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Bad Bunny y un Grammy que no venía con agradecimientos


“(…) And if you didn’t understand what I just said,
you have four months to learn”

Bad Bunny - Saturday Night Live


Por Ricardo Enrique Ortiz

El Grammy estaba anunciado, el aplauso también. Lo que no figuraba en el guion era que Bad Bunny usara el escenario para recordar que Puerto Rico existe, que la migración no es delito y que la música, cuando deja de ser fondo, puede convertirse en denuncia.

No hubo sorpresa en el nombre cuando se abrió el sobre. El premio estaba escrito como suele ocurrir cuando la industria reconoce a quien ya domina el juego. Lo inesperado fue que, más allá de los agradecimientos de rigor, Benito usara el micrófono para incomodar. En una ceremonia diseñada para celebrar consensos, el Grammy fue un recordatorio incómodo: la música puede entretener, pero también exponer las grietas políticas de un país.

Bad Bunny dejó de ser solo un artista exitoso para convertirse en un fenómeno cultural global que descoloca al centro. Fue invitado a los escenarios más emblemáticos de la cultura gringa sin cambiar de idioma ni pedir permiso. Entró al mainstream con acento, memoria y conflicto.

Desde allí, operó como un caballo de Troya cultural, llevando al corazón del espectáculo temas políticos y sociales mientras, en Estados Unidos, muchos bailaban su música sin hacerse cargo del mensaje.

“PR se siente cerquita”
DtMF es una declaración política disfrazada de disco. El álbum mezcla reguetón con elementos culturales de la Isla del Encanto para hablar de identidad, raíces y pertenencia; y termina operando como algo más que música: una plataforma de visibilización social. No ofrece una postal turística de la isla, sino una inmersión incómoda en Puerto Rico, su cultura viva y sus contradicciones históricas.

Símbolos como el coquí, la bandera azul celeste —históricamente asociada al independentismo—, la casita de campo y la jerga local aparecen en DtMF no como decoración folclórica, funcionan como marcas de identidad y, sobre todo, como recordatorios políticos. Bad Bunny no los usa para vender exotismo, sino para afirmar pertenencia: para decir de dónde viene y a quién le habla. En un contexto donde Puerto Rico suele reducirse a postal turística o mercancía cultural, esos símbolos operan como resistencia cotidiana, incrustada en un disco que se niega a suavizar el conflicto.

Si bien los Grammy han estado históricamente ligados a la industria musical norteamericana, que DtMF se convirtiera en el primer álbum íntegramente en español en obtener el máximo galardón rompió esa lógica. El premio dejó de ser solo un reconocimiento artístico para transformarse en un símbolo de orgullo cultural y resistencia frente a narrativas dominantes que, durante décadas, minimizaron o subordinaron la voz latina dentro del mundo anglosajón.

Preguntarse si Puerto Rico es la estrella 51 no es provocación vacía, sino el síntoma de un limbo político persistente. Que Bad Bunny tuviera que recordarle a Trevor Noah que la isla “es parte de América” mientras denuncia injusticias revela un problema de identidad y poder aún sin resolver. Esa ambigüedad explica por qué DtMF suena a celebración y reclamo al mismo tiempo: mientras la música puertorriqueña brilla en el centro del espectáculo global, Puerto Rico sigue esperando algo más que aplausos.

“No somos salvajes (…) Somos humanos”
Benito no es solo un artista ultra-popular: es un fenómeno cultural global cuyo impacto desborda el entretenimiento. Ha usado su visibilidad para hablar de lo que suele quedar fuera del show, desde los apagones y la gentrificación en Puerto Rico hasta la migración y las políticas de exclusión en el continente.

Aunque los boricuas tengan ciudadanía estadounidense, Puerto Rico vive una paradoja estructural: ciudadanos sin voto presidencial, sin representación plena y con derechos condicionados. Una situación que, sin ser idéntica, dialoga incómodamente con la realidad de muchos migrantes, integrados al sistema solo hasta donde resulta conveniente.

Su discurso al ganar su primer premio de la noche apuntó a ese núcleo del problema, cuestionó un sistema que necesita deshumanizar para administrar fronteras y, al mismo tiempo, expuso una lógica más amplia de ciudadanía jerarquizada. Puerto Rico y los migrantes ocupan distintos peldaños de esa misma escala: pertenencias parciales, derechos incompletos, reconocimiento a medias. En ese cruce, DtMF deja de ser consigna y se vuelve diagnóstico.

Por eso la denuncia no habla solo de fronteras, sino de un modelo de ciudadanía desigual que Estados Unidos sigue administrando sin resolver.

¿Cómo Bad Bunny va a ser rey del pop?
Más allá de que los haters se rasgaran las vestiduras por cómo DtMF ganó el Álbum del Año, la discusión nunca fue realmente sobre música. Bad Bunny agradeció a la industria y a su gente, como marca el ritual, pero el berrinche empezó cuando el premio dejó de ser solo trofeo y se convirtió en micrófono. Los argumentos de siempre —que no sabe cantar, que no es “músico de verdad”, que es puro marketing— funcionaron como ruido de fondo. Excusas recicladas para no decir lo central: el problema no fue el disco, sino que después de agradecer, decidió hablar.

Del otro lado, sus seguidores no vieron exceso ni provocación gratuita. Vieron coherencia. Para muchos, Bad Bunny no “arruinó” la noche: la completó. Entendieron que agradecer no implica callar y que el éxito no cancela el derecho a incomodar. En un contexto donde lo latino suele ser bienvenido solo como ritmo y color, que el mensaje llegara entero —con conflicto, memoria y posición— fue leído como un gesto de dignidad cultural, no como una falta de respeto.

El doble estándar quedó expuesto sin demasiadas vueltas. Mientras artistas anglosajones usan estos espacios para opinar sobre guerras, derechos civiles o política interna, a los artistas latinos se les reserva un rol mucho más estrecho: agradecer y no incomodar. Benito rompió ese reparto desigual y, con críticas que fueron más allá de lo musical, usó el escenario no solo para celebrar un premio, sino para señalar tensiones políticas y sociales que la industria preferiría dejar fuera del show.

Y si todo esto ya resulta incómodo, solo queda decir una cosa: todavía falta su presentación en el show de medio tiempo del Super Bowl.

Porque esta vez no será un micrófono: será la pantalla más grande del planeta.
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