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¿Y si la vaca nunca tuvo la culpa? Un apuntes incómodo sobre la autocrítica 

“No hay una autocrítica que empiece por decir
‘yo también formo parte de las equivocaciones’ (…)”.
Julio Cortázar


Imagen cortesía

Por Ricardo Enrique Ortíz

No hace mucho me enviaron un video de Instagram: un grupo de universitarios haciendo lo que mejor saben hacer los universitarios —humor medio torpe, medio brillante— sobre una escuela en particular. Nada especialmente sofisticado, nada particularmente cruel. Un chiste más en el océano de contenido que, fácilmente, se puede olvidar en 24 horas.

Pero —más bien ¡peeero!— este no se olvidó.

No porque fuera brillante, sino porque expuso algo. Un nervio. Una inseguridad. Una fragilidad mal disimulada y algunas personas decidieron tomárselo en serio…

Demasiado en serio…

Casi personal.

Y como en toda “crisis” aparecieron los de siempre: los que no desaprovechan una polémica para subirse a un pedestal imaginario. Los que convierten cualquier debate en una audición para ver quién parece más lúcido sin decir nada incómodo. Los que hablan de respeto mientras evitan, con precisión quirúrgica, cualquier mención a sus propias fallas.

Los que defienden su ego con buena —y a veces muy mala— ortografía, construyendo discursos largos, indignados y completamente vacíos de autocrítica.

Este escenario me recordó una conversación con un compañero de trabajo. Me dijo algo tan simple que, por lo mismo, resulta incómodo: en Latinoamérica tenemos una costumbre casi sagrada, un deporte nacional (más bien regional) no declarado: la culpa siempre es del otro. Y así, con una disciplina admirable, logramos eludir cualquier mínima sospecha de responsabilidad propia. No es torpeza, es sistema.

Entender eso incomoda, pero es necesario: la falta de autocrítica no es un descuido, es una infraestructura cultural. Y como toda infraestructura, no está ahí por accidente; sostiene algo más grande: una arquitectura de poder construida sobre egos inflados y responsabilidades convenientemente diluidas.

Egos que no son solo un rasgo personal, sino una estrategia de supervivencia.

Porque en entornos donde el error se castiga con exclusión o burla, admitir fallas no es un acto de honestidad, es casi un suicidio reputacional. El problema no es esa dificultad —es real—, sino lo que hacemos con ella: convertirla en identidad, en bandera, en excusa permanente.

Y así terminamos atrapados en una lógica absurda pero funcional: si no soy impecable, al menos soy menos incompetente que el otro. No mejora nada, pero sí protege el ego.

Y, al parecer, eso alcanza.

Desde un punto de vista sociológico —pero sin el tono de conferencia que nadie pidió— esto no es un defecto individual, es una práctica colectiva bien entrenada. Venimos de estructuras donde la autoridad no se discute, se obedece; donde la jerarquía pesa más que la evidencia y donde cuestionarse no te hace más lúcido, te hace más incómodo.

Y ahí está el truco: incomodar tiene costo, inflar el ego no.

Pero el problema no termina ahí. También está en la comodidad de señalar. Esa obsesión por apuntar a algo —o, mejor aun, a alguien— es parte del mismo engranaje. En lo cotidiano, la falta de autocrítica no aparece en grandes discursos, sino en gestos mínimos: el “roba, pero hace”, el “todos lo hacen”, el “así toca”. Ese orgullo extraño de sobrevivir sistemas que, si somos honestos, también ayudamos a sostener. Nos indigna la corrupción estructural, pero negociamos sin pudor con la microcorrupción diaria. Criticamos el abuso de poder… hasta que nos toca un poco de ella. Y entonces terminamos haciendo lo mismo en el trabajo, en la casa, en la calle, incluso en la academia.

No es contradicción. Es coherencia mal asumida.

¿Y ahora qué? Porque indignarse bonito no arregla nada. Tal vez toca empezar por lo menos popular: bajarnos del pedestal y aceptar que reconocer errores no nos hace débiles —nos hace menos ridículos que sostener ficciones hasta que se caen solas. Dejar de romantizar al líder infalible, ese personaje conveniente que nos ahorra la responsabilidad de pensar y nos permite aplaudir o culpar sin matices. Practicar la autocrítica donde realmente duele —en lo cotidiano—, no en discursos elegantes sino en cómo usamos ese pequeño poder que tenemos y que solemos ejercer igual de mal que el que criticamos. Y, sobre todo, soltar esa adicción casi infantil al enemigo permanente: esa necesidad de que siempre haya “otro” al que culpar para no desmontar nuestras propias certezas. Porque mientras la crítica siga siendo solo hacia afuera, no es crítica: es propaganda con mejor redacción.

Al final, el problema no es el video, ni el chiste, ni siquiera la indignación. El problema es lo que hacemos después: nada. Repetimos el ciclo, cambiamos de tema, encontramos un nuevo culpable y seguimos intactos, impecables en nuestro propio relato. Y mientras tanto, todo sigue igual. Porque sin autocrítica no hay cambio, solo hay versiones cada vez más sofisticadas del mismo fracaso. Tal vez por eso incomoda tanto: no porque nos ataque, sino porque nos deja sin excusas. Y en una cultura donde siempre hay un “otro” disponible para culpar, quedarse sin excusas es casi un acto revolucionario.




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