José vive en la misma ciudad en la que trabajó mucho tiempo el cineasta Damián Szifrón, autor de Relatos salvajes. Para quien conoce una Buenos Aires que es puro rocanrol, solo podía haber otra capital en el continente que resultase más furiosa: Caracas.

Llegó en diciembre, a través de Aiesec, una organización que tiene un programa que le permite a sus miembros hacer pasantías en empresas del extranjero. En Caracas, Sebastián le dio alojo en la casa de sus padres.

José conoció un sistema de salud vapuleado, niveles de delincuencia insólitos. No quería enfrentar la pandemia en un país tan venido a menos. Su vuelo de regreso a Argentina salía el domingo 15 de marzo.

El viernes 13 se decretó la cuarentena en Venezuela. José buscó respuestas en Copa Airlines, con la que tenía boleto. La aerolínea ofreció dudas: el vuelo probablemente no saldría, no le reembolsarían su dinero, tenía que esperar hasta el primero de mayo para hacer cualquier gestión.

La embajada tampoco pudo ayudar.

Los dígitos de la inflación, las cifras del desabastecimiento, el desnutrido número de su cuenta bancaria: números que le produjeron nauseas.

El papá de Sebastián decidió que bajaran a La Guaira. Al parecer, había un vuelo humanitario que iba a salir rumbo a Panamá y desde ahí a Argentina. Y si no, pensó, al menos estando en el aeropuerto sería más fácil aprovechar cualquier vuelo improvisado. Bajaron el sábado temprano y dejaron a José.

Cuando estaban ya en Caracas, detenidos para comprar pan, Sebastián leyó una noticia: decretaron el cierre entre estados. Si José no salía del aeropuerto ese sábado, se quedaría varado en La Guaira.

Bajaron a buscarlo.

—Bueno, chamo, vas a tener que ponerte a dar clases de tango en la plaza. Hay que producir –bromeó el papá de Sebastián.

José se desahogó en Facebook. Lionel Pierce, un amigo que es futbolista profesional y juega en Rumania, se ofreció a comprarle el pasaje. El vuelo saldría el lunes.

A las tres de la mañana de ese día, se subieron al carro José, Sebastián y Cristian: un amigo que haría de chofer. El objetivo era llegar a Maiquetía y devolverse antes de las cinco de la mañana, para evitar que les impidieran regresar.

Luego de varias alcabalas de militares, a las 4:15 am, policías de La Guaira los detuvieron.

—Bueno, chamo –dijo uno–. Este pana es el chofer, el otro es el que se va. ¿Y tú qué? –señaló a Sebastián– Tú lo que quieres es ir a despedir a tu pana y yo entiendo, pero no te puedo dejar pasar.

Se produjo un tira y encoge.

—Okey. Si quieres yo me quedo aquí contigo, ellos siguen la ruta y de regreso me pasan buscando.
—No, mano. Tampoco.

Los policías le hablaron del miedo al virus, de que no tenían queso en casa, de que estaban pelando bolas. De que por qué no le preguntaban al argentino, que ese iba a viajar y tenía dólares.

—Mano, anda para el carro que esto no es contigo –ordenó el funcionario a José cuando trató de intervenir.

El único capital que tenían los jóvenes eran los diez dólares que le iban a dar a Cristian por la carrera. Fue este quien volvió al carro, y dio con una galleta de soda y un billete de un dólar.

—Pero si quieren le damos los diez dólares y luego resolvemos –propuso José.

—No le voy a diez dólares a esos pacos.

Los funcionarios devolvieron la galleta, agarraron el dólar.

Luego de dejar a José, subiendo hacia Caracas, unos militares los detuvieron. Eran las 4:55 am. Les dijeron que necesitaban salvoconducto, que debían pedirlo en tal sitio. El carro siguió avanzando, supuestamente para dar la vuelta en u. En la ruta, Sebastián le rogó a cada funcionario, mostrando el recibo de luz que comprobaba que vivía en Caracas. Hasta que uno les dijo:

—Dale, pasa.

El sol comenzaba a salir. Pusieron en un teléfono Stop, de Apache y Cancerbero. “Dice que dé pa’ los refrescos o me va a sembrar sustancias / ya que no parezco un empresario, yo le digo que somos del barrio / como él, pero él se cree la ley cuando es un funcionario”, cantaron.



II

Chicha tenía más de diez años viviendo en Petare. Era conserje de una fábrica y ocupaba un apartamento junto a su hijo discapacitado, una de sus nietas y otro de sus hijos más la esposa de este.

Antes de que el covid-19 fuese un tema mundial, las vicisitudes del país le arañaban la cara. A finales del 2019 tuvo que plantarse en su casa: ella no era la única que iba a trabajar y cocinar y hacer compras, carajo.

Que tiempos aquellos donde su mayor preocupación era la de seducir al hombre que le gustaba.

Pretendientes había, claro, pero ella andaba en otra onda. En la fábrica lo que más trabajaban eran hombres, y no faltaba quien soltara lisuras con la expectativa de acurrucarse en su cama. Uno de los más zalameros era González, que no era ni guapo ni feo. Ni gracioso ni aburrido. No era un trabajador destacado, pero tampoco era de los que se sospechaba que robaban. Como varios, vivía en una de las comunidades de Petare.

Antes de que empezara la cuarentena, le hizo el favor de arreglarle la cocina. Dejó un martillo, que ni usó, como quien siembra una excusa para volver a cruzar la raya de la intimidad.

Chicha consiguió tapabocas, comenzó a comprar comida solo en los alrededores. Bañaba todo en alcohol y cloro. La cuarentena, no obstante, tendría otra dimensión en Petare. El cuatro de mayo, en José Félix Ribas, inició una pelea entre malandros que hacía que los habitantes pasaran las noches bajo las mesas sin dormir, con el ruido de las balaceras de fondo.

Chicha no vivía en José Félix. Solo le llegaba el sonido de las ráfagas de tiros y estallidos de granadas. Si ya la fábrica estaba trabajando a medio dar, con eso se paró por completo.

Luego de una semana, funcionarios de (in)seguridad subieron a poner (des)orden. Hicieron lo que acostumbran: robar, matar, destruir. Chicha vio por la ventana helicópteros volando cerca de los techos. Ahora sí, debajo de la mesa le pareció un buen lugar para “descansar”.

Cuando todo pasó (¿pasó?), hubo quien se aventuró a volver a la fábrica. El 80% del país vive al día: morir de hambre es su principal temor. Pero la fábrica iba a permanecer cerrada un tiempo más.

Uno de los que se acercó era muy amigo de González. Chicha agarró el martillo, le pidió que por favor se lo devolviera.

—Señora Chicha –bajó la mirada el hombre–, a González lo mataron los funcionarios.
Entraron a su casa, disparando. Está muerto.

El martillo retumbó contra el suelo.

III

—¡Coño, no seas tan irresponsable! –gritó Julio a su casero– ¡Yo estoy estresado, resolviendo cómo pagarte por adelantado, porque lo que viene es una crisis económica mundial dura, y tú te la pasas tomando en la calle!

El viejo Gabriel se tambaleaba. El gesto de taparse la cara, diciendo escóndanse escóndanse que nos van a regañar, dejó de ser una mueca de diversión.

—Pero, hijo, yo soy un borracho. Siempre lo he sido. Ni tú ni nadie me va a quitar eso –respondió.

—¡Bebe lo que quieras! ¡Si quieres, yo te consigo la puta botella! ¡Pero quédate encerrado!

Un apartamento en Sebucán. Ahí vivían el dueño, su hijo de 23 años y Julio, que alquilaba una habitación. El casero salía interdiario a sentarse en una avenida a beber alcohol con sus amigotes. Los tapabocas los usaban de collar y nunca dejaban de manosearse la cara. Para colmo, el hijo trabajaba en un restaurante. Salía todos los días y, cuando llegaba, pasaba antes por la cocina que por el baño: no se lavaba las manos.

Al día siguiente del altercado, el viejo juró que sería precavido: no compartiría su vasito de plástico con más nadie y no bebería del de otros. Julio se consoló pensando que, según un reportaje, la tasa de contagio entre rommates era del diez por ciento.

Pasó días encerrado en su habitación. Solo salía a las cinco am, iba a la cocina, desinfectaba todo, cocinaba su desayuno y su almuerzo, y se volvía a encerrar hasta la medianoche. Cuando todos dormían, él salía a cenar.

Una amiga de Los Dos Caminos, le avisó, semanas después, que su edificio estaba en cuarentena. Habían detectado un caso de contagio. Los Dos Caminos está a menos de un kilómetro de Sebucán.

Después de leer los mensajes, escuchó ruidos en la sala. Salió de su cuarto. El mejor amigo del hijo del viejo Gabriel estaba de visita, junto a tres muchachas que si tenían 18 años era mucho. Comenzó a sonar trap. En eso, entró su casero. Cargaba tres botellas de aguardiente.

Julio se encerró. Comenzó a temblar. Su cuerpo se llenó de gotas de sudor. Sus ojos se pusieron como dos platos. Se sentó sobre el suelo. Llamó a su psicólogo. A partir de ahí su mente consciente dejó de registrar lo que sucedía.

El ringtone lo sacó del trance. Era Ada. El reloj marcaba las nueve de la mañana, del día siguiente. El apartamento estaba en silencio.

—Ya llegué –dijo Ada–, baja.

A Julio le llevó diez minutos comprender que, en algún momento entre la noche anterior y ese instante, había coordinado con ella para irse a su casa. Una vez en el carro, en el asiento de atrás y mientras rociaba alcohol, la escuchó toser.

—Los tapabocas no se hicieron para los que sufrimos de alergia –se disculpó ella.

IV


Marcano era el tío que resolvía. El vecino que saludaba, que no daba problemas. Hasta borracho, le tocaba más veces interpretar el papel del que media en las peleas que el de quien las provoca.

Tenso como una piedra, su único hijo creía que su vida interior era un misterio: nadie sabía si existía o no. Nunca fueron unidos. El chamo se fue Venezuela en 2017 y para 2020 no había vuelto ni una vez.

Desde hacía rato que tampoco se le conocía pareja. Quemó muchos cartuchos en la juventud, dicen. Como quien cree que el placer alarga la vida y olvida que la gratificación la hace florecer. Cuando inició la cuarentena en Venezuela, vivía solo.

Siendo esa combinación de electricista y repara todo, y teniendo a la mayoría de sus clientes en zonas clase media alta de la ciudad, su trabajo disminuyó. Más aún con la escasez de gasolina. Vivía en un sector popular del oeste: no tenía cómo movilizarse. En el barrio lo vieron cada vez menos: se encerró con más disciplina que los vecinos.

Su sobrino lo llamaba cada tanto. Vivía en Barinas. Sintió que debía estar más en contacto con él. Sobre todo, cuando la hija de una vecina de este le contó que su mamá le había dicho que Marcano la visitó y andaba demacrado.

El sobrino se acordó de seis años atrás, en el 2014, cuando tuvo que obligarlo a ir a un psicólogo. El sobrino se acordó de lo que había pasado hacía un año, durante el mega apagón de 2019. Su tío fue, le dijeron, de los más colaboradores en la comunidad. Pero también, y por primera vez en su vida, lo escuchó llorar.

Cuando se extendió la cuarentena por segunda vez, Marcano se deshizo en quejas por teléfono. Dijo que se sentía mal, que estaba cansado, que no merecía la pena vivir así.

El sobrino decidió ir a acompañarlo, con la idea de pasar unos días con él y luego –si era posible– llevárselo a su casa. Un día antes de salir, perdió contacto. Quizá se había ido la luz. En esos casos, la comunicación quedaba absolutamente cortada. La hija de la vecina de su tío se lo confirmó: tenían casi 24 horas sin energía eléctrica.

La mañana en la que pagó 500$ a un taxi para ir de Barquisimeto a Caracas, todavía no había contactado a Marcano. Pasado el mediodía, ya estaba subiendo las escaleras angostas típicas de muchos sectores populares. A él siempre le desagradó ese sitio; mucha violencia, mucha droga, demasiado chisme, decía. A él Caracas siempre le pareció una ciudad furiosa. Los rostros de los vecinos, las quejas, le sugirieron que las garras de la ciudad habían crecido. En cuarentena, el valle de balas parecía más salvaje de lo habitual. Tocó durante cinco minutos la puerta. Se animó a abrir con la llave que tenía. No había nadie en la sala. En el cuarto, la oscilación de un péndulo a escala humana, guindado del techo, lo hizo soltar un alarido.



Por @LizandroSamuel.
Fotografía: Jonathan Mendez y Josh Hild
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