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Carta a mi inquietud silenciosa



Imagen cortesía

Por Ricardo Enrique Ortíz


Han pasado varios días desde la última vez que me recordaste que sigues aquí. Aunque, para ser honestos, nunca te has ido. Solo aprendiste a hacer menos ruido hasta que la vida encuentra una excusa para despertarte. Desde entonces cambias de rostro con facilidad: a veces eres una llamada a deshoras; otras, un silencio que dura más de la cuenta. Pero siempre eres tú.

No siempre estuviste conmigo. O, al menos, no con esta intensidad. Antes aparecías de vez en cuando, como hacen todas las preocupaciones. Pero un día decidiste instalarte. Llegaste con una maleta que nunca vi y encontraste un lugar cómodo entre las llamadas de mi vieja, los mensajes de mi papá y los kilómetros que empecé a acumular lejos de ellos. Como si hubieras estado esperando justo ese momento para no irte nunca más.

Con el tiempo aprendí a reconocer tus horarios. Te escondías durante los días tranquilos, cuando las videollamadas terminaban con una sonrisa y el “cuídense” parecía suficiente. Pero bastaba que el teléfono sonara a una hora inusual, que un mensaje tardara más de lo acostumbrado o que las noticias mencionaran el nombre de mi país para que volvieras a ocupar todo el espacio.

Nunca hacías escándalo. Te bastaba con susurrar una sola pregunta: ¿Y si esta vez es diferente?

Hasta que un día ese pedazo de tierra que todavía habita dentro de mí tembló. Y tú ya estabas sentado a mi lado. No necesitaste decir una palabra. Solo te bastó con mirar la pantalla del teléfono y esperar. Me hiciste descubrir que un minuto puede durar una eternidad y que la distancia puede ser más pesada que cualquier escombro.

En ese momento descubrí que el verdadero conflicto nunca fue contigo, sino con lo que eres capaz de hacer conmigo. Durante la pandemia te vi disfrazarte de incertidumbre. Fuiste ruidoso, evidente, casi predecible. Creía que podía mantenerte a raya con precauciones, llamadas constantes y la esperanza de que todo pasara.

Pero esta vez fue distinto.

Elegiste el rostro de un terremoto y comprendí que, en realidad, nunca habías querido parecerte a un desastre. Tu verdadero disfraz siempre ha sido la distancia, esa forma silenciosa de llegar antes que yo y de hacerme imaginar un abrazo al que no alcanzaré, de una despedida que ocurrirá sin mi presencia o de una última conversación sin saber que era la última.

Aunque no todo es malo en ti. También me enseñaste que vivir lejos es aprender una rutina que nadie te explica: Revisar el teléfono apenas despierto. Respirar con alivio cuando aparece un “buenos días”. Celebrar conversaciones que parecen comunes, como si fueran un privilegio. Me hiciste descubrir que la tranquilidad ya no depende del silencio, sino de escuchar sus voces al otro lado de la llamada.

También me enseñaste que el amor aprende nuevas formas de existir. Que a veces cabe en una videollamada, en una fotografía enviada sin motivo o en una conversación de pocos minutos que alcanza para sostener un día entero. Nunca imaginé que extrañar pudiera convertirse también en una manera de agradecer.

Con todo esto quiero decirte que no te odio ni mucho menos intento echarte de mi vida. Sería inútil. Comprendí que naciste el mismo día en que descubrí cuánto podían llegar a importar mi gente a kilómetros de distancia.

Así que puedes quedarte. Mientras sigas aquí, significará que ellos siguen siendo mi lugar en el mundo. Y si algún día decides marcharte, sospecho que no será porque te vencí, sino porque ya no habrá distancia capaz de separarnos.



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