un podcast que se menciona al final—: “La tecnología es inseparable del desastre”). Mi enfoque me inclina más a pensar que el desastre anticipa la tecnología. Es decir, impulsa la creación de soluciones.
   

En todo caso, me ha fascinado entender detalles que han contribuido a los avances y el desarrollo de la humanidad y la cultura, como la cooperación o, de lo que vengo a hablar: la importancia que ha tenido la ficción en la evolución humana.



1. La transmisión de información


“No es lo mismo pasar información, cosa que ya hacían otros animales (los monos verdes son capaces de comunicar 'Cuidado, un león' [y hay infinidad de otros ejemplos]), que aportar datos de percepción en el relato: 'Esta mañana, cerca del recodo del río, he visto a un león que seguía a un rebaño de bisontes'”.
  

Ser capaces de unir sonidos limitados para construir conceptos ilimitados nos dio una ventaja evolutiva: un lenguaje avanzado, una cultura rica.


“Después, puede describir la localización exacta, incluidas las sendas que conducen al lugar. Con esta información los miembros de su cuadrilla pueden deliberar y discutir si deben acercarse al río con el fin de ahuyentar al león y cazar a los bisontes”.


Los matices que podemos alcanzar con esas variaciones moldean la estrategia para enfrentar las amenazas.



2. El chisme


Aunque el tipo de información que nutre al chisme puede o no estar fundada en la realidad, por seguro fue la primera variación de las ficciones y nos permitió advertir más matices:


“Pero la información que era más importante transmitir [dice Harari], era acerca de los humanos, no de los animales. Para nosotros empezó a ser mucho más importante saber quién de la comunidad odia a quién, quién duerme con quién, quién es honesto y quién un tramposo”.


Esto nos permitió dar seguimiento a las relaciones siempre cambiantes entre individuos, así como planificar, estrategar, conspirar. Proteger.


“En una comunidad de 50 individuos se dan 1225 relaciones de 1 a 1. [Sin atribuirles rasgos memorables no seríamos capaces de retener la información necesaria para convivir con todos ellos. Y hablamos solo de 50… ¿cuántas personas conoces tú?]. En las comunidades animales, el crecimiento alcanza un límite y estos se separan, se crean clanes nuevos”. Se desvinculan.


Y este, creo yo, fue el game-changer.


Contarnos historias y creer en ellas —por absurdas que fueran— permitió que los esfuerzos de la comunidad, que empezó a avanzar a sociedad, se alinearan para una lucha común. El resultado fue cohesión, crecimiento y dominio.


Por ejemplo, empezamos a encontrar valor y coraje en la ficción para enfrentarnos a lo que en principio era más poderoso que nosotros: “El león [la vaca, la serpiente, el ornitorrinco] es el protector espiritual de la comunidad”.


Aparecieron evidencias de que un individuo lesionado e incapaz de asegurar su supervivencia fue cuidado por otros de su grupo. Hubiera muerto sin el cuidado ajeno. Así de estrecha empezó a ser nuestra vinculación.


Y lo más importante, tal vez:



3. Los mitos


“La revolución agraria [dice Harari] fue la última pieza para catapultar al homo sapiens por encima de las demás especies. Nos dio una fuente renovable de energía para asentarnos y procrear”. Y procrear. Y procrear.
   

El crecimiento exponencial de la población requirió de estrategias nuevas para la supervivencia y fueron los mitos (es decir, la ficción) los que nos permitieron cooperar. Crecimos, nos dispersamos, pero no nos desvinculamos.


“Nunca podrás convencer a un simio de que si te da una banana recibirá muchas bananas en su siguiente vida”.

Pensar con un ojo en el porvenir fue un ejercicio de imaginación, de recrear escenarios probables con la suficiente complejidad como para creer en lo inexistente.


Dijo Schopenhauer: “el mundo es voluntad y representación”. Lo que existe, existe porque nosotros quisimos inventarlo. Ha sido posible por la simbiosis entre lo que vemos y lo que queremos ver. 


“Los mitos como la religión, la moneda o la patria, nos permitieron cooperar para perseguir un objetivo común con individuos que ya no formaban parte de nuestra comunidad, nos permitieron unir fuerzas”.

Es un parafraseo, pero a partir de este ejemplo se entiende una parte importante de nuestra evolución y con ella la construcción de pilares de la sociedad, como el sistema financiero. Que sí, es esencialmente ficticio. Conceptos como el dinero, la inversión, la bolsa, entre otros, solo han sido posibles gracias a la imaginación y la abstracción que los humanos hemos sido capaces de alcanzar. En algún lugar he leído que la madera es más rara en el universo que el oro, pero nosotros le atribuimos más valor al oro.


Para comprender conceptos, los humanos recurrimos a la observación.

Para inventar conceptos, observamos con los ojos cerrados: imaginamos.


Ascender una montaña es una experiencia observable en el plano físico.


Ascender en la vida es una abstracción pertinente porque tiene implicaciones similares en el plano imaginario.

Finalmente, lo que nos distingue y nos da ventaja para alcanzar nuevos hitos tampoco es tan simple como ser un humano y ya. La ventaja reside en el conjunto,  hemos sido y seremos humanos mezclándonos, intercambiando, creyendo. Se trata de comprender eso. Entre la suma de esas diferencias preservamos el terreno común que nos permitió avanzar.


Mientras pensaba en todas estas cosas, mi novia me recomendó el libro Irremplazables, de Sebastián Tonda, en el que leí:


"Las historias son una fase crítica en la realización de una idea porque nos ayudan a popularizar la fantasía y a compartir formas con las que posiblemente se pueda llevar a cabo".


Al popularizar la fantasía (o la ficción) somos capaces de contar lo que que nos abarca a todos. Por ella, al incluir la palabra “Ascender” en la narración de una historia, el término es íntimo para un montañista, un ascensorista o un feligrés. 


Entonces, ¿por qué estamos utilizando la tecnología para imitar la realidad?, cuando uno de los rasgos más vitales de nuestra existencia es la capacidad de imaginar fuera de ella. ¿A dónde vamos nosotros, mi gente?


En el podcast Ecos, ensayos sonoros, de Jorge Carrión, se formula sobre la cuestión: “¿Si aprendemos a escuchar, evitaremos los accidentes del futuro?”. Tal vez no los evitemos, pero escuchar es un acto de apertura que nos dará control sobre lo que pueda suceder. 


Nos permitirá construir ficciones. 


Nos permitirá imaginar.



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		<title>¡Bate, pelota papá! ¡Bob Abreu!</title>
				
		<link>https://sellocultural.com/Bate-pelota-papa-Bob-Abreu</link>

		<pubDate>Tue, 17 Mar 2026 13:30:06 +0000</pubDate>

		<dc:creator>Sello Cultural</dc:creator>

		<guid isPermaLink="true">https://sellocultural.com/Bate-pelota-papa-Bob-Abreu</guid>

		<description>¡Bate, pelota papá! ¡Bob Abreu!

Explicar el béisbol en un país futbolero es un ejercicio extraño.
La gente entiende noventa minutos, dos arcos y una pelota que no deja de rodar.
Pero el béisbol… el béisbol funciona de otra manera.
&#60;img width="1020" height="680" width_o="1020" height_o="680" data-src="https://freight.cargo.site/t/original/i/8f3d09e23570b27393474d3888e55f519eb6ebd1e3646609b3d84e54f4243123/fanatismo-deportivo-12-5.jpg" data-mid="246147895" border="0"  src="https://freight.cargo.site/w/1000/i/8f3d09e23570b27393474d3888e55f519eb6ebd1e3646609b3d84e54f4243123/fanatismo-deportivo-12-5.jpg" /&#62;
Por Ricardo Enrique Ortiz
Después de mucho tiempo me senté a ver un juego de béisbol: Venezuela contra Japón en el Clásico Mundial. Lo curioso no era el partido, sino el público. Estaba en medio de un pequeño grupo de amigos donde, siendo honestos, solo dos sabíamos lo que estaba pasando: mi ex compañero de la universidad y yo, ambos criados en ese caos maravilloso que es el béisbol caribeño.

El resto miraba el juego con la misma expresión que uno pone cuando alguien intenta explicar las reglas del cricket en una sobremesa.

Las preguntas empezaron rápido: ¿por qué a veces nadie corre?, ¿por qué el lanzador parece tener más protagonismo que el bateador?, y, sobre todo, ¿por qué todo el mundo celebra algo que no se parece en nada a un gol? Vivir en un país donde todo termina explicándose a través del fútbol, el béisbol parece, al principio, un rompecabezas. De repente, como gallina mirando sal, uno de mis amigos soltó la pregunta inevitable:

—Rick… ¿cómo se juega béisbol?

En ese momento apareció el verdadero problema: ¿por dónde empezar a explicarlo? ¿Empiezo por las reglas? ¿O empiezo por todo lo que ocurre alrededor del juego?

Tal vez debía haber empezado por la calle. Porque para muchos el béisbol no empezó en un estadio ni frente a un televisor, sino en el barrio: con una pelota improvisada, un bate prestado y bases hechas con piedras o mochilas. Ahí es donde casi todos aprendimos a jugar pelota, discutiendo si fue out o quieto con la seriedad de un séptimo juego de Serie Mundial.

También pensé en decirle que el béisbol no es solo lo que pasa en el diamante, sino cómo se vive la pelota. El béisbol es el merengue dominicano sonando entre inning e inning; la plena boricua retumbando en las gradas de San Juan; la samba y los tambores bailándose en las tribunas venezolanas; la banda sinaloense convirtiendo un estadio mexicano en fiesta patronal; o la conga santiaguera marcando el ritmo de un juego en Cuba. Hacerle notar que el béisbol caribeño no se mira en silencio: se vive, se canta y se discute como si todo el barrio estuviera jugando el mismo partido.

Quizás empezar por la fanaticada. Pensé que tal vez eso sería más fácil de explicar que las reglas. Decirle que el béisbol tiene algo que todavía desconcierta a quienes vienen del mundo del fútbol: cierta civilización. Que uno puede ir al estadio, sentarse al lado de un fanático del equipo rival, compartir una cerveza y discutir si el umpire está ciego sin sentir que está invadiendo territorio enemigo. Que la rivalidad existe, claro, pero rara vez se vive como una guerra. Que uno puede “odiar” el uniforme del rival sin tener que odiar a la persona que lo lleva puesto.

Tal vez decirle que el béisbol también es un deporte global, uno donde algunos equipos existen gracias a la migración. Que Italia arma su roster con apellidos que crecieron jugando béisbol en
Estados Unidos. Que Israel reúne peloteros judíos formados en las ligas norteamericanas. Que los Países Bajos llegan con jugadores de Curazao y Aruba que aprendieron a batear mirando al Caribe. Y que Gran Bretaña aparece con una novena llena de herencias caribeñas. Que en el Clásico Mundial el mapa del béisbol no siempre coincide con el mapa político: muchas veces coincide con el mapa de las familias.

Mientras trataba de ordenar todas esas ideas —el barrio, la música, la migración, la fanaticada— el juego seguía avanzando en la pantalla. Venezuela jugaba con ese desorden creativo que caracteriza al béisbol caribeño, mientras Japón respondía con una disciplina casi coreografiada. Ver, de un lado, el béisbol que se baila y, del otro, el béisbol que se ensaya, era recordar que se trata del mismo juego, pero vivido como si fueran dos culturas distintas hablando con una pelota.

Tal vez esa era la verdadera respuesta a la pregunta. Porque el béisbol, al final, no se explica de una sola manera. Se aprende viéndolo, discutiéndolo, gritándolo y, a veces, simplemente dejándose llevar por ese momento en que alguien conecta la pelota y todo el mundo se levanta
al mismo tiempo.

Y entonces, por un instante, ya no necesitas que nadie te explique cómo se juega.</description>
		
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		<title>“Hay poemas sobre el miedo, el exilio y la crisis política venezolana”</title>
				
		<link>https://sellocultural.com/Hay-poemas-sobre-el-miedo-el-exilio-y-la-crisis-politica-venezolana</link>

		<pubDate>Mon, 23 Feb 2026 13:24:30 +0000</pubDate>

		<dc:creator>Sello Cultural</dc:creator>

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		<description>“Hay poemas sobre el miedo, el exilio y la crisis política venezolana”
Editorial Revista Poética presenta A un respiro de la orilla, una obra entrañable del poeta venezolano Manuel Hernández. 
&#60;img width="1214" height="1126" width_o="1214" height_o="1126" data-src="https://freight.cargo.site/t/original/i/fc9b671097a28b0985e60b561ac3d4ce945d125eb5e27b6b49027779380573ea/Screenshot-2026-03-15-at-23.47.55.png" data-mid="246064490" border="0"  src="https://freight.cargo.site/w/1000/i/fc9b671097a28b0985e60b561ac3d4ce945d125eb5e27b6b49027779380573ea/Screenshot-2026-03-15-at-23.47.55.png" /&#62;Manuel Hernández estudió ingeniería eléctrica en Venezuela y realizó estudios de posgrado en la Universidad de Cornell (Estados Unidos). Desde su diagnóstico de diabetes en 2002, se ha consolidado como un defensor global de los derechos de las personas con diabetes. 

Poeta desde su adolescencia, fue editor de Opinión en el periódico universitario y, tras su llegada a Estados Unidos en el año 2000, se desempeñó como editor de Tecnología en el portal bilingüe QuéPasa. 


 
Su más reciente poemario A un respiro de la orilla ya está disponible.

 ¿Qué va a encontrar el lector en este poemario?
Va a encontrar un libro que se pasea por el filo entre hundirse y llegar. Hay elegías a personas queridas, poemas sobre el miedo, la culpa, el exilio, la crisis política venezolana. Pero también hay música, cine y hasta un cóctel en Winter Park. Cada poema construye una escena concreta: no solo nombra la emoción, sino que la muestra. El libro está dividido en cuatro olas, como si el mar no terminara nunca de retirarse. El lector va a encontrar algo que reconocerá aunque no haya atravesado las mismas vivencias que yo.

¿Quién o qué respira en tu orilla?
Hay varias personas y personajes. Una de las personas más queridas es mi prima Alicia, que aparece en "Ojos azules" y ya no está. Carlos Souki, un querido amigo que fundó la Discotienda Esperanto en Caracas y la Librería Altamira en Miami, y cuya huella está registrada en el libro. Referencias musicales vitales para mí: Bill Evans tocando por última vez, David Bowie con sus pupilas de dos colores, Coltrane elevándose en espiral. Y Venezuela misma: las guacamayas que se llevaron sus colores a otros balcones, el silencio falso de Caracas en julio de 2024, los mangos en el pavimento. Todo eso respira y mucho más, o intenta respirar, en la orilla.

 ¿Cómo fue el proceso de escritura? ¿Tomaste un respiro para escribirlo?
Mi primer poemario, Laberinto, nació durante la pandemia, cuando me reencontré con la escritura después de años. Este libro fue fruto de ese impulso, pero con más oficio. He trabajado en talleres con Giovanna Rivero, María Antonieta Flores, Fedosy Santaella y otros. De hecho, dos de los poemas fueron el resultado directo de uno de esos talleres. Como proceso, me reuní durante buena parte de 2025 con Kira Kariakin, una gran amiga, poeta y editora, para revisar los textos que iba escribiendo. Su mirada aguda me ayudó a afinar los poemas y a crecer un poco más como poeta. Algunos textos llevan fecha: "Silencio" es del 31 de julio de 2024; "Entre los mangos", del 8 de agosto. La escritura de muchos de los poemas fue casi periodismo del alma, a partir de apuntes tomados en medio del caos, en caliente. El respiro vino después, al ordenar todo en olas.

¿Qué tan presentes están la migración y tu país en los poemas?
Muy presentes. Hay un poema que termina así: "Todo / pasa / me lo dijeron / saliendo de Venezuela, / en septiembre de 2024". Esa fue la última vez que estuve en Venezuela, mi país de origen. El libro registra lo que ocurrió allá en ese año electoral: la represión, el silencio de las armas, la transmisión en vivo de la detención de María Oropeza, quien recientemente fue liberada. Y también registra la diáspora interior: cargar el país por dentro mientras uno vive fuera. "Mudanza" y "Final call" se refieren a ese desplazamiento.

¿Algún autor o libro que te cambió la vida?
El libro tiene muchas pistas claras. Un autor que empecé a leer luego de su muerte en 2024 fue Paul Auster, y le rindo un pequeño tributo a través del epígrafe del poema "Correr frente a ti". Rafael Cadenas, la voz poética venezolana más honda para mí, abre "La culpa". Si tuviera que elegir un libro que me cambió al reencontrarme con la literatura, diría que fue Amante de Cadenas. Me enseñó que la contención puede ser más poderosa que la elocuencia. Dos libros más que me tocaron de cerca fueron Paisaje con grano de arena, de Wisława Szymborska y Devotions, de Mary Oliver.

 ¿Crees que la IA aprenderá a escribir poemas?
Ya los escribe. La pregunta más interesante es si algún día logrará evocar emociones que hoy en día sólo alguien que vio o vivió algo puede sentir. Un poema como "Ojos azules" existe porque mi prima murió de cáncer. "Mariupol" existe porque una madre escribió los grupos sanguíneos en los brazos de sus hijos antes de que los mataran en Ucrania. La IA puede imitar la forma de ese dolor con una precisión asombrosa. Pero no habrá nadie que llore al terminar el poema. Y eso, por ahora, marca la diferencia.</description>
		
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		<title>"Aprendí que un buen personaje no es bueno ni malo: es complejo"</title>
				
		<link>https://sellocultural.com/Aprendi-que-un-buen-personaje-no-es-bueno-ni-malo-es-complejo</link>

		<pubDate>Mon, 23 Feb 2026 12:58:08 +0000</pubDate>

		<dc:creator>Sello Cultural</dc:creator>

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		<description>"Aprendí que un buen personaje no es bueno ni malo: es complejo"
Entrevista a Miguel Molina Díaz

&#60;img width="1920" height="1080" width_o="1920" height_o="1080" data-src="https://freight.cargo.site/t/original/i/70af2bf765043132f8445f30a6816e93801ad75be2cc5eaa847610b42ebea51c/Bruma.png" data-mid="245217095" border="0"  src="https://freight.cargo.site/w/1000/i/70af2bf765043132f8445f30a6816e93801ad75be2cc5eaa847610b42ebea51c/Bruma.png" /&#62;A la comunidad lectora:
Debo confesar algo: esta entrevista estaba lista desde 2023. Revisada, corregida, planchadita. Lista para salir al mundo. ¿Y qué pasó?
Pues… la guardé tan bien que me olvidé dónde.

Hoy, tres años después, apareció entre recibos, manuscritos, entradas de cine y un separador de migas de pan (no pregunten).
Así que, como padrino de Bruma, vengo a ofrecer mis más sinceras disculpas por esta demora. No fue negligencia: fue arqueología literaria involuntaria.

Gracias por la paciencia. El texto llega tarde, sí, pero llega con más experiencia, más humor y menos pelo (al menos yo).
Disfrútenla. Yo ya me tardé lo suficiente.Por Ricardo Enrique Ortiz

Escritor, abogado y trotamundos, Miguel Molina Díaz publicó en este (o ese) 2023 su tercera obra, Bruma, bajo el sello de Seix Barral. En esta novela de ficción, la perseverancia y la obsesión de su protagonista no son más que un eco del miedo a fracasar. Hablar de Miguel Molina Díaz es hablar de la capacidad de transformar emociones en palabras. Su escritura —precisa, atmosférica, profundamente sensorial— traslada al lector a múltiples escenarios, lo obliga a escudriñar cada detalle y lo mantiene en tensión desde la primera hasta la última página. Su narrativa, clara y envolvente, convierte incluso al lector más casual en uno curioso.

Tras Postales (2017) y Cuaderno de la lluvia (2020), Bruma irrumpe como una novela que invita a soñar, solo para despertar de golpe. Ambientada en Barcelona, la ciudad de Carmen Balcells y Carlos Barral, y con una evidente retrospectiva literaria, cuenta la historia de Emilio Cuevas Salazar, un joven periodista ecuatoriano decidido a convertirse en una leyenda de la literatura latinoamericana. Sin embargo, durante su estadía en la ciudad de Las Ramblas, su identidad se disuelve entre aspiraciones, mentiras y situaciones que jamás terminan de ocurrir.

Como un metaverso literario, la novela entreteje sueños, miedos y desengaños, y se instala con naturalidad dentro de los títulos imprescindibles de la narrativa ecuatoriana contemporánea. Bruma es una obra que exige haber atravesado todos los estados emocionales posibles para comprender su hondura.
Desde un Pub en Quito,&#38;nbsp;Miguel Molina Díaz respondió las preguntas de SC:

Muchas gracias Ricardo por esta introducción que has hecho y también por generar este espacio para que conversemos sobre mi novela.

Bueno, para empezar, antes que nada, brindemos por el lanzamiento de la novela. (Sí, en ese momento ya teníamos una cerveza en la mano). Esa mezcla de emociones me lleva a la primera pregunta: ¿Para entender Bruma hay que haber pasado por todos los estados emocionales posibles?

Creo que en el arte siempre intervienen dos experiencias: la de quien crea y la de quien recibe. Y en ambos lados es necesario haber transitado por los distintos estadios de la emocionalidad humana para poder comunicarse a través de una obra. ¿Por qué funciona una historia de amor? ¿Por qué nos golpea una historia sobre la muerte? Porque son sensaciones, sentimientos y experiencias que, de un modo u otro, nos han atravesado a todos.
 En ese sentido, para que Bruma funcione, tanto el lector como el escritor necesitan haber experimentado esos estados emocionales a los que tú haces alusión.

Algo que hemos comentado estos días mientras leíamos la novela es ese constante sube y baja emocional que viven el protagonista y sus compañeros. Al final, uno termina sintiéndose identificado con cada personaje porque todos hemos atravesado algo parecido. ¿Cómo afrontaste eso al escribir la historia y cómo logras proyectarlo en la narración?
Es un tema muy interesante el que señalas, porque tiene que ver con ese desafío inmenso que implica crear un personaje. Como lector aprendí que un buen personaje no es bueno ni malo: es complejo. No existe gente completamente buena ni completamente mala; el ser humano está hecho de matices. Y esa es, justamente, la dificultad al escribir: construir personajes verosímiles, con humanidad, con esa complejidad que nos hace reales.

En ese sentido, tu pregunta apunta al corazón del asunto. Una de las mayores dificultades que tuve al escribir la novela fue precisamente cómo dar vida a estos personajes. Y me di cuenta de que, en cierto modo, son una especie de Frankenstein. Un personaje literario se construye tomando pequeños fragmentos de muchas personas: vas juntando pedazos hasta que cobra forma. Martina, Belén, Jordi y Emilio tienen, claro, elementos que provienen de experiencias mías, pero sobre todo están hechos de retazos de mucha gente: amigos, compañeros de trabajo, personas con las que estudié. De todos ellos fui tomando algo para armar estos “monigotes” a los que, eventualmente, pude dotar de vida literaria.

Hay un punto interesante en esto de crear personajes tipo la criatura creada por el Dr. Frankenstein. Para lograrlos, uno necesita muchas referencias, y Bruma es una novela profundamente referencial. Lo hemos conversado: para construir un buen personaje hace falta tener a mano múltiples fragmentos de distintas vidas. En mi caso, Belén es el personaje que más me conmueve —ya lo hemos hablado— por toda la historia que arrastra consigo. Pero justamente por eso me pregunto: ¿cómo construiste un personaje tan referencial como Belén, sabiendo que no estabas allí, que no habitaste ese espacio? ¿Cómo se crea a alguien así desde la distancia?
El caso de Belén es particular, porque como personaje encarna la dimensión política de la novela. Ella está ahí porque representa muchas de las tensiones necesarias para construir una atmósfera que permita una lectura política y literaria de lo que vive América Latina. Es una estudiante de doctorado en España en un momento político muy interesante: el auge del independentismo catalán. Y al mismo tiempo, se mueve en una academia donde el tema de género es central en las reflexiones intelectuales, especialmente en el entorno europeo en el que ella estudia. Pero, quizá lo más crucial es que Belén es venezolana. Ella parte de Venezuela con la certeza de que, si quería desarrollar una vida intelectual, una vida como escritora, Europa le ofrecía más posibilidades que la situación venezolana de 2013, el año en que transcurre la novela, un momento profundamente convulso. De hecho, dentro de la historia, algunos de sus compañeros de universidad son detenidos durante las protestas de febrero de 2014, y eso forma parte de su carga emocional y narrativa.
Belén, entonces, es para mí la encarnación de esa dimensión político-histórica de la novela. Por eso era un personaje fundamental: porque me permitía reflexionar sobre el momento histórico en el que Bruma se desarrolla.

Hubo partes del libro que me hicieron pensar en la literatura venezolana de los 90, o incluso en cierta literatura colombiana de los 90 y 2000, donde hay un lenguaje social muy referencial. Aunque el boom latinoamericano siempre se asocie a cuatro países, eso no significa que no existieran voces importantes en otros lugares, como Venezuela o Ecuador, por ejemplo. Con todo esto en mente, ¿Podemos hablar de una visión regionalista dentro de la literatura latinoamericana?
El boom tiene muchas más figuras de las que normalmente se mencionan. En especial, las escritoras latinoamericanas de esa época, que fueron extraordinarias, pero que rara vez han sido colocadas en el centro del fenómeno. Si hacemos una lectura crítica, descubrimos que el boom es mucho más amplio de lo que suele narrarse. Hay voces de toda América Latina que formaron parte de ese movimiento, aunque no siempre hayan recibido el mismo reconocimiento.

Lo que mencionas es interesante porque, para mí, la tradición importa mucho. Y por eso intenté que la novela dialogara con distintas tradiciones literarias del continente. Quizá por eso encuentras ecos de corrientes venezolanas o colombianas: realmente quise conversar con la literatura latinoamericana en su sentido más amplio, y también con la venezolana en particular. De hecho, hubo un autor especialmente importante cuando empecé a pensar esta novela: Juan Carlos Méndez Guédez. Lo leí, lo estudié y, como suele ocurrir con aquello que uno incorpora con atención, terminó acompañándome de alguna manera en mi propio proceso creativo.

A partir de lo que comentas —esa voluntad de dialogar con la tradición latinoamericana y, al mismo tiempo, dejarte sorprender por lo que aparece en el proceso creativo—, ¿dirías que con Bruma encontraste algo nuevo en lo que creer como escritor?
Bueno, la parte de las entrevistas quizá fue la más divertida para mí como escritor. Ahí es donde la escritura realmente se volvió un desafío, porque tenía que crear algo sin tener ninguna pista previa. Pero, al mismo tiempo, esa necesidad de investigar el pensamiento supuesto de estas personas —para imaginar cómo sería entrevistarlas dentro de la novela— también resultó muy entretenida. Creo, de hecho, que las entrevistas son divertidas.

Es interesante, porque yo he hecho entrevistas a escritores durante mi carrera periodística, y en algún momento me pregunté: “¿Y si uso a los escritores que ya entrevisté?”. Pero ahí surgía un problema: iba a terminar sesgado como autor. Por eso decidí que Emilio “entrevistara” a escritores con los que yo nunca he dialogado. En la novela eso tiene una dimensión un poco tramposa, claro, pero la idea era justamente esa: que Emilio se acercara a voces que yo no conocía, para que yo pudiera escribir sus entrevistas desde cero, sin apoyarme en ninguna de las que hice en el pasado.
 
Entonces, ¿creíste en Emilio?
Claro, por ejemplo, yo sí he entrevistado a Vila-Matas. Emilio no. Emilio quiere entrevistarlo, pero no puede —ahí estoy dando un pequeño spoiler—. Justamente por eso, para mí hubiera sido imposible, creativamente, hacer que Emilio hablara con Vila-Matas: yo ya estaría condicionado por mis propias entrevistas, por los temas que sé que podrían surgir y por la manera en que él respondería. Así que, para evitar ese sesgo, tuve que construir esas entrevistas desde cero, con escritores a los que yo no conocía de ningún modo. Y desde cero también tuve que investigar su pensamiento, su forma de expresarse, su tono, para que pudieran dialogar en la novela con coherencia y, sobre todo, con una voz propia.

Escuchar al personaje.
Escuchar al personaje en su propia coherencia. Porque en el momento en que ya me imagino a Emilio, sé de qué es capaz y de qué no, y eso me daba una ruta para la escritura. No puedo hacer que Emilio haga cosas que no podría hacer, pero sí aquello que él quiere y puede hacer. Y así con todos. Entonces se va volviendo como un mapa para el escritor —al menos así me pasó a mí— de cómo iba a transcurrir la historia.

Y sí, se podría decir que son como voces. Por eso también me costó despedirme de ellos cuando terminé la novela. Recuerdo que debía estar en el 30–35% de la escritura cuando empezó la pandemia en Nueva York. Y claro, los primeros días fueron brutales, Ricardo, tú lo recordarás: la humanidad no sabía qué iba a pasar. Ya casi hemos olvidado lo traumáticos que fueron esos días. Guayaquil vivió escenas de horror, cantidades de muertes. Nueva York también. Y yo estaba allá, encerrado con mis roommates —porque yo estudiaba mi maestría y ellos también— y me acuerdo de leer las noticias del número brutal de fallecidos. Y estaba tan compenetrado con mis personajes que pensé: “No me puede dar COVID, porque quiero terminar de contar su historia. No quiero morirme antes de que me terminen de decir lo que me quieren decir”.

Conocerlos. Y conocerlos más, tal vez.
Conocerlos aun más, claro, porque recién los estaba conociendo. Iba por el 30% de la novela. Faltaba el otro 70%. Y yo no quería que me pasara nada que impidiera que la novela se completara. Quería cumplir con esos personajes que ya estaban en mi mente y me hablaban.

Mencionaste cómo dejabas ir a los personajes cuando terminaste la novela: “Chao Emilio, chao Belén, chao Jordi, chao Martina”. ¿No crees que alguno de ellos merece continuar?
Es probable que alguno vuelva a aparecer en mi vida de escritor, en mi vida literaria. Jordi, por ejemplo, es un personaje muy interesante. El otro día un lector me dijo: “Jordi… yo a ratos no sé si existe o si es un amigo imaginario del protagonista”. Y yo pensé: puede ser, pero según yo sí existe. Aunque cada lector tiene derecho a sentirlo distinto. Creo que Jordi podría tener otras decantaciones. No lo sé, habría que ver qué sucede. No descarto que alguno regrese, incluso Belén. Belén es un personaje súper interesante, que termina su participación en un momento crítico de su vida y deja la duda: ¿qué pasa después con ella? ¿Qué pasa después con Belén?

Entonces ¿Martina podría ser un personaje ficticio en la vida de Emilio?
Absolutamente. Es interesante lo que dices. Incluso si Martina no es ficticia, en la vida de Emilio sí existe una Martina ficticia en su cabeza.

Si lo llevamos a un plano lineal: Emilio conoció a Martina, vivieron la historia de amor y desamor, pero ella termina siendo un personaje ficticio.
Claro. Y ojo que tú, en una conversación que tuvimos, me ayudaste a entender por qué Martina es real. Yo había pensado a Martina como completamente inocente en todo lo que ocurre en la novela. Y tal vez sí, pero tú me hiciste dudar. Me hiciste ver que también es un personaje complejo, como debe serlo cualquier personaje literario: ni totalmente bueno ni totalmente malo. Y quizá ella también entendía cosas que pudo haber detenido si hubiera sido más clara. Pero nunca es completamente clara. Quizá ella tampoco puede soltar oportunamente, y eso alimenta la imaginación de Emilio.
 
Para prevenir o por querer estar segura de algo.
Claro, como personaje. Porque, en verdad, el gran responsable de su propio sufrimiento es Emilio. A todas luces. Él es el único culpable de los problemas que se crea.

En una parte de la novela, Belén menciona una frase que marca toda la trama de la obra: “la historia es…”
Triste.

Exacto. ¿Consideras que Bruma puede ser una novela triste?
Ojalá que sí, porque amo la tristeza. Oigo música triste, amo las películas tristes. Somos andinos: nos alegramos con música triste. Pero creo que logré algo que no imaginé: construir una historia con humor también. No estoy seguro de que sea tan triste como pensé al inicio. Tiene más diversión, más suerte. Si hay tristeza, está sobre todo en Belén. Ella vive la tristeza de ver a su país deshacerse y ser parte de una diáspora, aunque en su caso privilegiada.

Si cada personaje tiene un sentido de pertenencia, perseverancia vs. suerte, miedos vs. sueños… ¿Cómo el engaño se convierte en herramienta de perseverancia?
Porque es muy humano. Y si se me permite, muy latinoamericano y ecuatoriano. Piensa en tantas figuras de nuestra cultura, incluso las atroces, como la del narco. Ese deseo de éxito, poder, dinero, dispuesto a todo. En la novela no hay crimen en esa escala, claro, pero esa lógica está. Emilio, en ese sentido, es un personaje complejo.

Complejo y frío, calculador incluso.
No tanto calculador, como afortunado. Tiene mucha suerte. Y es práctico.

Entonces, si hubiera un nuevo “boom” ¿Emilio sería un referente de esa nueva camada de escritores latinoamericanos?
No creo… pero tampoco lo descarto. Ahí lo dirán los lectores.
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