La noche que encendió debates
Desde que se anunció a Bad Bunny como protagonista del medio tiempo del Super Bowl, la conversación dejó de ser solo musical. Su llegada a ese escenario —históricamente blindado por la corrección pop— activó lecturas políticas, identitarias y culturales antes incluso de sonar la primera nota. Lo que vino después fue un show cargado de símbolos, referencias y tensiones que rebasaron el espectáculo y se metieron de lleno en el terreno del debate público. Este no fue un intermedio cualquiera: fue un espejo incómodo de la época, un lugar donde la cultura latina, el poder mediático y la disputa por el relato chocaron frente a millones de espectadores. Aquí, tres voces se sientan a leer esa colisión desde ángulos distintos.

Gracias, Benito
Por Luza Medina González
“Parecía una película. Fue muy divertido”, me dijo mi profesora de japonés después de que la semana anterior le explicara quién era Bad Bunny y su relevancia cultural. “Estuvo increíble. No sé cómo hizo todas esas acrobacias sin dejar de cantar”, agregó un amigo estadounidense.
Y es que en Japón casi no sabían nada sobre Bad Bunny. No está en el karaoke ni figura entre los artistas más escuchados en Spotify. Pero su grandeza radica en su humildad y en cómo, con trabajo constante, conquistó el escenario global más importante.
Nunca fui su fan. Reconocía su valor cultural, pero no me identificaba con el machismo de sus primeras canciones. Todo cambió gracias a mis amigos estadounidenses, que lo seguían desde el éxito de Tití Me Preguntó. Terminé dandoles la razón con su último álbum.
Lo que le pasó a Hawaii es una de mis canciones favoritas de ese disco, y ver a Ricky Martin interpretarla fue hermoso. No imaginé que usaría el show para denunciar la gentrificación en la isla del Aloha. Pero no fue la única denuncia. Los apagones y el llamado a la unidad en el continente americano transmitieron un mensaje claro, incluso para quienes no hablan español.
Celebro el tributo. Celebro la unidad. Celebro el clamor de amor en tiempos en los que resulta más fácil odiar y dividir.
Y Lady Gaga —con una versión en salsa de una canción que ya amaba— fue otra grata sorpresa de la tarde californiana. Además de la señora Toñita, con su cañita, una visita obligada si van a Nueva York. PR realmente se siente cerquita y hasta Venezuela.
Bad Bunny, sin dejar de lado sus raíces, nos hizo llorar y recordó que la perseverancia puede llevarte lejos.
Gracias, Benito. ありがとうございました!

“Together We Are America” no fue solo un show
Por Ricardo Enrique Ortiz
Creo que Bad Bunny, desde su presencia en los Grammys, ya nos estaba avisando lo que venía en el medio tiempo del Super Bowl. Lo que vimos no fue únicamente una coreografía milimétrica ni un medley de éxitos reconocibles: fue una bomba visual cargada de códigos políticos, sociales y culturales. Un espectáculo que no se conformó con entretener, sino que se metió —con intención— en zonas donde el show se vuelve comentario público.
Ver el puesto de tacos mexicanos llamado Villa —difícil no pensar en Pancho Villa y su incursión en Nuevo México en 1916— fue, para mí, leer algo más que escenografía. El baile de “Gasolina” no apareció como simple hit, sino como una de las piedras fundacionales del reguetón y no como una postal complaciente desde la Casa Blanca por la caída del precio del combustible. Ver a Toñita sirviendo tragos —sabiendo que convirtió el Caribbean Social Club en un refugio cultural para la diáspora— y el cierre con la bandera “azul clarita”, como emblema del independentismo, terminaron de confirmar mi impresión: nada de esto funcionó como adorno escénico. Fueron detonadores simbólicos, fragmentos de historia y política incrustados en un ritual televisivo global.
Es decir, no fue un espectáculo transparente; fue uno que obligó a leer entre líneas, a aceptar que la cultura masiva también puede convertirse en archivo vivo de tensiones sociales, migratorias y políticas. También hubo momentos en los que el mensaje dejó de insinuarse y pasó a decirse en voz alta: Green Day arrancando con American Idiot y Ricky Martin evocando lo ocurrido en Hawái terminaron de subrayar que esta no era una noche para la neutralidad.
Lo que quedó claro es que la NFL ya no puede fingir neutralidad cultural. El medio tiempo dejó de ser un descanso entre jugadas y se convirtió en un campo de batalla simbólico. Este show no solo entretuvo: marcó una frontera nueva entre deporte, política y cultura pop global. Y, como si hiciera falta subrayarlo, apareció el All-American Halftime Show promovido por sectores cercanos a Donald Trump: la prueba perfecta de que esta noche no iba solo de fútbol, sino de quién controla el relato cultural frente a millones de espectadores.

Bad Bunny nos regaló un shot de emociones.
Por Katherine C. Lemus
Sentí que todos amanecimos al día siguiente siendo un poco más latinos que nunca, gracias a esa inyección de energía que dejó Bad Bunny durante el medio tiempo del Super Bowl. Fue un show cargado de referencias culturales que evocaron la diversidad latinoamericana. Y aunque claramente fue un cortometraje cultural que resaltó la idiosincrasia caribeña, también nos transmitió un poderoso mensaje: no olvidar las raíces y recordar siempre a casa desde la diáspora. Quisiera destacar otros mensajes, quizás menos evidentes, pero profundamente poderosos durante el show, que —en mi opinión— a muchos nos hicieron conectar y tocar la fibra, regalándonos un verdadero shot de emociones durante 13 minutos.
El show del Conejo Malo no solo exaltó la cultura latina, también fue una contundente manifestación hecha realidad. En 2020, Bad Bunny sentenció en YHLQMDLG “Me fue cabrón, no sé si me viste en el Super Bowl” y luego de seis años más tarde, esas letras se materializaron en uno de los escenarios más codiciados del mundo. Es la prueba de que cuando visualizas e intencionas, terminas rompiendo barreras.
Al inicio de su presentación, cuando recita: “Mi nombre es Benito Antonio Martínez Ocasio y si hoy estoy aquí en el Super Bowl LX, es porque nunca dejé de creer en mí”, y luego añade: “Tú también deberías creer en ti. Vales más de lo que piensas, créeme”, lo hizo con toda la intención emocional de llegar a un público que, al día de hoy, aprovecha este mensaje para sus propios contenidos de inspiración. ¿Intencional? Para este artista, nada es por casualidad.
Otro mensaje poderoso de amor propio fue el acto de entregarle el premio a su niño interior. Un gesto que a muchos nos erizó la piel, porque no hay nada más satisfactorio que cumplirle a ese niñ@ que todos llevamos dentro. Este mensaje se lee como una autodedicatoria personal, ya que el niño viste tal como él lo hacía en su infancia.
El amor tampoco dejó de estar presente en todas sus formas. En pleno medio tiempo, una pareja contrajo matrimonio; no fue ficción ni montaje, sino una escena real que nos transmitió un acto puro y genuino de amor.
Otro detalle, no menos importante, fue la presencia del Chino, don Raúl Zúñiga, bailarín de 88 años, quien confesó que jamás imaginó vivir algo así a su edad. Un mensaje poderoso que reafirma que nada es imposible.
Y no puedo cerrar este texto sin hacer alusión a la salsa: un género subversivo, nacido en la calle, cargado de historia y memoria colectiva de nuestro continente, que también encontró su lugar en este escenario global. Porque, así como los sueños migran, la cultura viaja, resiste y se transforma sin perder su esencia. Saber que el director peruano de la compañía On2ourafe, Eder Ávila, fue parte del segmento salsero del espectáculo, en representación de miles de latinos que, desde la diáspora, siguen bailando sus raíces con orgullo, es un recordatorio de que no importa cuán lejos lleguemos, lo que somos siempre nos acompaña. Y cuando honramos ese origen, también abrimos camino para que otros crean que sí se puede.
Personalmente, la música de Bad Bunny no es la más sonada en mi playlist, pero admiro su autenticidad —esa que lo hace diferente—, su irreverencia para crear sin pedir permiso, su manera de hacer marketing y de hacerse sentir, y sobre todo esa fuerza de creer en sí mismo, es algo que siempre resalto de él. Habría que ser ciego para no aplaudirlo. Además, todos tenemos algún momento en nuestras vidas en el que, sin duda, debimos tirar más fotos.

