"Aprendí que un buen personaje no es bueno ni malo: es complejo"
Entrevista a Miguel Molina Díaz
A la comunidad lectora:
Debo confesar algo: esta entrevista estaba lista desde 2023. Revisada, corregida, planchadita. Lista para salir al mundo. ¿Y qué pasó?
Pues… la guardé tan bien que me olvidé dónde.
Hoy, tres años después, apareció entre recibos, manuscritos, entradas de cine y un separador de migas de pan (no pregunten).
Así que, como padrino de Bruma, vengo a ofrecer mis más sinceras disculpas por esta demora. No fue negligencia: fue arqueología literaria involuntaria.
Gracias por la paciencia. El texto llega tarde, sí, pero llega con más experiencia, más humor y menos pelo (al menos yo).
Disfrútenla. Yo ya me tardé lo suficiente.
Por Ricardo Enrique OrtizDebo confesar algo: esta entrevista estaba lista desde 2023. Revisada, corregida, planchadita. Lista para salir al mundo. ¿Y qué pasó?
Pues… la guardé tan bien que me olvidé dónde.
Hoy, tres años después, apareció entre recibos, manuscritos, entradas de cine y un separador de migas de pan (no pregunten).
Así que, como padrino de Bruma, vengo a ofrecer mis más sinceras disculpas por esta demora. No fue negligencia: fue arqueología literaria involuntaria.
Gracias por la paciencia. El texto llega tarde, sí, pero llega con más experiencia, más humor y menos pelo (al menos yo).
Disfrútenla. Yo ya me tardé lo suficiente.
Escritor, abogado y trotamundos, Miguel Molina Díaz publicó en este (o ese) 2023 su tercera obra, Bruma, bajo el sello de Seix Barral. En esta novela de ficción, la perseverancia y la obsesión de su protagonista no son más que un eco del miedo a fracasar. Hablar de Miguel Molina Díaz es hablar de la capacidad de transformar emociones en palabras. Su escritura —precisa, atmosférica, profundamente sensorial— traslada al lector a múltiples escenarios, lo obliga a escudriñar cada detalle y lo mantiene en tensión desde la primera hasta la última página. Su narrativa, clara y envolvente, convierte incluso al lector más casual en uno curioso.
Tras Postales (2017) y Cuaderno de la lluvia (2020), Bruma irrumpe como una novela que invita a soñar, solo para despertar de golpe. Ambientada en Barcelona, la ciudad de Carmen Balcells y Carlos Barral, y con una evidente retrospectiva literaria, cuenta la historia de Emilio Cuevas Salazar, un joven periodista ecuatoriano decidido a convertirse en una leyenda de la literatura latinoamericana. Sin embargo, durante su estadía en la ciudad de Las Ramblas, su identidad se disuelve entre aspiraciones, mentiras y situaciones que jamás terminan de ocurrir.
Como un metaverso literario, la novela entreteje sueños, miedos y desengaños, y se instala con naturalidad dentro de los títulos imprescindibles de la narrativa ecuatoriana contemporánea. Bruma es una obra que exige haber atravesado todos los estados emocionales posibles para comprender su hondura.
Desde un Pub en Quito, Miguel Molina Díaz respondió las preguntas de SC:
Muchas gracias Ricardo por esta introducción que has hecho y también por generar este espacio para que conversemos sobre mi novela.
Bueno, para empezar, antes que nada, brindemos por el lanzamiento de la novela. (Sí, en ese momento ya teníamos una cerveza en la mano). Esa mezcla de emociones me lleva a la primera pregunta: ¿Para entender Bruma hay que haber pasado por todos los estados emocionales posibles?
Creo que en el arte siempre intervienen dos experiencias: la de quien crea y la de quien recibe. Y en ambos lados es necesario haber transitado por los distintos estadios de la emocionalidad humana para poder comunicarse a través de una obra. ¿Por qué funciona una historia de amor? ¿Por qué nos golpea una historia sobre la muerte? Porque son sensaciones, sentimientos y experiencias que, de un modo u otro, nos han atravesado a todos.
En ese sentido, para que Bruma funcione, tanto el lector como el escritor necesitan haber experimentado esos estados emocionales a los que tú haces alusión.
Algo que hemos comentado estos días mientras leíamos la novela es ese constante sube y baja emocional que viven el protagonista y sus compañeros. Al final, uno termina sintiéndose identificado con cada personaje porque todos hemos atravesado algo parecido. ¿Cómo afrontaste eso al escribir la historia y cómo logras proyectarlo en la narración?
Es un tema muy interesante el que señalas, porque tiene que ver con ese desafío inmenso que implica crear un personaje. Como lector aprendí que un buen personaje no es bueno ni malo: es complejo. No existe gente completamente buena ni completamente mala; el ser humano está hecho de matices. Y esa es, justamente, la dificultad al escribir: construir personajes verosímiles, con humanidad, con esa complejidad que nos hace reales.
En ese sentido, tu pregunta apunta al corazón del asunto. Una de las mayores dificultades que tuve al escribir la novela fue precisamente cómo dar vida a estos personajes. Y me di cuenta de que, en cierto modo, son una especie de Frankenstein. Un personaje literario se construye tomando pequeños fragmentos de muchas personas: vas juntando pedazos hasta que cobra forma. Martina, Belén, Jordi y Emilio tienen, claro, elementos que provienen de experiencias mías, pero sobre todo están hechos de retazos de mucha gente: amigos, compañeros de trabajo, personas con las que estudié. De todos ellos fui tomando algo para armar estos “monigotes” a los que, eventualmente, pude dotar de vida literaria.
Hay un punto interesante en esto de crear personajes tipo la criatura creada por el Dr. Frankenstein. Para lograrlos, uno necesita muchas referencias, y Bruma es una novela profundamente referencial. Lo hemos conversado: para construir un buen personaje hace falta tener a mano múltiples fragmentos de distintas vidas. En mi caso, Belén es el personaje que más me conmueve —ya lo hemos hablado— por toda la historia que arrastra consigo. Pero justamente por eso me pregunto: ¿cómo construiste un personaje tan referencial como Belén, sabiendo que no estabas allí, que no habitaste ese espacio? ¿Cómo se crea a alguien así desde la distancia?
El caso de Belén es particular, porque como personaje encarna la dimensión política de la novela. Ella está ahí porque representa muchas de las tensiones necesarias para construir una atmósfera que permita una lectura política y literaria de lo que vive América Latina. Es una estudiante de doctorado en España en un momento político muy interesante: el auge del independentismo catalán. Y al mismo tiempo, se mueve en una academia donde el tema de género es central en las reflexiones intelectuales, especialmente en el entorno europeo en el que ella estudia. Pero, quizá lo más crucial es que Belén es venezolana. Ella parte de Venezuela con la certeza de que, si quería desarrollar una vida intelectual, una vida como escritora, Europa le ofrecía más posibilidades que la situación venezolana de 2013, el año en que transcurre la novela, un momento profundamente convulso. De hecho, dentro de la historia, algunos de sus compañeros de universidad son detenidos durante las protestas de febrero de 2014, y eso forma parte de su carga emocional y narrativa.
Belén, entonces, es para mí la encarnación de esa dimensión político-histórica de la novela. Por eso era un personaje fundamental: porque me permitía reflexionar sobre el momento histórico en el que Bruma se desarrolla.
Hubo partes del libro que me hicieron pensar en la literatura venezolana de los 90, o incluso en cierta literatura colombiana de los 90 y 2000, donde hay un lenguaje social muy referencial. Aunque el boom latinoamericano siempre se asocie a cuatro países, eso no significa que no existieran voces importantes en otros lugares, como Venezuela o Ecuador, por ejemplo. Con todo esto en mente, ¿Podemos hablar de una visión regionalista dentro de la literatura latinoamericana?
El boom tiene muchas más figuras de las que normalmente se mencionan. En especial, las escritoras latinoamericanas de esa época, que fueron extraordinarias, pero que rara vez han sido colocadas en el centro del fenómeno. Si hacemos una lectura crítica, descubrimos que el boom es mucho más amplio de lo que suele narrarse. Hay voces de toda América Latina que formaron parte de ese movimiento, aunque no siempre hayan recibido el mismo reconocimiento.
Lo que mencionas es interesante porque, para mí, la tradición importa mucho. Y por eso intenté que la novela dialogara con distintas tradiciones literarias del continente. Quizá por eso encuentras ecos de corrientes venezolanas o colombianas: realmente quise conversar con la literatura latinoamericana en su sentido más amplio, y también con la venezolana en particular. De hecho, hubo un autor especialmente importante cuando empecé a pensar esta novela: Juan Carlos Méndez Guédez. Lo leí, lo estudié y, como suele ocurrir con aquello que uno incorpora con atención, terminó acompañándome de alguna manera en mi propio proceso creativo.
A partir de lo que comentas —esa voluntad de dialogar con la tradición latinoamericana y, al mismo tiempo, dejarte sorprender por lo que aparece en el proceso creativo—, ¿dirías que con Bruma encontraste algo nuevo en lo que creer como escritor?
Bueno, la parte de las entrevistas quizá fue la más divertida para mí como escritor. Ahí es donde la escritura realmente se volvió un desafío, porque tenía que crear algo sin tener ninguna pista previa. Pero, al mismo tiempo, esa necesidad de investigar el pensamiento supuesto de estas personas —para imaginar cómo sería entrevistarlas dentro de la novela— también resultó muy entretenida. Creo, de hecho, que las entrevistas son divertidas.
Es interesante, porque yo he hecho entrevistas a escritores durante mi carrera periodística, y en algún momento me pregunté: “¿Y si uso a los escritores que ya entrevisté?”. Pero ahí surgía un problema: iba a terminar sesgado como autor. Por eso decidí que Emilio “entrevistara” a escritores con los que yo nunca he dialogado. En la novela eso tiene una dimensión un poco tramposa, claro, pero la idea era justamente esa: que Emilio se acercara a voces que yo no conocía, para que yo pudiera escribir sus entrevistas desde cero, sin apoyarme en ninguna de las que hice en el pasado.
Entonces, ¿creíste en Emilio?
Claro, por ejemplo, yo sí he entrevistado a Vila-Matas. Emilio no. Emilio quiere entrevistarlo, pero no puede —ahí estoy dando un pequeño spoiler—. Justamente por eso, para mí hubiera sido imposible, creativamente, hacer que Emilio hablara con Vila-Matas: yo ya estaría condicionado por mis propias entrevistas, por los temas que sé que podrían surgir y por la manera en que él respondería. Así que, para evitar ese sesgo, tuve que construir esas entrevistas desde cero, con escritores a los que yo no conocía de ningún modo. Y desde cero también tuve que investigar su pensamiento, su forma de expresarse, su tono, para que pudieran dialogar en la novela con coherencia y, sobre todo, con una voz propia.
Escuchar al personaje.
Escuchar al personaje en su propia coherencia. Porque en el momento en que ya me imagino a Emilio, sé de qué es capaz y de qué no, y eso me daba una ruta para la escritura. No puedo hacer que Emilio haga cosas que no podría hacer, pero sí aquello que él quiere y puede hacer. Y así con todos. Entonces se va volviendo como un mapa para el escritor —al menos así me pasó a mí— de cómo iba a transcurrir la historia.
Y sí, se podría decir que son como voces. Por eso también me costó despedirme de ellos cuando terminé la novela. Recuerdo que debía estar en el 30–35% de la escritura cuando empezó la pandemia en Nueva York. Y claro, los primeros días fueron brutales, Ricardo, tú lo recordarás: la humanidad no sabía qué iba a pasar. Ya casi hemos olvidado lo traumáticos que fueron esos días. Guayaquil vivió escenas de horror, cantidades de muertes. Nueva York también. Y yo estaba allá, encerrado con mis roommates —porque yo estudiaba mi maestría y ellos también— y me acuerdo de leer las noticias del número brutal de fallecidos. Y estaba tan compenetrado con mis personajes que pensé: “No me puede dar COVID, porque quiero terminar de contar su historia. No quiero morirme antes de que me terminen de decir lo que me quieren decir”.
Conocerlos. Y conocerlos más, tal vez.
Conocerlos aun más, claro, porque recién los estaba conociendo. Iba por el 30% de la novela. Faltaba el otro 70%. Y yo no quería que me pasara nada que impidiera que la novela se completara. Quería cumplir con esos personajes que ya estaban en mi mente y me hablaban.
Mencionaste cómo dejabas ir a los personajes cuando terminaste la novela: “Chao Emilio, chao Belén, chao Jordi, chao Martina”. ¿No crees que alguno de ellos merece continuar?
Es probable que alguno vuelva a aparecer en mi vida de escritor, en mi vida literaria. Jordi, por ejemplo, es un personaje muy interesante. El otro día un lector me dijo: “Jordi… yo a ratos no sé si existe o si es un amigo imaginario del protagonista”. Y yo pensé: puede ser, pero según yo sí existe. Aunque cada lector tiene derecho a sentirlo distinto. Creo que Jordi podría tener otras decantaciones. No lo sé, habría que ver qué sucede. No descarto que alguno regrese, incluso Belén. Belén es un personaje súper interesante, que termina su participación en un momento crítico de su vida y deja la duda: ¿qué pasa después con ella? ¿Qué pasa después con Belén?
Entonces ¿Martina podría ser un personaje ficticio en la vida de Emilio?
Absolutamente. Es interesante lo que dices. Incluso si Martina no es ficticia, en la vida de Emilio sí existe una Martina ficticia en su cabeza.
Si lo llevamos a un plano lineal: Emilio conoció a Martina, vivieron la historia de amor y desamor, pero ella termina siendo un personaje ficticio.
Claro. Y ojo que tú, en una conversación que tuvimos, me ayudaste a entender por qué Martina es real. Yo había pensado a Martina como completamente inocente en todo lo que ocurre en la novela. Y tal vez sí, pero tú me hiciste dudar. Me hiciste ver que también es un personaje complejo, como debe serlo cualquier personaje literario: ni totalmente bueno ni totalmente malo. Y quizá ella también entendía cosas que pudo haber detenido si hubiera sido más clara. Pero nunca es completamente clara. Quizá ella tampoco puede soltar oportunamente, y eso alimenta la imaginación de Emilio.
Para prevenir o por querer estar segura de algo.
Claro, como personaje. Porque, en verdad, el gran responsable de su propio sufrimiento es Emilio. A todas luces. Él es el único culpable de los problemas que se crea.
En una parte de la novela, Belén menciona una frase que marca toda la trama de la obra: “la historia es…”
Triste.
Exacto. ¿Consideras que Bruma puede ser una novela triste?
Ojalá que sí, porque amo la tristeza. Oigo música triste, amo las películas tristes. Somos andinos: nos alegramos con música triste. Pero creo que logré algo que no imaginé: construir una historia con humor también. No estoy seguro de que sea tan triste como pensé al inicio. Tiene más diversión, más suerte. Si hay tristeza, está sobre todo en Belén. Ella vive la tristeza de ver a su país deshacerse y ser parte de una diáspora, aunque en su caso privilegiada.
Si cada personaje tiene un sentido de pertenencia, perseverancia vs. suerte, miedos vs. sueños… ¿Cómo el engaño se convierte en herramienta de perseverancia?
Porque es muy humano. Y si se me permite, muy latinoamericano y ecuatoriano. Piensa en tantas figuras de nuestra cultura, incluso las atroces, como la del narco. Ese deseo de éxito, poder, dinero, dispuesto a todo. En la novela no hay crimen en esa escala, claro, pero esa lógica está. Emilio, en ese sentido, es un personaje complejo.
Complejo y frío, calculador incluso.
No tanto calculador, como afortunado. Tiene mucha suerte. Y es práctico.
Entonces, si hubiera un nuevo “boom” ¿Emilio sería un referente de esa nueva camada de escritores latinoamericanos?
No creo… pero tampoco lo descarto. Ahí lo dirán los lectores.

