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La ficción antes que la inteligencia artificial. 
Por qué la ficción sostiene a la humanidad





Por Reynaldo Hernández 

Hace unos días me regalaron Sapiens. A Brief History of Humankind, el libro de Yuval Noah Harari. Hasta ahora me conflictúa un poco sentir que es pesimista respecto a los avances tecnológicos y sus efectos en nuestra historia (me hizo pensar en las palabras del filósofo Paul Virilio —que escuché en un podcast que se menciona al final—: “La tecnología es inseparable del desastre”). Mi enfoque me inclina más a pensar que el desastre anticipa la tecnología. Es decir, impulsa la creación de soluciones.

En todo caso, me ha fascinado entender detalles que han contribuido a los avances y el desarrollo de la humanidad y la cultura, como la cooperación o, de lo que vengo a hablar: la importancia que ha tenido la ficción en la evolución humana.

1. La transmisión de información


“No es lo mismo pasar información, cosa que ya hacían otros animales (los monos verdes son capaces de comunicar 'Cuidado, un león' [y hay infinidad de otros ejemplos]), que aportar datos de percepción en el relato: 'Esta mañana, cerca del recodo del río, he visto a un león que seguía a un rebaño de bisontes'”.

Ser capaces de unir sonidos limitados para construir conceptos ilimitados nos dio una ventaja evolutiva: un lenguaje avanzado, una cultura rica.

“Después, puede describir la localización exacta, incluidas las sendas que conducen al lugar. Con esta información los miembros de su cuadrilla pueden deliberar y discutir si deben acercarse al río con el fin de ahuyentar al león y cazar a los bisontes”.

Los matices que podemos alcanzar con esas variaciones moldean la estrategia para enfrentar la amenaza.

2. El chisme


Aunque el tipo de información que nutre al chisme puede o no estar fundada en la realidad, por seguro fue la primera variación de las ficciones y nos permitió advertir más matices:

“Pero la información que era más importante transmitir [dice Harari], era acerca de los humanos, no de los animales. Para nosotros empezó a ser mucho más importante saber quién de la comunidad odia a quién, quién duerme con quién, quién es honesto y quién un tramposo”.

Esto nos permitió dar seguimiento a las relaciones siempre cambiantes entre individuos, así como planificar, estrategar, conspirar. Proteger.

“En una comunidad de 50 individuos se dan 1225 relaciones de 1 a 1. [Sin atribuirles rasgos memorables no seríamos capaces de retener la información necesaria para convivir con todos ellos. Y hablamos solo de 50… ¿cuántas personas conoces tú?]. En las comunidades animales, el crecimiento alcanza un límite y estos se separan, se crean clanes nuevos”. Se desvinculan.

Y este, creo yo, fue el game-changer.

Contarnos historias y creer en ellas —por absurdas que fueran— permitió que los esfuerzos de la comunidad, que empezó a avanzar a sociedad, se alinearan para una lucha común. El resultado fue cohesión, crecimiento y dominio.

Por ejemplo, empezamos a encontrar valor y coraje en la ficción para enfrentarnos a lo que en principio era más poderoso que nosotros: “El león [la vaca, la serpiente, el ornitorrinco] es el protector espiritual de la comunidad”.

Aparecieron evidencias de que un individuo lesionado e incapaz de asegurar su supervivencia fue cuidado por otros de su grupo. Hubiera muerto sin el cuidado ajeno. Así de estrecha empezó a ser nuestra vinculación.

Y lo más importante, tal vez:

3. Los mitos


“La revolución agraria [dice Harari] fue la última pieza para catapultar al homo sapiens por encima de las demás especies. Nos dio una fuente renovable de energía para asentarnos y procrear”. Y procrear. Y procrear.

El crecimiento exponencial de la población requirió de estrategias nuevas para la supervivencia y fueron los mitos (es decir, la ficción) los que nos permitieron cooperar. Crecimos, nos dispersamos, pero no nos desvinculamos.

“Nunca podrás convencer a un simio de que si te da una banana recibirá muchas bananas en su siguiente vida”.

Pensar con un ojo en el porvenir fue un ejercicio de imaginación, de recrear escenarios probables con la suficiente complejidad como para creer en lo inexistente.

Dijo Schopenhauer: “el mundo es voluntad y representación”. Lo que existe, existe porque nosotros quisimos inventarlo. Ha sido posible por la simbiosis entre lo que vemos y lo que queremos ver.

“Los mitos como la religión, la moneda o la patria, nos permitieron cooperar para perseguir un objetivo común con individuos que ya no formaban parte de nuestra comunidad, nos permitieron unir fuerzas”.

Es un parafraseo, pero a partir de este ejemplo se entiende una parte importante de nuestra evolución y con ella la construcción de pilares de la sociedad, como el sistema financiero. Sí, es esencialmente ficticio. Conceptos como el dinero, la inversión, la bolsa, entre otros, solo han sido posibles gracias a la imaginación y la abstracción que los humanos hemos sido capaces de alcanzar. En algún lugar he leído que la madera es más rara en el universo que el oro, pero nosotros le atribuimos más valor al oro.

Para comprender conceptos, los humanos recurrimos a la observación.

Para inventar conceptos, observamos con los ojos cerrados: imaginamos.

Ascender una montaña es una experiencia observable en el plano físico.

Ascender en la vida es una abstracción pertinente porque tiene implicaciones similares en el plano imaginario.

Finalmente, lo que nos distingue y nos da ventaja para alcanzar nuevos hitos tampoco es tan simple como ser un humano y ya, sino en el conjunto de humanos que hemos sido y seremos, mezclándonos, intercambiando, creyendo. Se trata de comprender eso. Entre la suma de esas distinciones preservamos el terreno común que nos permitió avanzar.

Mientras pensaba en todas estas cosas, mi novia me recomendó el libro Irremplazables, de Sebastián Tonda, en el que leí:

"Las historias son una fase crítica en la realización de una idea porque nos ayudan a popularizar la fantasía y a compartir formas con las que posiblemente se pueda llevar a cabo".

Al popularizar la fantasía (o la ficción) somos capaces de contar lo que que nos abarca a todos. Por ella, al incluir la palabra “Ascender” en la narración de esa historia, el término es íntimo para un montañista, un ascensorista o un feligrés.

Entonces, ¿por qué estamos utilizando la tecnología para imitar la realidad?, cuando uno de los rasgos más vitales de nuestra existencia es la capacidad de imaginar fuera de ella. ¿A dónde vamos nosotros, mi gente?

En el podcast Ecos, ensayos sonoros, de Jorge Carrión, se formula sobre la cuestión: “¿Si aprendemos a escuchar, evitaremos los accidentes del futuro?”. Tal vez no los evitemos, pero escuchar es un acto de apertura que nos dará control sobre lo que pueda suceder.

Nos permitirá construir ficciones.

Nos permitirá imaginar.





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