¿Dónde es el after?
Por Ricardo Enrique Ortiz

Después de una larga espera, pude ir al concierto de Rawayana. Y digo "espera" porque migrar convierte cualquier plan sencillo en una prueba de resistencia emocional. Entre horarios, presupuestos y la incertidumbre de vivir con un pie en cada lado, hasta algo tan simple como ir a un concierto termina siendo una pequeña victoria.
Desde la entrada ya se sentía que aquello no iba a ser un concierto cualquiera. Bastaba escuchar las conversaciones alrededor para entenderlo. Los venecos —término usado de forma despectiva para referirse a los venezolanos migrantes, pero que la banda ayudó a resignificar como parte de nuestra propia idiosincrasia— estaban por todas partes, identificándose unos a otros mediante ese radar migrante que funciona mejor que cualquier aplicación de geolocalización. Vi a alguien agitar, con total orgullo, una bandera improvisada: una camiseta amarrada a un palo de selfie. Podría haber sido un gesto ridículo. Nadie se rio. Todos entendimos por qué lo hacía.
Y sin embargo, hay conciertos a los que uno va por el espectáculo. Lo que no sabía era que había comprado una entrada para descubrir cómo suena un país cuando ya no cabe dentro de sus fronteras.
A esa certeza llegué cargando ese equipaje invisible que no pasa por aduanas. Esa condición extraña de los migrantes: construir rutina en una ciudad nueva sin dejar de habitar, de alguna forma, la que dejamos atrás. Y ahí estaba yo, adulto funcional en teoría, a punto de llorar por cuatro güevones haciendo buena música.
Las reacciones alrededor no podían ser más distintas. Había quien bailaba sin parar, como si cada canción fuera la última oportunidad de moverse en libertad. Había quien grababa el show entero con el celular en alto, más pendiente de la pantalla que del escenario, quizás para mandárselo a alguien que se quedó. Y había quien simplemente lloraba, sin coreografía ni vergüenza, como si la canción hubiera abierto una puerta que llevaba meses cerrada.
A mi alrededor había gente que había llegado desde distintas ciudades, con historias propias y acentos que empezaban a mezclarse con otros. Había quien llevaba diez años fuera y hablaba del país como quien describe una casa de la infancia; había quien llevaba diez meses y todavía decía "allá" con la voz quebrada. Personas que probablemente no tenían mucho en común, salvo una experiencia compartida: la de haberse ido.
Y entonces entendí que Rawayana apenas era la excusa. Lo que realmente habíamos ido a buscar era esa sensación cada vez más escasa de pertenecer a algún lugar. No necesariamente a un territorio, ni siquiera a una bandera, sino a una memoria compartida capaz de sobrevivir a la distancia.
Quizás por eso, entre canciones, cerveza y nostalgia, el concierto terminó pareciéndose a una conversación colectiva sobre lo que significa estar lejos sin desaparecer. Durante unas horas, miles de personas dejaron de ser individuos dispersos por la migración para convertirse en una comunidad improvisada alrededor de un puñado de canciones.
Cuando terminó, la multitud se dispersó despacio, como si nadie quisiera ser el primero en volver a su rutina de ciudad nueva. Cada quien regresó a su casa prestada, a su cuarto rentado, a su vida en pausa perpetua. Pero por un rato, todos habíamos sido de un mismo lugar.
Esa noche nadie resolvió el problema de la identidad. Tampoco era necesario. La música no arregla países, no elimina fronteras y definitivamente no paga facturas. Pero puede hacer algo igual de importante: recordarnos que pertenecer no siempre significa quedarse.
