Neymar: El último rey (posible) del Jogo Bonito

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Por Ricardo Enrique Ortíz
Desde que tengo uso de razón futbolística, Brasil siempre me pareció una fábrica de reyes. Y no hablo solamente de títulos o estadísticas, sino de figuras capaces de transformar el fútbol en espectáculo y expresión cultural. Sin necesidad de remontarme a Pelé y esa generación que nunca vi jugar, nombres como Romário, Bebeto, Rivaldo, Ronaldo, Kaká o Ronaldinho fueron construyendo esa idea romántica del “Jogo Bonito” que terminó enamorando al mundo.
Brasil no solo ganaba; seducía. Había algo casi insolente en su manera de jugar, como si el fútbol fuera menos una competencia y más una demostración artística frente al resto del mundo. Ya desde el túnel te iban ganando 3-0. Bastaba ver esa camiseta verdeamarela para entender que no estaban allí únicamente para competir. El rival sentía admiración y temor al mismo tiempo.
Durante décadas, Brasil convirtió el fútbol en una cuestión de identidad nacional. No se trataba únicamente de ganar campeonatos, sino de sostener una forma de entender el juego y, en cierto modo, de entenderse a sí mismos. Sin embargo, mientras el país seguía produciendo talentos extraordinarios, también comenzó a volverse cada vez más impaciente con ellos. La admiración se transformó en exigencia. La idolatría terminó convirtiéndose en una condena.
Y quizá ningún futbolista represente mejor esa contradicción que Neymar.
Querido por unos, cuestionado por otros, su última convocatoria volvió a convertir al fútbol brasileño en una especie de plebiscito emocional. Bastó que apareciera nuevamente en la lista para que Brasil regresara a una discusión que lleva más de una década persiguiéndolo: ¿es el último gran héroe nacional o el símbolo perfecto de la decadencia del fútbol brasileño?
La respuesta incómoda es que probablemente sea ambas cosas.
Esta convocatoria no revive solamente a un jugador; reactiva una nostalgia que nunca terminó de irse. Porque Brasil nunca tuvo una relación normal con sus futbolistas. Necesita ídolos gigantescos, figuras capaces de representar mucho más que un deporte. Pelé era un proyecto de país. Romário representaba la irreverencia de la favela convertida en confianza absoluta. Ronaldo simbolizaba la redención popular después de cada caída. Ronaldinho transformó la alegría callejera en arte. Adriano, “El Emperador”, encarnó la tragedia del talento devorado por sus propios fantasmas.
Por eso Neymar nunca cargó únicamente con la presión de ganar partidos; lo obligaron a sostener una herencia emocional imposible: ser espectáculo, liderazgo, identidad cultural y esperanza colectiva al mismo tiempo. Fracasar era casi inevitable.
Lo curioso es que Neymar tampoco estaba destinado a caminar solo. En aquella generación aparecieron nombres que parecían llamados a compartir el protagonismo. Ganso era visto como el heredero del enganche brasileño clásico. Oscar parecía el mediapunta moderno capaz de dominar Europa y Coutinho fue señalado durante años como el siguiente gran conductor creativo de la selección. Pero mientras unos desaparecieron entre lesiones, decisiones equivocadas y expectativas imposibles, Neymar permaneció en el centro de la conversación. Fue el único superviviente de una generación que prometía cambiar la historia. Y esa soledad terminó convirtiéndolo en símbolo.
Basta con recordar el 7-1 contra Alemania en casa, ante su gente. Aquella noche no solamente destruyó a una selección; demolió una parte del imaginario brasileño. Fue la prueba brutal de que el fútbol moderno había dejado atrás al viejo Brasil que imponía miedo antes de tocar la pelota. Y desde entonces quedó suspendida una pregunta que todavía persigue al país: ¿habría sido distinta aquella humillación si Neymar hubiese estado en el campo? Quizá nunca haya una respuesta definitiva. Pero el simple hecho de que Brasil siga formulándose esa pregunta demuestra el peso simbólico que terminó cargando sobre los hombros.
Después de aquella derrota, Brasil empezó a parecerse cada vez más a aquello que durante décadas había combatido. La obsesión dejó de ser jugar bonito y pasó a ser competir mejor. El romanticismo fue reemplazado por la eficiencia.
El problema es que el fútbol también cambió. Durante décadas, Brasil exportó artistas. Hoy el mercado exige futbolistas capaces de presionar, ocupar espacios y ejecutar sistemas tácticos cada vez más complejos. El talento sigue siendo importante, pero ya no ocupa el centro de la escena. Neymar fue educado para un fútbol que todavía celebraba el desequilibrio individual mientras Vinícius Júnior, Rodrygo o Endrick crecieron en uno donde la creatividad debe convivir con una estructura colectiva.
No es casualidad que la medalla de oro olímpica de Río 2016 haya tenido un peso emocional desproporcionado. No era un Mundial, pero se sintió como una pequeña reparación nacional. Y resultaba simbólico que fuera Neymar quien terminara cobrando el penal definitivo. Como si Brasil necesitara convertirlo, aunque fuera por una noche, en el rey que llevaba años intentando fabricar.
Lo más fascinante de esta convocatoria es que incluso sus detractores participaron del fenómeno. Todos hablaron de Neymar. Todos reaccionaron. Todos opinaron.Eso demuestra algo brutal: Brasil todavía no encuentra un reemplazo cultural para él.
Quizá la discusión no debería centrarse en si merece o no una convocatoria. Tal vez la pregunta más incómoda sea otra: ¿por qué un país con la historia futbolística de Brasil sigue dependiendo emocionalmente de un solo nombre? Eso habla menos de Neymar y más de la incapacidad del fútbol brasileño para construir un nuevo relato colectivo. Brasil sigue buscando un heredero mientras el último rey posible se niega a desaparecer.
Quizá Neymar nunca fue el rey que Brasil soñó. Pero también es posible que Brasil lleve años buscando una corona para un reino que ya no existe.
Porque el fútbol tolera príncipes, pero la historia solamente recuerda a los reyes.
