Félix Oropeza, la danza contemporánea y sus maneras de sobrevivir


El coreógrafo, bailarín y docente venezolano, director de la compañía Teresa Danza Contemporánea, habla sobre su danza malandra, las posibilidades de creación en episodios adversos, el estado de los teatros y las dificultades económicas que atraviesan los creadores en el país.

Por María Angelina Castillo


Bailarín, docente y coreógrafo. Félix Oropeza ha formado parte del mundo de la danza contemporánea en Venezuela desde todas sus aristas creativas. Aunque comenzó en la danza popular tradicional, se orientó hacia lo contemporáneo con maestros como Carlos Orta, Luz Urdaneta y José Ledezma. Ha trabajado en las compañías Danzahoy, Taller de Danza de Caracas, Neodanza y actualmente crea desde Agente Libre, con la que lleva más de dos décadas de trabajo.

Ha llevado su trabajo sobre el cuerpo a festivales dentro y fuera del país, además ha sido galardonado con el Premio Nacional Casa del Artista como Mejor Bailarín Contemporáneo (1997), Premio Municipal de Danza a la Mejor Coreografía por Nocturno cero (1998) y Premio Nacional del Ministerio de Cultura (2009). El reconocimiento más reciente lo obtuvo en agosto del año pasado al lograr el segundo lugar en el Concurso Internacional de Solistas con Trayectoria, en el marco del Festival de Danza Contemporánea de Ciudad de México, país en el que debió permanecer varios meses, “atrapado” por la pandemia.

Al volver a Venezuela, a mediados de este 2021, presentó el espectáculo Al descampado, con ocasión del bicentenario de la Batalla de Carabobo. La propuesta la ejecutaron los bailarines de Teresa Danza Contemporánea, una de las compañías estables de la Fundación Teatro Teresa Carreño y que Oropeza dirige desde su creación en el año 2015.

Como artista, a Oropeza le interesa revisar y combatir postulados de la danza para generar propuestas escénicas que hablen de lo que somos en la actualidad, desde el cuerpo, desde la poesía del movimiento. La cotidianidad y sus laberintos, la velocidad de las ciudades, la existencia misma y sus contradicciones, todo esto marcado por un fuerte acento popular, forman parte de su propuesta estética.

¿Qué está haciendo actualmente Teresa Danza Contemporánea? ¿Cómo ha sobrevivido a la cuarentena?
El año pasado estuve en México, me fui tres meses a dar clases y no pude regresar por el tema de la pandemia, por las fronteras cerradas. Teresa Danza Contemporánea solo pudo trabajar antes de mi ida: durante enero y marzo. En noviembre, cuando finalmente volví, retomamos con el entrenamiento regular, pero sin funciones porque los teatros estaban cerrados. Luego me comisionaron montar la parte coreográfica del espectáculo El descampado, ese proyecto duró cuatro meses. Se presentó en la Sala Ríos Reyna del Teatro Teresa Carreño (TTC), junto a la Compañía Nacional de Danza y bailarines independientes, también participaron actores, artistas circenses y la Orquesta Simón Bolívar. Más o menos unos 100 artistas en escena. Luego de eso volvimos al entrenamiento regular. Posiblemente tengamos una gala en la Sala José Félix Ribas del TTC junto con elencos estables del complejo cultural. Y está la posibilidad de presentar hacia mediados de diciembre Las ensoñaciones del paseante solitario, una obra que se mostró hace dos años. Todo depende de las circunstancias de la pandemia. Ya el Teatro Teresa Carreño restauró los dos espacios escénicos, se está dando cabida a presentaciones de forma progresiva para los elencos y las orquestas.



¿Cómo observas el proceso de restauración del Complejo Cultural Teatro Teresa Carreño que se ejecuta desde el año pasado?
Hace como dos meses abrieron los espacios para poder ensayar. También abrieron las salas Ríos Reyna y la José Félix Ribas, además de la sala de ensayo Sala A del ballet. La Sala Beracasa aún está en proceso de restauración, lleva alrededor de 80% terminada. Y algunas salas pequeñas ya están disponibles. Nosotros estamos ensayando en la Sala A: básicamente técnicas de danza contemporánea y remontajes de obras. Me formé en danza moderna y contemporánea; entonces hay un trabajo muy interesante de generar una ruta inédita en cada clase.

Parte de tu trabajo de investigación y entrenamiento se basa en lo que has llamado la danza malandra. ¿En qué consiste esta técnica?
El nombre tiene que ver con la identificación que nos dieron otros en un sector cultural desde los años ochenta a quienes veníamos del barrio: decían que quienes hacían ballet y danza contemporánea eran malandros. La gente se identifica según el status social y “el de allá” es el malandro. Nosotros, la gente de San Agustín del Sur, como estamos muy cerca del complejo cultural de la ciudad, es decir: el Museo de Bellas Artes, el Museo de Ciencias, el Museo de Arte Contemporáneo, el Teatro Teresa Carreño… tuvimos acceso a esa formación. Nos dio esa fuerza para estar en este espacio de las artes escénicas, específicamente la danza contemporánea. El tema del malandro es el swing o la cadencia, para decirlo en castellano, que tenemos al movernos. Nos movemos de forma circular, el infinito, la expresión de brazos, boca, cara, la cadera, la cintura escapular. Un tema de voluptuosidad, de improvisación, de manera de andar que es particular y que se convierte en una danza. Ha sido indagar en eso y generar una pedagogía de maneras de movernos, sacar elementos, fragmentarlos para convertirlos en técnica de movimiento y de exploración e investigación. A partir de ahí, de la danza malandra, sale una obra como El solar de los aburridos, y ese solar es una cancha de bolas criollas, el espacio comunitario, donde transita la gente del barrio. Es una investigación que llevo desde hace casi una década: decantar cuál es mi contexto social para moverme y generar una técnica de danza.



Durante estos años sobre la danza malandra, ¿has encontrado algunas variaciones, propuestas o distintos enfoques?
Yo insisto en lo proxémico, en lo celebrativo, la cadencia en el baile. Especialmente en estos dos años pandémicos: el tema del cuerpo detrás de un tapabocas, la cantidad de cosas que lo coartan e impiden que se mueva. Ha sido indagar en cómo, a través de la danza malandra, podemos manifestar un poco más lo que somos y menos lo que quiere la matrix, que lo que quiere es desaparecer al cuerpo. Qué pasa en las nuevas generaciones que la gente está más fláccida, con menos actividad física y menos resolución de problemas en el cuerpo. Yo siento que cuando estás en ese espacio, en el caso de las compañías, hay una gran necesidad de expresarse frente a la adversidad. Y eso potencia más al artista. De hecho, los grandes procesos de creación artística en el mundo han ocurrido en los momentos más oscuros, como las guerras. Históricamente, el artista se apropia de esa situación para generar un poco de luz, para sanar para cuestionar. La danza contemporánea no es bailar solamente. El baile es el instrumento del cuerpo, pero en la danza contemporánea los coreógrafos generamos obras que tienen que ver con una crítica a la sociedad. Es lo particular de la profundidad de la danza contemporánea: no tenemos un guion como en el ballet, que son obras establecidas desde hace cien años que se repiten y mantienen un statu quo de la historia europea, de los mitos europeos, la burguesía europea. La danza contemporánea habla de este momento que vivimos. Hay un discutir y llevar al cuerpo, a la coreografía, a procesos que van a ser históricos sobre lo que sucede en la humanidad.



¿Qué sucede con la danza contemporánea en el país actualmente? ¿Dónde se baila, qué busca?
Ahorita está muy paralizada. Muy paralizada porque los teatros no están abiertos. Y, aparte, los teatros no están acondicionados. Carecen de elementos técnicos para montar una obra. Hay proyectos independientes, aunque pocos. La gente busca presentarse más en casas, bares, en teatros de bolsillo, en teatros propios. No es de fácil acceso el tema de las artes escénicas porque los teatros no están acondicionados. Si quieres mostrar algo de calidad no lo puedes hacer con cuatro cosas.


¿Cómo sobrevive un bailarín en estas condiciones?
En los últimos cuatro años se han ido muchos bailarines del país, que no están bailando tampoco afuera. El mundo está quebrado, no es sencillo. Y lo que hacen las compañías más oficiales, como Teresa Danza Contemporánea, es que se optimiza el tiempo de trabajo de tal manera que todos los bailarines puedan hacer otras actividades. Gente que tiene escuelas de danza, personas que dan clases de pilates, de yoga, de entrenamiento físico. Dentro de esa arista se está trabajando con el cuerpo, además de participar en otros proyectos de danza y teatro. Así se completa un poco el asunto económico. Todos estamos trabajando aparte de la labor regular con la compañía. Eso sucede también en otros países, en Europa ha ocurrido toda la vida.

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