Aún es de noche (y sabemos cuándo empezó) en Caracas
Esto no es una reseña. Es memoria.
Lo que el cine hoy dramatiza, para algunos fue aprendizaje forzado:
vivir sin guion, sin banda sonora y sin garantías de amanecer.
Lo que el cine hoy dramatiza, para algunos fue aprendizaje forzado:
vivir sin guion, sin banda sonora y sin garantías de amanecer.
Imagen cortesía
Por Ricardo Enrique Ortíz
12 de febrero de 2014. Caracas no estaba para posar; bastante tenía con sobrevivirse. Ese día, una cámara no era una herramienta: era casi una provocación, un recordatorio incómodo para quienes defendían una ideología que parecía salida de una versión tropical y mal editada del realismo mágico.
Salí con el equipo colgado al cuello y esa ingenuidad profesional que te hace creer que documentar es una especie de chaleco antibalas moral. Pensaba —qué ternura— que el lente podía ordenar el caos; que, si lograba encuadrar la rabia, esta se comportaría. Caracas hervía, y yo jugando a buscar foco mientras la ciudad hacía exactamente lo contrario.
No había técnica que valiera. No se trata de ISO ni de diafragma cuando estás respirando gas y escuchando detonaciones. La cámara no ordena el caos. Solo lo registra. Y ese día lo que se rompía no era el encuadre: era la versión oficial de la realidad.
Ese día los disparos no tenían el mismo sonido, pero sí el mismo efecto: interrumpían. Yo disparaba ráfagas de obturador intentando congelar lo que se deshacía frente a mí; otros disparaban para callarlo. La calle era una estampida desordenada: gente que huía sin saber exactamente de qué, corrían porque quedarse quietos no era opción.
Entre el humo y los gritos, entendí que mi cámara hacía clic para recordar, mientras las armas hacían eco para borrar. Y en medio de esa coreografía vespertina, absurda de gas y concreto, a Bassil da Costa Caracas se le hizo de noche literalmente de un disparo.
Y cuando la última luz de ese día se apagó con el disparo que le arrebató la vida a Bassil, entendí de golpe lo que después confirmé al conocer el título de la película Aún es de noche en Caracas: no se refiere solo a la oscuridad literal, sino a una ciudad que aprendió a vivir en penumbras, a navegar por calles donde la violencia, la descomposición social y la incertidumbre se volvieron parte del paisaje cotidiano.
Doce años después, ver Aún es de noche en Caracas en una pantalla no fue ver cine: fue ver un espejo con presupuesto. Lo que otros llaman ficción o drama es, en realidad, el mismo gris opresivo que conocí en las calles: miedo, desarraigo, violencia cotidiana y supervivencia como modo de estar vivo. La película —adaptación de la novela La hija de la española que decide narrar el colapso social venezolano como una experiencia visceral de encierro, duelo y supervivencia en medio de un país que se desmorona— no imagina una Caracas caótica, la describe con una brutalidad familiar, haciendo que el espectador sufra el derrumbe social como se sufrió en algún momento.
Reconocer la ciudad fue sencillo; lo incómodo fue reconocerme. Sentado en la butaca, con aire acondicionado y sonido envolvente, mi cuerpo reaccionó antes que mi cabeza: la respiración más corta en las escenas de tensión, los hombros rígidos cuando la pantalla se llenaba de humo, esa alerta vieja que uno aprende a domesticar, pero nunca desaparece del todo. No era nostalgia; era memoria corporal. La película no me contó lo que pasó. Me recordó cómo se sentía estar ahí: la vigilancia constante, el cálculo automático de salidas, el cansancio de vivir midiendo riesgos. Uno puede cambiar de país, de rutina, de discurso… pero el cuerpo guarda su propia hemeroteca.
Más perturbador que el recuerdo mismo es admitir lo rápido que aprendimos a convivir con la violencia. Al principio cada disparo paralizaba; después solo nos hacía agacharnos. El gas lacrimógeno dejó de ser noticia para convertirse en referencia geográfica: “no pases por ahí que están reprimiendo”. Empezamos a medir los días no por el clima, sino por la intensidad de las detonaciones. La violencia dejó de ser excepción y se volvió logística. Y eso —más que el humo o los gritos— es lo que todavía incomoda al verla en pantalla: aceptar que respirar gas se volvió parte del paisaje y que seguir caminando después de un disparo dejó de parecernos imposible.
Peor que preguntarse cómo llegamos hasta allí es tener que explicarlo. Intentar resumir —años después, en otra ciudad, en otra mesa— por qué la violencia dejó de sorprendernos. Cómo se explica que aprendimos a distinguir el sonido de una lacrimógena del de un disparo real. Cómo se condensa en una frase el momento en que la excepción se volvió rutina. No es una línea cronológica clara ni un titular contundente; es una acumulación de concesiones, silencios y miedo administrado en pequeñas dosis. Llegamos allí poco a poco, como se llega a la noche sin notar exactamente en qué minuto dejó de ser tarde.
No sé exactamente cuándo empezó la noche. Solo sé que hubo un momento en que dejamos de preguntarlo. La película no termina cuando se encienden las luces porque lo que muestra no necesita final: sigue ocurriendo en la memoria de quienes estuvimos ahí. No es metáfora ni exageración estética; es un recordatorio incómodo de lo fácil que se rompe la normalidad y de lo rápido que aprendimos a vivir entre escombros sin llamarlos ruinas. Y, mientras algunos discuten si fue ficción exagerada o retrato fiel, otros seguimos intentando encontrar una forma decente de explicar qué se rompió aquel día sin que parezca que estamos narrando una historia ajena. No es pasado. Es una noche que aprendió a quedarse. Solo sé que todavía hay cosas que, cuando las veo en pantalla, me dicen que aún sigue siendo de noche en Caracas.
