sellocultural.com

Carta a mi vieja con olor a chancla 




Imagen cortesía

Por Ricardo Enrique Ortíz

Vieja…

Quise escribirte a mano. Como antes.

Probablemente esta carta llegó tarde, como llegan casi todas las cosas importantes en la vida. Quise sentarme con calma, tomar una hoja, guardarla dentro de un sobre y dejar que la tinta hiciera lo suyo: pequeñas manchas, pausas torpes y palabras nacidas despacio, de esas que obligan a detenerse cuando la emoción pesa más que la costumbre.

Con sinceridad, quise escribirte algo bonito, de esos textos que terminan impresos en una taza o acompañando un ramo de flores con olor a obligación de temporada. Pero no me salió. Porque mientras más pensaba en ti, más me daba cuenta de que reducir la maternidad a frases cursis es casi una falta de respeto. Sobre todo viniendo de alguien a quien criaste con irreverencia, enseñándole a desconfiar de lo demasiado perfecto y de toda emoción que parezca escrita para cumplir, en lugar de sentirse de verdad.

Sé que el viejo va a ponerse celoso cuando lea esto, pero debo admitir algo: te pienso y te recuerdo más a ti que a él. Y no porque lo quiera menos, sino porque hay algo en ti que terminó quedándose pegado en mi memoria. Me hace pensar en Guille, el hermanito de Mafalda, peleando con el papá por esa necesidad absurda y casi territorial del amor maternal.

Y sí, crecí, me hice adulto y aprendí a disimular emociones, como hace casi todo el mundo cuando la vida empieza a golpear distinto. Pero en el fondo todavía existe esa parte infantil en mí que insiste en creer que deberías estar ahí para siempre… incluso cuando algún día ya no estés.

A veces me pregunto cómo hiciste para sobrevivir sin hacer escándalo. Cómo lograste disfrazar el miedo de tranquilidad para que nosotros pudiéramos dormir en paz. Ahora entiendo que no podías con todo, pero aun así seguiste. Y qué injusto fue convertir eso en virtud.

Porque esa mentira elegante de que una buena madre debe sacrificarse en silencio tal vez ha sido la forma más cruel de vender la maternidad.

Qué oficio tan brutal ese de sostener vidas mientras la propia queda en pausa…

Ahora entiendo que muchas veces ese humor ácido, esos regaños exagerados y esa forma tan extraña de amar eran también tu manera de sobrevivir al cansancio sin dejar que la vida te volviera completamente seria.

Tal vez por eso esta carta no busca convertirte en heroína ni en mártir. Ya bastante hizo el mundo romantizando madres agotadas como si sacrificarse hasta desaparecer fuera una prueba de amor. Prefiero recordarte humana: cansada a veces, intensa casi siempre, contradictoria, jodidamente fuerte y aun así capaz de seguir queriendo incluso cuando la vida no te daba motivos sencillos para hacerlo.

Y si algún día esta carta vuelve a aparecer entre papeles viejos, o termina olvidada dentro de un cajón como esas cosas importantes que uno nunca sabe dónde guardar, ojalá te deje claro algo simple: graduarnos el mismo día —tú como madre y yo como tu hijo— ha sido una de las experiencias más honestas y humanas que me ha tocado vivir.


P.D.: Por cierto, vieja… después de tantos años ¿cómo hacías para lanzar la chancla con semejante precisión?




Sello Cultural 2021. Todos los derechos reservados.