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¡Bate, pelota papá! ¡Bob Abreu!

Explicar el béisbol en un país futbolero es un ejercicio extraño.
La gente entiende noventa minutos, dos arcos y una pelota que no deja de rodar.
Pero el béisbol… el béisbol funciona de otra manera.


Por Ricardo Enrique Ortiz

Después de mucho tiempo me senté a ver un juego de béisbol: Venezuela contra Japón en el Clásico Mundial. Lo curioso no era el partido, sino el público. Estaba en medio de un pequeño grupo de amigos donde, siendo honestos, solo dos sabíamos lo que estaba pasando: mi ex compañero de la universidad y yo, ambos criados en ese caos maravilloso que es el béisbol caribeño.

El resto miraba el juego con la misma expresión que uno pone cuando alguien intenta explicar las reglas del cricket en una sobremesa.

Las preguntas empezaron rápido: ¿por qué a veces nadie corre?, ¿por qué el lanzador parece tener más protagonismo que el bateador?, y, sobre todo, ¿por qué todo el mundo celebra algo que no se parece en nada a un gol? Vivir en un país donde todo termina explicándose a través del fútbol, el béisbol parece, al principio, un rompecabezas. De repente, como gallina mirando sal, uno de mis amigos soltó la pregunta inevitable:

—Rick… ¿cómo se juega béisbol?

En ese momento apareció el verdadero problema: ¿por dónde empezar a explicarlo? ¿Empiezo por las reglas? ¿O empiezo por todo lo que ocurre alrededor del juego?

Tal vez debía haber empezado por la calle. Porque para muchos el béisbol no empezó en un estadio ni frente a un televisor, sino en el barrio: con una pelota improvisada, un bate prestado y bases hechas con piedras o mochilas. Ahí es donde casi todos aprendimos a jugar pelota, discutiendo si fue out o quieto con la seriedad de un séptimo juego de Serie Mundial.

También pensé en decirle que el béisbol no es solo lo que pasa en el diamante, sino cómo se vive la pelota. El béisbol es el merengue dominicano sonando entre inning e inning; la plena boricua retumbando en las gradas de San Juan; la samba y los tambores bailándose en las tribunas venezolanas; la banda sinaloense convirtiendo un estadio mexicano en fiesta patronal; o la conga santiaguera marcando el ritmo de un juego en Cuba. Hacerle notar que el béisbol caribeño no se mira en silencio: se vive, se canta y se discute como si todo el barrio estuviera jugando el mismo partido.

Quizás empezar por la fanaticada. Pensé que tal vez eso sería más fácil de explicar que las reglas. Decirle que el béisbol tiene algo que todavía desconcierta a quienes vienen del mundo del fútbol: cierta civilización. Que uno puede ir al estadio, sentarse al lado de un fanático del equipo rival, compartir una cerveza y discutir si el umpire está ciego sin sentir que está invadiendo territorio enemigo. Que la rivalidad existe, claro, pero rara vez se vive como una guerra. Que uno puede “odiar” el uniforme del rival sin tener que odiar a la persona que lo lleva puesto.

Tal vez decirle que el béisbol también es un deporte global, uno donde algunos equipos existen gracias a la migración. Que Italia arma su roster con apellidos que crecieron jugando béisbol en
Estados Unidos. Que Israel reúne peloteros judíos formados en las ligas norteamericanas. Que los Países Bajos llegan con jugadores de Curazao y Aruba que aprendieron a batear mirando al Caribe. Y que Gran Bretaña aparece con una novena llena de herencias caribeñas. Que en el Clásico Mundial el mapa del béisbol no siempre coincide con el mapa político: muchas veces coincide con el mapa de las familias.

Mientras trataba de ordenar todas esas ideas —el barrio, la música, la migración, la fanaticada— el juego seguía avanzando en la pantalla. Venezuela jugaba con ese desorden creativo que caracteriza al béisbol caribeño, mientras Japón respondía con una disciplina casi coreografiada. Ver, de un lado, el béisbol que se baila y, del otro, el béisbol que se ensaya, era recordar que se trata del mismo juego, pero vivido como si fueran dos culturas distintas hablando con una pelota.

Tal vez esa era la verdadera respuesta a la pregunta. Porque el béisbol, al final, no se explica de una sola manera. Se aprende viéndolo, discutiéndolo, gritándolo y, a veces, simplemente dejándose llevar por ese momento en que alguien conecta la pelota y todo el mundo se levanta al mismo tiempo.

Y entonces, por un instante, ya no necesitas que nadie te explique cómo se juega.
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